viernes, 11 de noviembre de 2011

Capítulo 7, parte 2


Aquella mañana estaba bastante cansado, todo y que no habíamos hecho clase. La mitad de mis profesores no eran residentes en Sabadell, y supongo que debido al caos previo a aquellos días habían decidido no presentarse. Todo se había resumido a dejarnos salir dos horas antes.
El camino hacia casa fue más largo de lo normal. Principalmente porque los autobuses no funcionaban, pero también porque las calles estaban vacías y la mayoría de las tiendas cerradas. Era como encontrarse en una de esas películas post-apolíticas en las que el protagonista camina entre restos de una ciudad enorme, y vacía. Es interesante como actúa el miedo en la gente, eh? El miedo mata la mente*. Hacia unos días todo transcurría con normalidad, pese a conocer la noticia del accidente. Pero entonces aparece un tipo trajeado diciendo que la situación es crítica, y que nos encontramos al borde del nacimiento de una nueva pandemia, cuyo control es casi imposible; y la gente desaparece. No se dan detalles, no se explica de donde viene ni cómo funciona ni que hace, pero eso sí, el tipo lleva traje. Crees que si fuese un paleto el que hubiese salido por la tele se le hubiese creído? Bueno, eso ya no importa, porque parece que tenía razón al fin y al cabo.
Como consecuencia de mi precoz salida, mis padres aún no habían llegado a casa, ni la comida estaba hecha. Tampoco estaba mi hermano, pero eso era otro asunto. Oscar estaba fuera, creo que ajeno a la situación local, disfrutando de un viaje escolar, del que se suponía que volvía en dos días.
Como siempre, la urbanización parecía habitada por cuatro gatos a aquellas horas. Solo si prestabas atención a cada casa podías ver indicios de vida. Alguien cocinando, alguien viendo la tele, alguien regando las plantas… Pero en mi casa ni prestando atención hubieses notado vida. Simplemente me adapté a la rutina. Me conecté a internet y estuve aproximadamente una hora en el ordenador hasta que me cansé de esperar y el hambre hico mella. Tras la comida las horas pasaron lenta y eternamente delante del televisor, viendo cualquier mierda que saliese, y no llegaban. Varias veces llamé sin éxito alguno. Y la temprana noche de invierno cayó sobre mí y mi soledad, acompañada de una fina pero creciente lluvia. Recuerdo petardos durante la tarde, había alguna fiesta?
Las siete de la tarde y mi mente empezaban a formular trágicos destinos para mis padres. Donde coño estaban? Porque no cogían el teléfono ninguno de los dos? Tampoco había nadie en la oficina. Como era posible? Realmente me estaba preocupando, y el miedo empezaba a lanzarme sus redes. Acaso quería el mundo volverme loco? No era suficiente con la soledad de las calles, que encima también tenía que soportarla en mi casa.
Me concentre en la tele. El chaval que aparecía en pantalla se presentaba en casa de su amigo para darle una sorpresa por noche vieja. Coño, pensé, Javi vive aquí al lado. Casi como si me fuese la vida en ello, cogí mi abrigo y mi paraguas, dispuesto a ir a su casa, y al abrir la puerta lo encontré ahí, parado, con la mano en el timbre, listo para llamar.
El había sido más rápido que yo. Por lo visto sus padres habían ido a comprar a la ciudad después de comer y no habían vuelto, ni tampoco contestaban, así que la agonía y l soledad le habían hecho buscar compañía. Nos sentamos a ver la tele y comprobamos que había dejado de funcionar, por lo que nos fuimos al ordenador. Por algún motivo desconocido, de repente cualquier modo de comunicación había desaparecido, al mismo tiempo que los petardos, casualmente. Lo notamos, en ese instante notamos que algo iba mal. Nadie nos había dicho nada ni habíamos visto nada, pero lo supimos. No servía de nada llamar a la policía, o a cualquier hospital para preguntar por mis padres, los medios no funcionaban, y sabíamos lo que significaba eso. La cuarentena, la ley marcial o como quieras llamarlo. Años de lectura, de videojuegos y de televisión nos lo habían enseñado.
Así que las horas pasaron, sumidos en nuestra soledad y nuestra paranoia, en nuestro miedo, hasta que llegadas las once, decidimos irnos a dormir. Ninguno de los dos lo había dicho, pero no queríamos dormir solos, por lo que directamente subimos a la buhardilla, la sala más grande de la casa, y ahí nos instalamos.
En el silencio de la noche algo quebró la paz de la tierra, un aullido de dolor impropio de nuestro mundo, cargado de sufrimiento, miedo, agonía, desesperación… muerte. Los ojos de un hombre terriblemente asustado se cerraban lentamente, en contra de su voluntad, mientras veía impotente como aquella substancia roja y caliente, símbolo de vida, escapaba de su cuerpo a través de esa horrible herida en su cuello, provocada por una mandíbula sucia y podrida, sin poder hacer nada para evitarlo. Su fuerza se empezó a desvanecer, el dolor a desparecer. Mover un dedo era una tarea imposible ya para él; su cuerpo se desplomó en medio del charco carmesí recién creado.
Desde la ventana, sumidos en la oscuridad de la sala, Javi y yo presenciábamos la escena, aterrados, bloqueados, sin saber siquiera que pasaba por nuestra mente en aquellos momentos. Sobre el ruido de golpes sobre metal que se extendía de fondo, más gritos iban inundando nuestras orejas, aullidos desconsolados que despedían cortésmente cada una de las vidas que se escapaban sin que nadie pudiese detenerlas. Lentamente, las puertas de aquellas casas que todavía aguardaban vestigios de luz en su interior fueron cediendo ante los cuerpos de los misteriosos insurgentes que, una vez entraban, ya no había vuelta atrás.
En pocos segundos todo lo que se escuchaba eran gritos de socorro y de dolor, oscuros como la noche que se cernía sobre ellos, banda sonora de una de las más tétricas y macabras funciones de las que el hombre ha sido testigo. Contra las cortinas que ocultaban la verdadera escena, aparecían de repente siluetas convulsionándose, manchas de sangre, furiosos combates a vida o muerte, carreras infernales de las personas que se encontraban ahí dentro para y escapar del caos… y que llegaban hasta la calle y quedaban ahí, acorraladas, y dadas por muertas.
Horrorizados, no dábamos crédito a aquello que veíamos. Nuestra mandíbula colgaba igual que las de los asesinos, pero por motivos diferentes; supongo. Estábamos agachados, mostrando solo nuestros ojos al mundo exterior por miedo a ser detectados y asesinados. Podríamos habernos ocultado simplemente, pero el miedo tenía nuestras piernas cogidas, atenazadas, inmovilizadas hasta tal punto de ni siquiera sentirlas. Todo… parecía una puta pesadilla joder! Veíamos morir a toda aquella gente delante de nuestros ojos, y aunque no los conocía casi, sentía dolor por su muerte como si fuesen familia, carne de mi carne.
Lentamente, temiendo que la imagen que estaba a punto de ver fuese peor que la mostrada justo delante, gire la vista hacia el patio de la casa vecina. Allí, encerrada, mi vecina golpeaba furiosamente la valla que nos conectaba, sin miedo de que la viesen. Quizás habían conseguido llegar hasta ella… y me pedía ayuda… Con lagrimas en las mejillas gire la cara, le di la espalda sabiendo que iba a morir… Pero no podía, no podía ayudarla. Simplemente me aleje de la ventana y me senté el rincón más cercano a Javi, con la cabeza agachada, los ojos cerrados y las orejas tapadas, buscando evadirme de aquella espantosa realidad.

¡!

Las horas pasaron lentamente, mirando hacia la oscuridad absoluta mientras peleaba con mi mente intentando que no hiciese caso de cualquier sonido que escuchase, y así hasta al amanecer, cuando todo aullido fue mortalmente silenciado, el sonido de un motor rugió desgarrando el vacio. Javi me llamó, y a toda prisa acudí a la ventana. El todo terreno negro apareció de la nada, cruzando a toda prisa la calle, y tal y como apareció; desapareció, con el sonido del motor alejándose en la distancia. Segundos más tarde, la calle se llenó de aquellas personas que habían asesinado al vecindario entero la noche anterior, surgiendo de cualquier lugar, desde detrás de un árbol hasta de dentro de la casa de mi vecino, siguiendo el rastro del Land Rover y desapareciendo de nuestra vista totalmente tras varios minutos.

-Se van, se van adri, podemos salir!
-Si… pero a qué? Para que queremos salir? – dije, dejando notar mi miedo a través de las palabras. No era solo miedo, sino también incertidumbre, duda.

- Como? Pues… No sé, algo habrá que hacer, no?

- No, enserio, que haremos si salimos? A donde vamos? Los teléfonos no funcionan, y no podemos ir a por nuestros padres a pié. Y en caso de que fuésemos, que haríamos? Volveríamos a casa…

- La base de los mossos está aquí al lado, podemos ir a avisarlos, de hecho debemos avisarlos de esta carnicería joder- Contestó Javi, con furia en los ojos.- o pretendes dejar todo esto así?

-Escucha Javi, todo esto es demasiado raro para ser normal… Los mataron anoche a todos. Porqué? ! Y… Quien? Quienes eran esos tío, vistes sus pintas? Nada parece funcionar y todo parece muerto, y para colmo el tema de la puta enfermedad esa que tiene a la gente acojonada.- Todo eran preguntas sin respuesta, que lo complicaban todo de una manera incomprensible. En estos casos, que se hacía? Que caso era este?

-Ya, pero… Y qué hacemos? Nos quedamos aquí escondidos a esperar?- preguntó Javi, como si fuese una estupidez.
-Pues… porque no? Eh, no es mala idea, tarde o temprano quien tenga que actuar actuará. Quedarnos aquí es una idea inteligente, cobarde pero inteligente. Qué te parece?- Tras un rato pensando, con la mirada fija en las casas de nuestro alrededor, Javi aceptó mi propuesta, sin apartar la cara de la ventana. Mire en la misma dirección, pensando que había visto algo interesante, pero solo había casas… casas.- Tío, piensas lo mismo que yo?

- No, vamos, no sé; que piensas?

- Estaba pensando, aunque no sé si es una buena idea, por eso, pero bueno. Quien sabe cuánto tiempo podemos estar aquí escondidos hasta que algo bueno pase. Tengo suficiente comida y mierdas de esas para pasar aquí unos días? Joder, ayer mis padres tenían que hacer la puta compra mensual, estamos secos. Y esas casas… la comida que hay ahí se pudrirá si nadie la consume. No es que me haga especial ilusión salir, pero creo que deberíamos ir de compras.

Lentamente, con el miedo en el cuerpo, nos encaminamos hacia las escaleras a través de la sala. La casa entera reposaba vacía, algo que creo que nunca había llegado a pasar. Daba la sensación de que incluso mi hogar podía ser peligroso; quien sabe, quizás alguno había entrado y estaba escondido tras una esquina, esperando agazapado al momento oportuno para degollarnos. Con esa sensación de “ser la presa”, una agonía constante que crea un nudo en tu cuello y activa todos tus sentidos para ponerte en el máximo nivel de alerta, descendimos lentamente hasta el garaje. Puesto que la entrada a tal se encuentra bajo la casa, el salir desde un nivel inferior al de la calle nos daba ventaja en caso de que hubiese problemas, así que nos preparamos para salir. En cuanto Javi puso la mano en la puerta el pánico volvió a inundar mi cuerpo como la noche anterior, haciéndome temer de nuevo por mi vida. Un temor aparentemente irracional, pero totalmente infundado. Eché una mirada rápida a la sala, buscando algo que llevar conmigo para sentirme más seguro, para ser capaz de salir a la jungla en la que aparentemente se había convertido nuestra calle. Encontré en el fondo los restos de la escoba que mi hermano partió unas semanas atrás jugando y haciendo el gilipollas. Era una de esas viejas de madera, generalmente bastante resistentes, que aún no entendía como había conseguido partir. Pero eso no importaba ahora, si teníamos problemas seria un objeto contundente con el que golpear, por lo que cogí una de las mitades para mí y la otra para Javi. Nos colocamos uno a cada lado de la puerta y la abrimos manualmente.


Tras los leves y casi imperceptibles chirridos, el sol tocó nuestras caras, calentándolas por encima del frio aire invernal. La brisa rozaba nuestras manos expuestas. Hoy hubiese podido ser un bonito sábado, de hecho.
Tras la puerta de entrada al garaje, el tramo se curvaba y una rampa te permitía acceder a la calle general, a la que se accedía desde otro portón. Seguía estando en el recinto de mi casa, pero cada paso que me sacaba del edificio era un difícil combate con mi mente, que luchaba por el sentido común enviándome escalofríos para abortar mi plan de salir. Con cuidado y sosteniendo los palos en posición de combate, empezamos a subir la cuesta, mirando de derecha a izquierda. Nada a la derecha, era mi patio. Un bonito y cuidado césped, una casita de madera al fondo, unos bancos y plantas en el porche… todo seguía igual. A la derecha… MIERDA!!

La mujer se abalanzó contra mí, siendo parada por la reja que separaba nuestras casas, la cual cedió peligrosamente unos centímetros bajo su peso
De un salto me aparté de la reja de metal que separaba mi recinto con el de la casa de mis vecinos, empujando a Javi y cogiéndolo por sorpresa. El sudor frio empezó a emanar de mis glándulas sudoríparas, mientras mis manos temblaban y mi corazón se aceleraba asustado, bombeando sangre a un ritmo frenético. Dejé de respirar sin darme cuenta… mientras me acercaba de nuevo con una morbosa curiosidad.
Su piel había cogido una tonalidad extraña, mezcla entre blanco y verde pálido, y se tensaba sobre ciertas zonas de su cara, aportándole un espantoso aspecto. Su cabeza colgaba del cuello movida de vez en cuando, fruto de espasmos, mientras abría y cerraba la boca constantemente. Era como… como si su cuerpo estuviese… muerto, como los cadáveres en la morgue. Percatada de mi proximidad, mi vecina, una mujer a la que apenas conocía, empezó a agitar la verja y a hacer un ruido estridente que se alzó por encima del silencio que se mantenía en el aire. Quería… quería hablarme, pero de su garganta solo salían unos guturales aullidos que agitaban los cuerpos de aquellos que los oían, estremeciéndose. La habrían atacado? Quizás estaba en shock, o algo peor… qué coño le había pasado?! Da igual, sabes qué? No me importaba, por mi podía morirse.

No podemos ayudarte, estamos igual que tu.- dije entre susurros, con voz triste para sonar lo más convincente posible- Pero por favor, deja de hacer ruido, o nos encontraran!
Lo sé, era muy egoísta, y todavía veo a esa pobre mujer cuando cierro los ojos, rasgando mis parpados, pero en aquellos momentos solo nos preocupábamos por nosotros mismos, sobrevivir. Y cualquier ser vivo que siguiese en pie estaba muerto ante nuestros ojos.


Pero siguió, le hice saber que no haríamos nada por ella y siguió ahí, agitando la verja violentamente, llenando el aire de un sonido estridente, un sonido metálico que atraería hasta a todo que anduviese cerca, y por los pasos sabíamos que no estábamos solos…

La intenté apartar, empujándola suavemente desde los hombros, pero sus manos me agarraron al instante, apretándome con rabia y obstruyendo mis venas. El simple contacto con el calor de mi cuerpo le fue eufórico, un terrorífico frenesí en ella, que la convulsionaba sin control.
El frio de su piel me llevo a un invierno lejano, en el que apoyaba mis manos contra el cristal y me sobresaltaba por su temperatura. Muertas, pero con la ira presente en sus músculos agarrotados. Note… la presión, como la sangre dejaba de regar los tejidos de mis manos  y estas empezaban a dormirse.Alcé la vista; unos pozos oscuros como la noche me miraban fijamente, si es que "mirar" era la palabra correcta. Yo hubiese escogido "devorar" mas bien... Era algo morbosamente fascinante, como si....


Joder, cuanto tiempo llevaba ahí? A la mierda! Embestí directamente el inestable cuerpo de aquella mujer y aproveché la situación para recuperar mi improvisada arma. El débil cuerpo cayo como un objeto muerto, produciendo un ruido sordo. Daba pena ver aquella escena, un sentimiento indescriptible, cerca de la misericordia y la piedad... La mujer pataleo sin fuerza durante unos segundos y decidió incorporarse de nuevo, lentamente, gimiendo De una manera horrible, casi como si le doliese y le causase un tremendo esfuerzo realizar esa acción. Y ahi estábamos, contemplando-la sin saber que hacer. La dejábamos ahí? Atrayendo a todo lo que se acercase? No era buena idea, pues podría suponernos graves problemas. Curarla? Impensable, era algo que escapaba totalmente a nuestros conocimientos. Ma... Matarla? Acabaría con su sufrimiento pero... Ni pensarlo, no íbamos a matar a nadie, nada podría justificarlo.
- tío, larguémonos de aquí, déjala. No hará daño a nadie, y estoy harto de esos ruidos que hace joder, me ponen la piel de gallina.- Javi tenía razón, pasaríamos de ella hasta que supiésemos que hacer. Ahora teníamos trabajo, demasiado y muy poco tiempo para realizarlo

lunes, 18 de julio de 2011

Capítulo 7, parte 1

Capítulo 7, parte 1


Con el corazón a punto de salirse por mi boca y sin creerme que estuviese vivo, sentí el tacto de los cómodos asientos del Mazda rojo que había bajo el techo de la iglesia. Me eché a un lado, dejando entrar a Carlos y Noe. Mi amigo limpió su espada en el pantalón y la echó a la parte trasera. Yo solté la correa y eche la escopeta. Me encontré con la vara entre mis piernas, manchada y terriblemente doblada; abrí la puerta y la eché a la calle, notando el impulso del acelerón del coche. Sin quererlo, cerré la puerta bruscamente.

La voz de Adri me ilusionó. Estaba sentado en el asiento del copiloto, con ese artilugio entre las manos. A su izquierda, Javi, su vecino. Cerré los ojos, mareado. Noté la aceleración del coche apretándome contra el asiento mientras escuchaba el chirrido de las ruedas. A toda velocidad el coche se lanzó calle adelante, en línea recta, pasando por encima de un cadáver como si nada, como si un vado para mantener la velocidad fuese. Volví a abrir los ojos, centrándome en el recorrido.

Al final de la calle; la panadería. Un par de esas bestias asomaron de entre expositores y hornos atraidos por el sonido del motor, vestidos con un delantal rojo y con las manos a juego alzadas. El gorrito les quedaba muy mono. Giramos a la izquierda antes de chocar con el establecimiento. La calle estaba ocupada por decenas de coches que tras el panorama habían intentado escapar y se habían encontrado con esos engendros en el camino, sufriendo una terrorífica muerte. Sorteando los vehículos abiertos y los cuerpos muertos o no muertos que encontrábamos a nuestro paso, el coche giró bruscamente evitando un grupo de cadaveres que estaba en mitad de la calzada. Mi lado del coche chocó con unos cuantos cuerpos, originando un ruido sordo en el interior.

Pronto abandonamos los gemidos, con el motor a toda velocidad si no estábamos esquivando cuerpos o vehículos tirados. Tomamos la Gran Vía y el coche frenó en seco. En mitad de la carretera, cortándola en diagonal, el tren dirección Manresa que pasaba el lado de la carretera yacía volcado en la calzada, tras haber descarrilado. Los vagones humeantes guardaban en sus entrañas decenas de cadáveres ardientes que asomaron al oír el ruido del motor. El terrible accidente había causado estragos en la carretera, arrancando parte del pavimento, y la había bloqueado finalmente.

Javi retrocedió, cogiendo un nuevo camino para llegar a casa de Adrià. A la velocidad a la que íbamos, llegamos hasta nuestro destino en 3 minutos.


El vehículo se adentró sigilosamente en la calle, con el motor apagado, moviéndose gracias a la inclinación de la carretera. Los cadáveres, algunos quemados, otros mutilados, yacían sin orden alguno en el suelo, dando la bienvenida a lo que esperábamos fuese nuestro nuevo hogar, una fortaleza de tres plantas donde estar seguros. Las altas verjas de color verde rodeaban la casa, abrigadas por una serie de plantas trepaderas puestas buscando la decoración del hogar. Realmente imponente.

De repente el coche se detuvo, y Adri salió con decisión del vehículo, dirigiéndose al portón que cerraba la entrada al garaje. Dejó su arma a un lado e interactuó con el portón metiendo la mano por una rendija; acto seguido, un "clac" indicaba k el mecanismo estaba abierto, y mi amigo desplazó la puerta lentamente, para evitar hacer demasiado ruido. Aunque tampoco parecía que hubiese nadie a quien alertar. La urbanización se presentaba vacía. Javi introdujo el coche en la casa y a nuestras espaldas Adri cerró la puerta del garaje.

-Bueno, bienvenido de nuevo, Dani. Bienvenidos a mi casa.-Dijo Adri esbozando una sonrisa mientras dejaba ese escupe fuegos encima de una lavadora.

- Aunque de momento solo podéis llamar casa a esta planta. Tranquilos, está preparada para que podamos vivir sin problemas, y aunque al principio os será algo incómodo, todo es acostumbrarse.

-Se nota que algo ha pasado aquí, el garaje está muy cambiado.- Efectivamente muchas cosas habían cambiado. Antiguamente esa habitación era una estancia casi vacía, ocupada por un coche y dos bicicletas, y unas cuantas pelotas metidas en una caja. Pero esta vez había herramientas en cada rincón, 5 bicicletas al lado de la puerta, una caja con piezas (de un motor quizás?) cojines y mantas, dos neveras al fondo junto con una lavadora, y linternas cerca de cada grupo de los objetos anteriormente nombrados. Una interesante mezcla entre casa y taller.

- Es seguro?

-Impenetrable. La puerta del garaje es reforzada antirrobos, y la que da directamente a la casa es blindada. Para que te hagas una idea, si un incendio apareciese aquí dentro y nos escondiésemos en la sala del billar, la puerta nos resistiría una hora. Cambia el incendio por unos cadáveres enclenques, VOILÁ; impenetrable.

-Y las ventanitas? Y las escaleras que dan al comedor?

-Las ventanas son muy pequeñas y están tapadas, y las escaleras cerradas con llave. Arriba todo está preparado para evitar robos tío, nada puede entrar. Y al escondernos aquí abajo, ni siquiera nos ven.- La voz de Adri era firme, orgullosa, inspiraba confianza.



Mientras observaba lo que ojala se convirtiese en nuestro nuevo hogar, Carlos se acercó al maletero y sacó nuestras escasas pertenencias, dejándolas junto a las de nuestros compañeros. Fue impactante. Había desconectado por completo de la situación dejándome caer en el cómodo asiento de aquel Mazda y ver ahora la vara manchada y la escopeta a medio recargar fue como un puñetazo en el estómago, un golpe devastador que me hizo percatarme del peligro que habíamos corrido, y que de hecho, seguíamos corriendo en menor escala.
Javi debió estar observándome en ese momento, porque acto seguido empezó a decir:

-No sé cómo coño seguís vivos, pero después de lo que oí desde el coche antes, deberéis estar agotados.- Dijo abriendo la puerta del pasillo.-Te parece si les acompañas a que echen una cabezada?
Adri se adelantó y abriendo la puerta de la sala de billares nos invitó a pasar. Cualquier objeto que recordase había sido sacado y cambiado por colchones, almohadas y mantas. Las pequeñas ventanas a ras del techo habían sido tapadas con un contrachapado a base de clavos, por lo que la única luz existente provenía de la del garaje.

-Escoged el que queráis.- Dijo, y acto seguido cerró la puerta de cristal y nos sumió en la casi total oscuridad al hacer lo mismo con la blindada de la sala conjunta.

Sin protestar y sacándonos de encima cualquier objeto o bolsa, nos dejamos caer en los colchones, y con una extraña fuerza que empujaba mi cuerpo contra el suelo como si la gravedad en aquella zona aumentase, comúnmente llamada cansancio, me dormí. La sensación de que la muerte acechaba bajo cada uno de mis pasos pareció desvanecerse.




Desperté, solo, asustado, todavía peleándome contra cientos de cadáveres inexistentes, salvo en mi atormentada mente, devorando mis pensamientos. Esperaba escuchar la respiración de Carlos o Noe, pero no se oía más que un rumor que venía de no muy lejos; el garaje.

Una tenue luz entraba por la separación entre el portón y el suelo, las 7 quizás? Me acerqué al grupo y me introduje en la conversación, rodeando a Noe con el brazo, contento de que mis amigos estuviesen conmigo.

-Y por último, gracias a estas varillas, al apretar el gatillo la tapa se hunde y el gas sale contra el mechero creando la llamara.

-Concluyó orgulloso y sonriente. Su cara era igualita a la de un niño pequeño fardando de su nuevo juguete. Entonces, se percató de mi presencia.

–Hombre Dani! Por fin te levantas, llevas tres horas acostados.- dijo con un falso tono de mofa.

-Tío tu amigo es un genio! -saltó Noe. - Fíjate en lo que ha hecho… con objetos que cualquiera tiene en su casa!

-si… ya. Esto… Que tienes pensado tío? Cuál es tu plan?

-Pues… no he pensado nada, simplemente vamos viviendo y si sucede algo lo arreglamos y centramos algo más de atención en intentar que no se repita. Es eso, sin complicaciones ni nada.
-Sin complicaciones? Estas de coña? Tío. Si eso te ha funcionado hasta ahora, felicidades. Pero ahora hay más gente aquí y no puedes seguir así. Como no puedes tener un plan?! No tienes previsto que harás cuando se acabe la comida? Ni por dónde escaparás si las cosas se tuercen? - le pregunte furioso, molesto por su falta de dedicación hacia un tema tan importante.

-Eh Dani, tranquilo! Porqué estas así? Te has levantado con el pie izquierdo o qué?

-Me pasa que no entiendo cómo puedes estar con esa felicidad encima tío! Eres acaso consciente de la gravedad de la situación? Joder, yo no sé cómo os habrá ido a vosotros, pero yo he perdido mi casa, todo lo que me quedaba estará ahora infectado de cuerpos malolientes… - Una lagrima cayó desde mi ojo izquierdo. - Y tu estas aquí sonriente, fabricando armas en tu supuesto búnker y saliendo por ahí a matar a los que se acercan, como si fuesen pájaros, y nosotros hemos estado sitiados durante días, sin saber que iba a pasar en el segundo siguiente, si seguiríamos vivos o muertos, hasta que entraron y tuvimos que escondernos en aquella puta iglesia. Pero tu sin complicaciones! Qué coño haremos ahora?? Acaso sabes a que nos enfrentamos

- tío, no seas tan pesimista. Es cierto que no sabemos qué son, pero tampoco necesitamos saberlo; basta con saber que de un golpe en la cabeza se quedan K.O. También tenemos alguna pista, el hecho de que quizás sea por culpa de aquello de Bellaterra. Algo hace que los muertos sigan vivos por decirlo de alguna manera, y quizás el hecho de que somos diferentes les haga atacarnos. Y respecto a lo demás…

-Te crees que nosotros no hemos tenido miedo? Que no hemos perdido nada? El que siga teniendo mi casa quizás solo se deba a que no estoy "en la ciudad", nada más. La gente ha desaparecido, seguramente escondidos como nosotros. La zona está en cuarentena por lo que no podemos esperar ayuda de nadie. Pero nos tenemos a nosotros. Tenemos un lugar seguro, manera de escapar, comida, armas… Dani, podemos seguir adelante; pero para ello necesitamos creerlo posible.

Tras unos segundos de reflexión que parecieron horas, contesté un "está bien" e intenté cambiar de tema dirigiendo la conversación hacia la cena de aquella noche. Hacía años que la situación en casa, antes de todo esto, no era nada buena, y había aprendido que cuando todo esta negro y otros caerían; la única manera de seguir de pie es ignorar todo lo malo y poner toda tu atención en aquellos pequeños detalles que arrojan luz sobre tu vida. Fácil de decir, increíblemente difícil de conseguir. Pero yo sabía cómo hacerlo, y una vez más, era nuestra única salida; Adri tenía razón.

sábado, 12 de marzo de 2011

Capítulo 6


El edificio reposaba impasible, resistiendo el constante ataque de los muertos contra lo que un día había sido una escalera normal y corriente de un bloque de pisos normal y corriente. Ahora el cemento caía resquebrajado de las paredes a medio rebozar, las bombillas colgaban de las esquinas, aguantadas por unos cables prácticamente pelados. Los buzones te mostraban si estaban llenos o no desde el suelo, aunque hacía días que estaban llenos sin que nadie los vaciase. En los peldaños te dificultaban la subida numerosos tablones, baldosas, escaleras de mano, tornillos, cables, barandillas, vigas... Eso era antes, ahora todo estaba apiñado contra la puerta, de mala manera desde el momento en que cogieron al chico alto de pelo negro aquellas manos muertas, que acabaron en el suelo como si de felpudos se tratasen, creando lentamente una alfombra de sangre reseca.

El cierre de metal de la puerta estaba en el suelo, arrancado a la fuerza, entre un par de manos fétidas y podridas. Como consecuencia, la puerta golpeaba contra la viga más cercana sistemáticamente cada vez que la marea empujaba al unísono; un nuevo reloj que no consumía ninguna batería. La viga central, aguantada por dos tablones adicionales para que no se moviese, era la piedra angular de aquella improvisada resistencia. Había más cosas, sí, pero nada era tan importante como la viga y sus soportes, y tras el incidente, uno de ellos se había desplazado.

Las manos pálidas intentaban deshacerse de la barrera a través de los barrotes, aunque su cuerpo era demasiado grande para meterse entre las barras. Una niña, una niña del bando muerto, era casi perfecta para la tarea, y ahí estaba, en primera línea de combate. Casi perfecta, porque? Porque lo que hacía cuatro días había sido una adorable niña de 6 años, no entraba completamente entre los barrotes, solo hasta la cintura. Pero no pasaba nada, sus nuevos compañeros estaban allí para ayudarla. La niña muerta se introdujo en la apertura, arrastrándose por el suelo e impulsándose con su pequeña pierna, la que le quedaba después de la explosión de la caldera de la casa donde se había escondido. Y allí se quedó, atrapada a unos centímetros del tablón, atrapada de cintura para abajo. La criatura se retorcía y gemía endiabladamente, sin dejar de mover los brazos, apartando manos y buzones llenos. Entonces, otro muerto ocupó el lugar vacío, y la masa podrida volvió a cargar. La pierna de la niña, junto con la cintura, empezó a torcerse bajo la presión de los hombres y mujeres que intentaban abrir la puerta hasta que la carne no pudo más. La piel dura empezó a desgarrarse, dejando ver sus músculos atrofiados y sangre coagulada, hasta que el hueso se rompió y la cintura se separa del torso, dejando el intestino como único enlace de unión. La niña no sufrió, ya no podía. Es más, para ella era un alivio poder entrar por completo en el portal, sentirse unos centímetros más cerca de la ansiada presa. Arrastrándose, dejando tras de sí una estela de sangre y vísceras, el torso se encaramó al primer escalón, derribando accidentalmente el ultimo tablón de apoyo y dejando la viga aguantada únicamente por la presión de la puerta. No duró más de tres segundos, tres segundos para recibir la siguiente carga y caer, permitiendo por fin que la puerta completase totalmente el recorrido para el que había sido creado, golpeando fuertemente contra la pared.

Los huéspedes llegaban con días de retraso a la comida, y tenían hambre; la horda entró tan rápido como le fue posible e inició el ascenso hacía la sala del banquete, sin ni siquiera dar las gracias a la pequeña portera.



Media hora antes…

Habían pasado 4 horas desde que hablé por última vez con Adri, y ya estaba todo casi terminado. Cada uno se había preparado su propio equipaje, basado en ropa, comida, armas y ciertos efectos personales. Yo llevaba la mitad de mi ropa y bastante comida enlatada en una maleta, la mochila del portátil de mi padre con el portátil, móvil, etc., la escopeta y una maleta de mano con todos los cuchillos de mi cubertería. Además, llevaba como arma adicional el palo de una escoba "Vileda" plegable, de hierro que me llamó mucho la atención. Habíamos planeado que a las cuatro y media de la tarde, de aquí a una hora, Adri y Javi, su vecino mayor, vendrían hasta casa en coche. Adri se bajaría unas manzanas antes, y mientras Javi distraía a los muertos y hacía de cebo, Adri nos ayudaría a cargar todas las maletas hasta la iglesia, donde Javi nos recogería. Todo saldría perfecto, los muertos no nos molestarían porque estarían entretenidos con el coche, y podríamos llevarnos todo lo que necesitábamos. En el fondo era un golpe duro para mí, dejar mi casa quizás para siempre, aunque intentaba no pensar en eso. Pero bueno, después de toda esta mierda volvería aquí, y mis padres volverían, y todos tan contentos. Pero aun así quería despedirme de todo, por si acaso, así que unos minutos antes de la hora me dedicaría a decir adiós durante un tiempo a toda mi vida. Resultaba extraño, estábamos impacientes por que llegase la hora de irnos, no asustados, como el que espera la hora de irse de vacaciones o ir al cine. Solo quedaban tres cuartos de horas… tres cuartos de hora sentados en el sofá esperando. Estaba explicando a mis amigos donde vivía Adri y contándoles anécdotas de nuestra amistad cuando oímos un estridente y fuerte ruido. Noe se acercó con cautela a la puerta y en el momento en el que se asomó, uno de los muertos cargó contra ella, haciéndole golpearse contra la pared.; Gritó y agarró las manos del cadáver andante para evitar que su boca se acercase a ella, y pidió ayuda desesperadamente. El bicho se movía con brutalidad y agilidad, y estiraba el cuello tanto que casi se le desencajaba, sin dejar de abrir y cerrar la apestosa boca. Después del bote que dimos, nos levantamos corriendo para ayudarla, y Carlos, empuñando su espada, cortó la cabeza de la criatura, que pese a haber abandonado el cuerpo seguía abriendo y cerrando la boca sistemáticamente. Comprobamos que Noe estuviese bien y nos asomamos a la escalera…

La puerta estaba abierta, y los muertos entraban en tropel. Era como ver el momento en el que empiezan las rebajas, pero de los cadáveres. Gracias a su torpeza se movían con lentitud, y solo habían llegado al primer replano; les faltaban tres para llegar a nosotros. Pero como había conseguido cabezota llegar tan rápido hasta nosotros? Dios, dios! Joder! Había que pensar algo y rápido! Ya no podíamos salir por la puerta, centenares de muertos la ocupaban, y encerrarse en casa solo nos acorralaría. Saltar por la ventana? Cuatro o cinco metros, nos romperíamos algo si conseguíamos caer y seguir vivos, y sin poder movernos seríamos devorados en segundos. El tejado! No habíamos cerrado la trampilla cuando sonó la radio, y todavía estaba la escalera montada! No podíamos llevarnos todo el equipaje, pero que le jodan a la ropa! Adri tendría de sobras. Sin perder un segundo y con los muertos a mitad de camino entre el primero y el segundo replano, ordené coger solo las armas y la comida que fuera posible y subir al tejado. Las manos pálidas y desgarradas avanzaban lentamente, todas al unísono, unidas a los cuerpos mutilados de sus dueños. Poco a poco, el cabecilla, como le había llamado, subía los peldaños. Era un hombre mayor, cincuenta o sesenta años, calvo y mal afeitado. Sus manos estaban quemadas, igual que su rostro, del que todavía salía humo, y en la pierna, bajo un pantalón desgarrado se dejaba ver un gran corte. Detrás estaba el de la mandíbula arrancada, el del primer día… Me coloqué la mochila con mis aparatos y la escopeta a la espalda, metiendo las cajas de munición en los bolsillos de la chaqueta, y con una mano agarré la maletita de los cuchillos y una bolsa de comida y en la otra cargué el palo extensible de hierro, y me quedé en la puerta, mirando primero a Cabecilla y luego hacía mi casa. No podría hacerlo;

Mi casa, las cuatro paredes que me han visto crecer, en la que he celebrado cada cumpleaños y disfrutado cada quedada con mis amigos, la que ha protegido y acomodado a mi familia, la que guardaba tantos recuerdos… Mi habitación… donde he reído y llorado, donde he vivido tantas aventuras y he conocido millones de cosas desde el ordenador. Las fotos de mis amigos, joder, las de mi hermana… cada poster, cada cd de música, cada libro… mi diploma de la escuela de snowboard, mi tabla de Snow… uno de los regalos más importantes que he tenido, por parte de mis amigos… La moto a radiocontrol; el ultimo regalo de mi tío antes de que… bueno. Mi pasión por la nieve, mis amistades, mis recuerdos y aventuras escritas, cada sueño tenido en mi cama, mi vida; toda entre esas paredes, y tenía que dejarla.

Con lágrimas en los ojos, y un nudo en el estómago, levante el palo y con toda mi fuerza lo estampé en Cabecilla, hundiéndole la frente de tal manera que el cuero cabelludo se desgarró bajo el hierro, manchándolo de algo gris. La repercusión hizo temblar mis brazos. Intentó agarrarlo antes de caer, pero le fue imposible; su cerebro se había llenado de astillas. Como alma que lleva el diablo desincrusté el palo, ya que a un metro de mí, detrás de Cabecilla, había 15 muertos en un lugar donde solo cabían cinco personas, y salí corriendo. La imagen me afectó seriamente, de repente todo temblaba. Ver en un espacio tan cerrado, a tantos juntos, y tan cerca de mí, con sus gemidos destrozándome por dentro, me aterraba.

Carlos y Noe me esperaban arriba, listos para sacar la escalera en cuanto entrase por el agujero. Pude ver dos maletas; nos dejábamos más de la mitad de las cosas. A los pies de la escalera, jadeando, empecé a subir, pasándole primero a Carlos la pesada mochila y sin darme la vuelta siquiera para comprobar si podía subir sin peligro.

Los escuché acercarse, y solo tuve tiempo de girar la cabeza y abrir los ojos como platos. Dos muertos llegaron corriendo empujándose entre ellos hasta donde estaba yo, y violentamente me cogieron del pié y me tiraron al suelo. Grité al caer, sinceramente, sin saber si fue por el miedo o por clavarme la escopeta en la espalda. Los dos engendros se echaron encima de mí, intentando morderme. Antes de tenerlos encima intenté sacar el cuchillo "Arcos!" que me había llamado la atención y al dirigirlo contra el cuello del primero, un manotazo del segundo lo lanzó contra la pared, dejándome desprotegido. Aguantándoles por el cuello, grité pidiendo ayuda, y cuando se soltaron y abrieron la boca encima de mí, cerré los ojos, preparándome para lo que iba a llegar.


Pero… no llegó; en vez de eso, unas manos me cogieron y me levantaron, y al abrir los ojos, vi a Noe y Carlos. Los dos muertos estaban realmente muertos a mi lado, uno con un corte en la cabeza que llegaba hasta la boca, separando la cabeza en dos partes, y el otro con la abolladura que ya conocía. Las tripas empezaron a caerse una a una en mí mientras miraba fijamente al primero.

Noe me llamó, obligándome a subir por las escaleras ya que los muertos estaban completando el último tramo de escalera, así que cogí el cuchillo clavado en la puerta del 4º 1ª y salí de aquel edificio. Debajo de nosotros, aquellos cadáveres aullantes alzaban las manos para cogernos, sin éxito, abriendo y cerrando sus oscuras bocas para que cuando algo cayese pudiesen aprovecharlo, y sin importarles pisar a sus antiguos y rápidos camaradas. El espectáculo era dantesco, todas esas manos sucias, todas esas bocas negras, todas esas venas hinchadas y heridas abiertas… Pero eso no era lo que me preocupaba ahora, estábamos a salvo. Lo que me preocupaba era lo rápidos que habían sido aquellos dos, y el primero. Pensaba que los muertos, joder, odiaba llamarlos así, cada vez que recordaba que eran muertos andando se me ponían los pelos de punta. Pensaba que los muertos eran lentos, y si te paras a pensarlo era normal, el rigor mortis y esas cosas. Pero porqué estos no? Estos corrían como alma que llevaba el diablo, y eso era muy jodido. La única ventaja que teníamos, desaparecía. Por algún extraño motivo sus músculos no se habían endurecido.

Pensando en ello, alcé la cabeza. Sabadell era casi una ciudad fantasma desde allí arriba. Quizás si hubiese subido antes hubiese visto signos de actividad humana, pero ahora solo veía accidentes de coches en las carreteras, columnas de humo que se elevaban aquí y allá, en contraste con la luz del atardecer reflejada en las fachadas y en millones de cristales. La imagen era casi bonita, si no fuese por sus ocupantes cadavéricos. Cientos, miles, caminando en grupos por la calle o asediando algún portal, rebuscando entre los coches o devorando algún cadáver mutilado y tirado en la acera. Un sonido nos hizo girarnos para contemplar como de repente un garaje se abría ruidosamente, en medio del sepulcral silencio, y de él salía un monovolumen azul cargado hasta los topes. El coche se acopló a la carretera principal y empezó a acercase, esquivando los muros de coches siniestrados y atropellando a los pequeños grupos de muertos sin problema, hasta que sin saber de dónde, miles de ellos aparecieron delante y a los lados, cerrando el círculo lentamente. Ante la presión, el coche arranco embistiendo velozmente contra la multitud, pero perdiendo la velocidad a medida que golpeaba cada criatura, hasta quedarse finalmente parada en aquel mar muerto. Los monstruos empezaron a zarandear el vehículo, reventando los cristales y atrapando a sus presas, sin posibilidad de escape, encerradas en aquella trampa mortal. Los gritos de terror y dolor llegaban hasta nosotros, solos en el silencio más imponente, mientras veíamos como sacaban a un hombre agarrándolo por el pelo a través de la ventanilla, desapareciendo después bajo las garras de las hambrientas criaturas.

Aparté la mirada, como cuando la madre de tu amigo lo regañaba delante de ti y no sabías que hacer. Carlos tenía la mirada fijada también en el vehículo, y fue Noe la que nos sacó del trance, advirtiéndonos de que si no nos movíamos deprisa, se arremolinarían alrededor del edificio y no podríamos salir. Haciéndole caso, cogimos las maletas y bolsas como pudimos y empezamos a descender por el andamio de la fachada trasera. El metal estaba frio y mojado, lo que le daba una dificultad extra a la hora de agarrarse mientras las bolsas te empujaban hacia abajo, pero aun así llegamos a tierra con dos sustos solamente.

Desde la esquina en la que nos encontrábamos, formada por nuestro bloque y otro unidos por el extremo, la calle parecía vacía; la plaza estaba vacía. Pero nada más lejos de la realidad. Al otro lado, atraídos por los gemidos constantes de las criaturas, más de mil muertos se arremolinaban. Uno de ellos, un hombre de mediana edad, rubio y bajo, con la piel gravemente quemada y un mordisco en la mano, apareció detrás de nosotros, arrastrando un rollo de papel higiénico pegado con fluidos secos al pie, o lo que quedaba de pie. Olía realmente mal, cosa que nos permitió detectarlo antes de que se nos echase encima. Aun así, justo antes de hundirle el palo en la sien, el cabrón gimió ruidosamente, delatando nuestra posición a los otros. Salimos corriendo sin mirar atrás hacia la iglesia, donde habíamos quedado con adri, pese a que faltaban veinte minutos para la hora acordada. Al salir de la plaza, tras esquivar a dos o tres y golpear a otros cuatro con la culata de la escopeta, que se dirigían hacia nosotros con una expresión de rabia en la cara, giramos la cabeza para echar un último vistazo a nuestro hogar.

En mis venas, la sangre se heló en 0.5 segundos. A través del túnel que se formaba al conectar mi edificio con otro, y desde la calle que conectaba con la plaza España, miles y miles de muertos avanzaban hacia nosotros, con sus gemidos como cantico bélico y el sonido de los pies al arrastrase como himno de fondo. La imagen, realmente inquietante, hizo temblar mi cuerpo y el de mis compañeros de viaje. De donde coño habían salido tantos, en tres días?! Algo golpeó el suelo, y al darme la vuelta vi a Noe con la palanca en la mano manchada, encima de una mujer extremadamente joven; Mierda, salían de todos lados. No podíamos pararnos a mirar, había que llegar a la iglesia y esperar a Adri y a su amigo.

Corrimos, corrimos y corrimos. La mochila daba botes a mi espalda, la escopeta golpeaba contra mi omoplato y de la bolsa de cuchillos golpeaba contra la maleta rodante, que se "deslizaba" ruidosamente en mitad de la nada acústica. El camino por suerte sería corto; La iglesia se encontraba solo a dos calles de mi casa, detrás del parque y el colegio. El primero, vacío y con los columpios ondeando al viento, como en las películas, mezclado con la muchedumbre podrida que nos perseguía por todos los flancos, provocaba una incómoda sensación indescriptible. Pero el parque no era nada… al pasar delante del colegio, un lugar que siempre había estado lleno de música, risas y vida, encontramos algo muy diferente. Muerte, silencio y hedor. Los pequeños niños muertos gemían agolpados contra la malla metálica, golpeándola para romperla y alcanzarnos. La visión evocaba el tan cercano pasado y rompía el alma. Agachamos la cabeza y seguimos corriendo, con incomprensibles lágrimas en los ojos, intentando no pensar en aquella situación, centrándonos en nuestro objetivo, en llegar a la iglesia y esperar encerrados hasta que Adri llegase; y largarnos a un lugar donde por fin pudiésemos dormir sin miedo a despertar con cientos de muertos encima. Mierda, salían de todos lados joder! De los coches, de las tiendas, de los cubos de basura… Esquivando a estos últimos de un salto, giramos la esquina y subimos la calle, llegando finalmente a la plaza de la iglesia. Recubierta de arena y rodeada de un medio muro de ladrillo, con algunos pinos que aportaban sombra a los 4 bancos de los extremos, la plaza de la iglesia en la que había presenciado bodas y bautizos, incluido el mío, recibía los últimos rayos de luz sobre ella y sobre la fachada frontal del edificio. La imagen trajo a mi cabeza la nostalgia de los paseos con mis abuelos de vuelta casa…

Sin pensar en lo que nos esperaría dentro, movidos por los numerosos gemidos que poblaban el silencio de la ciudad aparentemente muerta, entramos en la casa de dios. El interior, más oscuro de lo normal debido a la hora de nuestra visita, ponía los pelos de punta junto con el sonido de nuestros pasos. Sin perder mucho tiempo, cerramos la puerta y seguimos a Carlos, el único que sabía por dónde se accedía al campanario. "Maldita sea, estábamos tan cerca de conseguirlo… porque esto ahora? Suerte tendremos si salimos vivos…" pensé.

Se suponía que todo debía ir como la seda. Un viaje casi tranquilo con el equipaje hasta la iglesia, junto con adri, en el cual al llegar un coche nos llevaría hasta casa de Adri donde podríamos aguantar hasta que alguien nos rescatara. Pero no, entraron antes de tiempo, forzándonos a salir por patas, y sin ningún lugar donde ser recogidos.

Sorteamos bancos y recorrimos pasillos hasta llegar a una puerta de hierro, cerrada. Con desesperación, golpeamos la puerta con todo lo que teníamos a mano pero no sirvió para nada, ni unos milímetros cedió. La angustia aumentó con el sonido de algo metálico chocando contra el suelo, indicador de que había alguien más en la iglesia. Sin perder un momento pero intentando no hacer demasiado ruido, nos dirigimos de vuelta a la nave principal, preparados para enfrentarnos a lo que fuese, pero con el miedo y la adrenalina en la sangre. Durante la búsqueda de la puerta al campanario, cegado por la obsesión, no me había fijado en los restos de sangre que había por las paredes, pequeños charcos y gotas que salieron disparadas de algún cuerpo. La atmosfera se oscurecía a cada paso, a cada gemido y cada golpe, hasta que llegamos al origen de todo.

-No os dejare entrar en mi iglesia, demonios! Por encima de mi cadáver!

La situación dio un giro de noventa grados en un segundo. Un hombre, anciano, vestido de blanco y agarrando una pala, manchado por numerosas manchas rojas, bloqueaba la puerta con un crucifijo con una mano mientras que con la otra se deshacía de un grupo de cadáveres que le atacaban desde la sala de la virgen. Su cara, mal afeitada y llena de arrugas, con algo de pelo gris a los lados, dejaba entrever una sonrisa con cada golpe. Con destreza y la fuerza de un joven, el viejo cura aplasto los cráneos de los muertos que se le acercaban, mientras murmuraba algo, probablemente relacionado con su religión. Tras rodar la última cabeza, el viejo se dio la vuelta para mirarnos, y nos invitó a enfrentarnos a él con provocaciones, jurando que jamás caería la iglesia.

- Eh! Tranquilo jefe! Estamos vivos- grité.

- Gracias a dios… Venís a rescatarme? Sois del ejercito?-pregunto el viejo con voz temblorosa.


Por razonas de la vida el cura no tenía buena vista, así que lentamente y con las manos en alto, nos acercamos a él, explicándole nuestra situación. Unos metros nos separaban cuando su actitud se volvió amigable de nuevo, bajando la pala y dejando de hacer fuerza con las manos. Pese a ello, manteníamos la distancia. Su aspecto era más parecido al de un psicópata que al de un cura. Sus facciones mostraban una especie de éxtasis macabro producido por la última pelea, manchado totalmente de sangre, delante de la puerta principal, que en cualquier momento parecía que iba a caer debido a los golpes del exterior.

-Esta… está usted solo?

-Sí, yo solo he purgado este edificio, y así lo mantendré.- dijo mientras movía bancos hasta la puerta.- Y vosotros? Porque habéis venido aquí?! Este es mi escondite, y por vuestra culpa mirad donde están todos! Ahí fuera!- La bisagra de la puerta se salió.- Vosotros, sois como ellos… no… el demonio es listo, pero yo lo soy más… Jamás permitiré que ensuciéis este suelo! – Gritando y riéndose a carcajadas, el hombre alzó la pala y nos encaró. Carlos y Noe me miraron, y yo los miré a ellos; estaba loco, la soledad el miedo o quizás algo peor lo había vuelto un loco maníaco. Lentamente retrocedimos, con las "armas preparadas.- JAMAS!

El hombre blandió la pala en señal de ataque. Entonces, la gruesa puerta de madera cayó sobre él, apartando los bancos y dejando entrar a los muertos en masa, como cuando una presa se rompe. El Sonido de huesos rompiéndose resonó por toda la iglesia, y el eco de la pala nos volvió locos pensando que venían por más lados.

A toda prisa, Carlos movió los bancos que teníamos a los lados delante de nosotros para dificultar el paso. Mientras, Noe y yo buscábamos una salida, sin éxito alguno. Los muertos no paraban de entrar, arroyándolo todo a su paso, haciendo crujir aún más los huesos del loco e inundando la construcción con sus infernales sonidos, que rebotaban con su eco por todos lados. Mis manos temblaban, mi cuerpo sudaba, pero no me paralicé. Finalmente, hubo contacto. Uno de los rápidos surgió de la masa que nos hacía ir retrocediendo, corriendo hacia nosotros y saltando por encima del banco. En ese momento, algo dentro de mí cambió. Adrenalina es la forma más fácil de entenderlo, aunque me quedaría corto. Con toda mi fuerza y mis ganas de vivir en mis brazos, y aquel engendro en el aire, moví el bastón, golpeándole fuertemente en la cabeza y haciéndolo girar en el aire. El cuerpo, todavía "vivo" cayo con la nuca contra otro banco, rompiéndole el cuello y dejándolo tirado en el suelo. El chico quedó inmóvil en el suelo, abriendo la boca lo máximo posible y mirándome con odió.

Miré de nuevo hacia delante; Carlos y Noe habían entrado en el mismo estado que yo, y se defendían unos metros más adelante propinando fuertes golpes y profundos cortes con sus armas. Uniéndome a ellos lo vi. Cientos, cientos de ellos entraban cada minuto, empujándose para pasar, y caminando por los laterales para llegar lo antes posible. La puerta de la nave trasera se abrió; mas… Las vidrieras reventaron bajo cientos de brazos; más, muchos más…

Cientos, miles, millones de caras podridas inundaban la pequeña iglesia y sus gemidos la hacían temblar. Los cristales rotos crujían bajo miles de pies y en medio de toda esa putrefacción estábamos nosotros… Noe empezó a mover más bancos, pidiendo ayuda a Carlos y empezando a formar un cuadrado de dos capas alrededor nuestro.

Esto nos dará algo más de tiempo, espero! – Dijo Noe- Solamente mantengámoslos fuera del cuadrado y esperemos que tu amigo llegue, y nos saque de aquí de alguna manera.- Sus ojos brillaban, aunque no pude entender el motivo. Tampoco me interesaba en aquel momento.

Recogiendo mi bastón, me di la vuelta, encarando a la muerte literalmente, y empecé. No sabría decir cuánto tiempo estuvimos allí… Movía el palo en todas direcciones, pero con criterio, golpeando lo suficientemente fuerte como para provocar una grave fisura en la cabeza que les jodiese el cerebro. A veces solamente intentaba ganar tiempo tirándolos al suelo con un golpe lateral en la cara, provocando una especie de tercera capa. Pero siempre había demasiados, siempre había alguno que conseguía meter el pie dentro y nos metía en un apuro, entonces, Carlos se daba la vuelta y sabíamos que teníamos que agacharnos, porque si no nuestra cabeza se uniría al festival.

La sangre me salpicaba constantemente, y hoy en todo momento el crujido que producían las cabezas de los que se encargaba Noe. De alguna manera habíamos conseguido mantenernos firmes, bajo la luz que entraba por los agujeros donde antes había cristales de colores, rodeados de miles de cuerpos. Fue algo inexplicable… el espíritu de supervivencia, el trabajo en equipo, la rabia, el miedo? Algo nos hizo mantenernos vivos aquel día. Cada vez que una mano te agarraba soltabas un grito de ira y le golpeabas con el codo en la frente, evitando la mortal boca, cada vez que se pasaban de la raya sacaba con un movimiento ágil la escopeta y provocaba un vacío que me daba tiempo para recargar y volver a mantener el orden, y lo mismo pasaba con mis amigos; oleada tras oleada.

Poco a poco, cambiamos drásticamente aquel día… Una parte humana salió huyendo, perdiéndose entre la multitud. Jamás, jamás habíamos matado a nadie… Y de repente cortábamos cabezas, las rompíamos o las reventábamos a escopetazos…

Uno de ellos, enorme, salió de la multitud. Jamás había visto algo tan grande. La sangre le salía de la boca y los ojos, y la camiseta desgarrada dejaba ver decenas de agujeros infectados y llenos de pus. Su cuello estaba lleno de mordiscos horribles, de los cuales brotaba sangre coagulada. Mi bastón le golpeó en la cara, concretamente en el ojo derecho, que se fisura y empezó a segregar algo transparente. Pero él no se inmutó. Mierda, aquel cabron me hacía perder tiempo. Tumbé a tres más a su lado para conseguir ventaja y saqué la escopeta. Cuando la encontré tenía 23 cartuchos. Había gastado dos en casa y ocho allí, así que sin este me quedarían doce… Su cabeza no reventó drásticamente como las de los demás, pero grandes trozos de piel salieron disparados en todas direcciones, junto con su cuerpo, arrollando a unos cuantos más que había detrás de él.

El sonido de un motor nos avisó de que probablemente aquello se acababa, incrementando nuestra fuerza y nuestra efectividad como grupo. Pero entonces paró, y los cristales de una de las vidrieras superiores salieron disparados, bañando a esos hijos de puta con una lluvia de millones de cortes. Y allí estaba, Adri.


Porque coño os habéis ido? Vamos venid aquí!.- Adri llevaba en sus manos algo que no supe identificar


Acaso crees que es tan fácil, capullo?! Enfadado, cargue la escopeta a toda pastilla y agarrándola con firmeza realice el primer disparo en su dirección. Como si de Moisés me tratase, abrí una brecha en aquel mar de putrefacción y salimos pitando, sorteando los brazos que intentaban agarrarnos y las bocas que intentaban mordernos. El ruido del chapoteo de nuestros pies en los charcos de sangre era repugnante. Efectué un segundo disparo, volviendo a crear el mismo efecto que el primero y permitiéndome ver un confesionario debajo de la vidriera. Un brazo me agarró del pelo, con fuerza, pero milésimas de segundo después, esta me soltó. La razón; Noe había reventado el cerebro que la manipulaba. Llegamos allí, y la primera en subir fue ella. Carlos se las arreglaba con dificultad para defenderme mientras recargaba la escopeta aparatosamente. Un tercer disparo nos dio el tiempo suficiente. Adri ayudó a subir primero a Carlos, y, cuando me tendió la mano a mí, enseguida la apartó y volvió a coger aquel objeto, mirando detrás de mí. Me di la vuelta y vi como un grupo de rápidos corría desesperadamente a por mí, intentando evitar que su presa huyera.


Click… y después; una enorme llamarada. Una bola de fuego pasó por encima de mí furiosamente, prendiendo los cadáveres andantes y echándolos al suelo. La piel putrefacta empezó a deshacerse, desprendiendo unos fluidos que avivaron el fuego
La lengua de fuego mortal continuó consumiendo a sus objetivos durante unos segundos abrasadores, que me permitieron subir sin problemas por el lateral y salir al tejado. Una vez estuve arriba, Adri soltó el botón i giró una rueda, apagando el aparato. Miré de nuevo a dentro. La iglesia, un edificio de 200 metros cuadrados, totalmente llena de esas cosas. A reventar. Y allí en medio; nuestro cuadrado y una pila de cadáveres rodeándolo. Lo habíamos conseguido. Era consciente de que todavía quedaba mucho que hacer, pero joder; superados en número, muy superados en número, con un palo, una espada, una palanca y una escopeta, agotados y sin posibilidad aparente de escapatoria. Y allí estábamos. Después de abrazar a mi amigo, nos asomamos al borde del tejado hacia la calle; voilà, el coche. Sin perder el tiempo entramos, como pudimos, sin nuestras maletas, pero vivos, y nos pusimos en marcha.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Capitulo 5

Creo que en toda noche no dormí más de un cuarto de hora. Al principio no paraba de pensar en aquellas cosas, en cómo funcionaban, en porqué atacaban... estaba tan asustado que cada golpe abajo mi hacia coger el palo de la escoba pensando que estaban en la puerta de arriba. Tampoco podía dormir; era cerrar los ojos y verme en aquella habitación con el muerto devorando a la mujer…
Después de lo que me parecieron años, la luz entró por la ventana, iniciando un nuevo día, así que me levante, ordené mi cabeza y comencé a buscar. Todo lo que hiciese daño servía. Empecé por la cocina, sin hacer ruido, a rebuscar todos los cajones y armarios. Encontré el rodillo de amasar, el encendedor de la cocina de gas, las tijeras y un montón de cuchillos, de entre los cuales hubo uno que me enamoró: Un cuchillo más grande de lo normal, cuyo fin desconocía, con una brillante y afilada hoja y el mango plateado y negro, de la prestigiosa “Arcos”. Como mi madre me viese coger sus cuchillos sagrados…
Continué la búsqueda en el trastero de la casa, atiborrado como de costumbre de objetos que ya no utilizábamos prácticamente nada. Pero también era el lugar donde guardábamos nuestras herramientas, así que podía encontrar algo. Dos martillos, un cúter y una sierra, que añadí a la pila de objetos que estaban amontonados en la puerta de casa.
Por último, sin esperanzas de encontrar algo, y intentando entretenerme de alguna manera en lo que a la fuerza se había convertido en una cárcel, busqué en la habitación de mi padre. Tenía muy buenos recuerdos de aquel “despacho” entre comillas; era el lugar donde mi padre pasaba las horas, ya fuese haciendo cosas del trabajo en el escritorio o con el ordenador.
Dejé de pensar en ello, me dolía, así que empecé a buscar, y solamente encontré un abrecartas. Ya me iba cuando recordé que había un sitio donde no había mirado; el armario donde mi padre guardaba las cosas de su juventud. Tranquilamente me dirigí al rincón donde estaba el mueble y lo abrí, al mismo tiempo que una chispa se encendía dentro de mí Dentro, tapado por un plástico polvoriento y olvidado allí tras el éxito de internet, descansaba el viejo equipo de radioaficionado de mi padre, un aparato cuyos recuerdos vagaban débilmente en mi memoria. Televisión, internet, teléfono y emisoras de radio habían caído, pero que pasaba con las frecuencias privadas? Aquel viejo amigo podría solucionarnos muchos problemas, si sabíamos hacerlo funcionar. Con cuidado lo saqué, lo dejé fuera y fui a cerrar el mueble, pero la chispa se convirtió en una enorme llama de euforia que invadió mi cuerpo, y que tuvo que llegar a mis ojos, porque ahora ya no veía todo gris.
Desmontada y guardada cuidadosamente, con los cañones grabados y una flamante culata de madera pulida y barnizada, descansaba escondida entre capítulos de Dragón Ball grabados en video la escopeta de dos cañones de mi padre, una escopeta de la que nunca me habían hablado.
Con sumo cuidado, como si se tratase de un antiguo objeto sagrado, la cogí y la saqué, mirándola con devoción. Es extraño el poder de atracción de un arma, te hace sentir seguro, fuerte, imponente, incluso guay. Pero en esta ocasión un arma no atraía, enamoraba a primera vista, te hacía sentir simplemente vivo, y con posibilidades de seguir vivo por más tiempo. Emocionado, la monté con cuidado. Era muy sencillo, solo había que unir la parte del cañón a la culata y ella sola se encajaba. Pero faltaba algo, la munición… Busqué detrás de todas las películas y abrí las cajas, hasta encontrar lo que quería: 30 cartuchos de escopeta rojos y dorados. Los metí en una caja vacía, junto con la escopeta y el equipo de limpieza de esta y los saqué a la entradita.
Allí, de pie, frente a una pila de cuchillos, martillos tijeras, miscelánea y una escopeta, me sentía fuerte y seguro. Tanto que después de escuchar como el cierre de la puerta de abajo saltaba y la puerta cedía, chocando ruidosamente contra las vigas que la atrancaban, no me alteré. Detrás de mi escuche un ruido, y vi a Noé levantada con un palo en las manos.
- Tranquila, solo era abajo.- Estaba alterada, supongo que abría pensado que estaban arriba. De hecho, el sonido había sido muy fuerte.- No pasa nada.
- Seguro? Ha sonado muy fuerte.
- Seguro.- dije sonriendo.- Mira Noé, acércate, que tengo dos sorpresas.
Rápidamente, Noé bajó la guardia y dejó el palo a un lado, acercándose hasta donde yo me encontraba. Como en mí, una chispa de esperanza y alegría apareció en ella mientras revisaba cada objeto de la pila, hasta que llegó a la escopeta y sus ojos se abrieron de par en par. Iba a decir algo cuando una voz la interrumpió desde detrás de nosotros.
- Eso… es de verdad?- De repente, entre nosotros dos, Carlos mostraba también su chispa. Asentí, orgulloso, y durante unos minutos permanecimos hechizados por la extraña fuerza del arma.
Un fuerte ruido nos devolvió a la realidad. Y allí estaban otra vez, con sus gemidos, aquellos infernales gemidos que mi cerebro prácticamente ya omitía, que se habían convertido en el sonido que imperaba cuando todos callaban, en el nuevo silencio. Los tres nos miramos, bajo la luz cálida de la entradita, y nos dirigimos con cautela a la ventana del comedor.
La imagen que captaban nuestros ojos fue como un cubo de agua arrojado con precisión a nuestra chispa, a nuestra esperanza. Hasta donde podíamos ver, los muertos ocupaban la calle intentando desesperadamente llegar a nosotros, una capa de gris y burdeos que se movía armónicamente. Estaban todos allí. Como si fuésemos los únicos vivos de la ciudad. En el piso de enfrente, al otro lado del parque, una ventana estalló bajo la presión de tres pares de brazos podridos, intentando de forma totalmente inútil estar lo más cerca de nosotros, como si les fuese la vida en ello. Me reí yo solo por el chiste malo. Nos deseaban, nos deseaban con todas sus fuerzas y no se moverían de allí hasta que nos tuviesen entre sus fauces. Era impresionante el número que había, ni un centímetro cuadrado se libraba de ser ocupado. Y las heridas y rasguños… de todas las formas posibles. Sorprendido incluso yo, esta vez la bilis no completó el recorrido, y regresó a donde le correspondía con una silenciosa arcada, pero nada de vómito.
Otra vez aquel sonido estridente, el sonido de algo metálico chocando enérgicamente.
- Mirad cuantos hay… hasta el bloque de enfrente ha caído.- Mas de ellos se asomaron a las ventanas, como si de una trabajada coreografía macabra se tratase.- Creéis que seremos los únicos vivos en Sabadell, o donde sea?- Dijo Noé, dejando la pregunta en el aire, como si no quisiera una respuesta.
- Ahora que lo dices, podemos intentar comprobarlo. He encontrado una radio.
- Si? Y funciona?- Dijo Carlos interesado, sin apartar la vista de la ventana.
- Habrá que probar.
Estuvimos en el comedor, sentados en el suelo, trasteando la antigua reliquia de mi padre con algunas partes del manual de instrucciones hasta conseguir encenderlo, y cuando finalmente lo conseguimos, no encontramos ninguna frecuencia activa. O quizás ni siquiera funcionase. Por si acaso, dejamos la frecuencia estándar sintonizada y la radio encendida.
Esperamos sin hacer nada delante de la radio, comimos delante de la radio. Quizás fuese la única manera de contactar con alguien, si es que quedaba alguien, pero necesitábamos aferrarnos a la posibilidad. De vez en cuando hacia un ruido raro, una pausa de las interferencias, pero nada más.
Y de la nada, como quien de repente enciende un cronometro, empezó. El mismo ruido que había oído un par de veces por la mañana, pero ahora era seguido, como el tic tac tic tac de un reloj. Los tres nos levantamos, rígidos y pálidos, y corriendo cogimos cada uno un “arma”; yo la escopeta, Carlos la espada y Noe la palanca. Parecíamos unos capullos frikis delante de la puerta, esperando a que algo pasase para actuar, con nuestras armas en las manos, pero no era para menos. Recordé que la escopeta no estaba cargada, y cogí dos cartuchos para el arma y cuatro más para el bolsillo.
Los minutos pasaban, y el sonido seguía, pero no pasaba nada, absolutamente nada. Armándonos de valor, abrimos la puerta lentamente y, tras analizar el rellano vacío, bajamos al portal. Como era de esperar, el sonido fuera era más estridente; no solo por ser su origen, sino por el eco que se producía entre las paredes. Allí abajo, como una maquina averiada, la puerta se abría y cerraba sistemáticamente, chocando fuertemente contra una de las vigas que debía sostenerla y que ahora yacía en el suelo, actuando de tope. La masa que afuera se agolpaba contra la puerta, la empujaba y la agitaba, y los brazos se colaban por los barrotes y el orificio que se creaba cuando cedía. Sus caras se aplastaban contra las barras, y los brazos se movían como la cola de un lagarto cuando se separa de su cuerpo. Eso, era el origen del ruido; el cierre había saltado, y si seguía así, poco a poco la viga se apartaría y todos entrarían. Y como eso pasase la habíamos cagado.
Manteniendo siempre la distancia, bajamos del todo al portal y empezamos a mover los tablones y los hierros, colocándolos contra la puerta mientras Carlos apretaba para ganar espacio, pero fue un error. En un intento desesperado, uno de ellos se estiró y lo agarró, haciéndole perder el equilibrio y quedando de espaldas contra la puerta. Miles de brazos asomaron al instante agarrándolo por la cabeza el cuello, las piernas y las manos, apretándole contra la puerta, y impidiéndole usar la espada de su padre.
Que se siente cuando a tu mejor amigo, a una persona que lleva toda la vida contigo, con la que no recuerdas un momento sin él, lo agarran un puñado de muertos que se mueven, para intentar comérselo o mutilarlo. Suena horrible, verdad? Imagina presenciarlo. Yo dejé de ser yo. Era la esperanza de vida de Carlos y tenía una escopeta cargada. Toda la rabia del momento apareció en el dedo índice de mi mano derecha, y me daba igual si eran personas o muertos, o las dos cosas. Me daba igual si me llamarían asesino, pero eso no se hacía
Me acerqué a la puerta, metiendo el cañón del arma entre las rejas, al lado de la cabeza de Carlos. Y disparé, dos veces, a quemarropa. El sonido perforó mis tímpanos, mi nariz se llenó de pólvora, y en la decima de segundo que duraron mis ojos cerrados, la cabeza del que le aguantaba el brazo despareció, literalmente. Solo quedó su cuerpo, inerte, y trozos de piel desgarrada y quemada, mientras sangre coagulada salía y se derramaba lentamente, hasta llegar a la inmensa herida que había aparecido en su pecho, y de la que salía humo.
Carlos se soltó a base de cortes y se separó de un salto de la puerta, , respirando agitadamente y limpiándose algo invisible que al parecer estaba por todos lados, mientras los muertos rugían y golpeaban. Los dos salieron corriendo, y yo me quedé allí, contemplando el cuerpo sin cabeza que se había desplomado contra la puerta, hasta que me desmayé.
. . .
Desperté tumbado en el sofá, boca arriba y con los brazos cruzados, sin recordar cómo había llegado hasta allí. En esos momentos mi cabeza solo me enseñaba una y otra vez la imagen del muerto al que había disparado. Mi vista estaba nublada, pero veía movimiento delante de mí y oía algo, palabras, pero muy débiles. Me incorporé con cuidado y empecé a distinguir a Carlos de Noe. Llevaban bolsas desde la cocina hasta la puerta, que estaba abierta; se oía el gemido con claridad.
- Dani! Estas bien! Carlos, Dani ha despertado.- Gritó Noe alegremente mirando hacia la puerta de la calle.
- Díselo tu Noe!- la voz de Carlos llegaba muy débilmente, debía estar lejos pero… donde?
Me quede mirando a Noe, algo aturdido, y le pregunte que tenía que decirme, que había pasado, y me contestó que estuviese tranquilo, que no pasaba nada y que estábamos bien los tres, pero que habíamos decidido largarnos de aquí, que era demasiado peligroso quedarse. Intenté dialogar con ellos, decirles que lo mejor era quedarse aquí, protegidos y con comida, que a dónde pretendían ir y cómo íbamos a salir.
- Hemos cogido las escaleras del trastero i hemos abierto la trampilla del tejado, podemos bajar por el andamio de atrás.- Dijo Noe con una sonrisa forzada.- Lo único es que no podemos llevar muchas cosas.
Levantándome con cuidado salí a la escalera, algo mareado todavía. Sus gemidos se escuchaban mucho más fuerte que normalmente. Llovía otra vez, lo notaba en la humedad del ambiente, me había olvidado el pañuelo.
Subí arriba con Noe y encontré a Carlos empapado en el hueco de la trampilla, con unas cuantas bolsas al lado y mi escopeta en su hombro, que me la cedió en cuanto estuve debajo de él. En la puerta de al lado se oían golpes, sistemáticos, acompañados de gemidos. “No preguntes, no tengo ni idea de cómo siguen vivos” me dijo. Y me hizo una señal para que subiese; querían irse ya, cuanto antes mejor. No les importaba si llovía, si no teníamos destino y si íbamos sin comida, no querían seguir allí después del último susto. No iban a cambiar de opinión, así que cedí, y empecé a subir.
Un momento, qué había sido eso… una voz? Alguien arrugando papel? No, no era papel, pero si había oído a alguien.
- Esperad! He oído algo!- dije dándome la vuelta y quedándome inmóvil, para no escuchar nada que no fuese aquello.
Subido en una escalera de hierro, en el último rellano de mi piso, y con la cabeza metida ya en el agujero de las golfas era muy complicado, pero ahí estaba de nuevo, camuflado entre los golpes y los gemidos. Era algo familiar, interferencias… Interferencias! Una voz! La radio funcionaba! De un salto baje de nuevo a la escalera, y seguí saltando de peldaño en peldaño para llegar lo antes posible a mi casa. Ya me había recuperado del inesperado desmayo y estaba totalmente en forma, y por si fuese poco, alguien estaba al otro lado del aparato;
- Hola? Hay alguien ahí fuera? Respondan por favor…
Grgrgrgrgrrgrgr
- Hola?
La voz sonaba joven, muy joven. Cuando la escuché claramente esa sensación de soledad, de desconexión que poco a poco había crecido en mí durante esos días, desapareció. No estábamos solos, no se había ido todo a la mierda
- Hola?.- grité, como si me fuese a oír solo por ello.
- Al fin contesta alguien! Hola.- Mi mano temblaba con el micrófono en ella, solo por el hecho de saber que no estábamos solos. Tenía ganas de llorar, de gritar, de contarle todo lo que había pasado y habíamos visto, pero no había tiempo. Lo primero era lo primero.
- Tío, necesitamos ayuda; estamos rodeados aunque podemos largarnos, pero no tenemos a donde ir. Eres poli o algo?- Durante un buen rato no sonó nada, solo interferencias. Pensé que había sido una casualidad impensable, que el hombre al otro lado estaría muy lejos de mí, y que conseguir hablar con el otra vez era imposible, pero volvió
- No, pero quizás pueda ayudarte. Cuantos sois?- No era poli, y podía ayudarnos?
- Somos tres chicos.
- Bien, donde estáis, en Sabadell? – Aquel tío tenía que ser de Sabadell también, sino no hubiese preguntado por ella primero, pero seguía pensando lo mismo, si no era poli, como nos iba a ayudar…
- Si, en Ca n’ Oriach, sabes dónde está?
- Si, a que altura?
- Justo en la entrada, entre Ca n’ Oriach y La Concordia.- Dije alegremente, sin titubear. Era de Sabadell y podía llegar hasta nosotros. Qué más da que no sea poli, “Todo está solucionado” pensé.
- En la plaza del Calíope?
- Exacto tío! Puedes sacarnos?
- Espera… tú… Dani?
- Como… como sabes quién soy?
- Tío! Soy yo! Adri!-
- Adri… mi Adri?
- Sí! Ese mismo! Joder tío… - Adrià, uno de mis amigos más viejos, al que por desgracia veía muy poco desde que se mudó a Castellarnau… Seguía vivo. La alegría fue inmedible. Hasta entonces no me había acordado de mis amigos, solo de mi familia. Pero… Joder! Adri seguía vivo! Había pasado tantas cosas con él, tantas movidas, tantas risas. Compartíamos infinitos secretos, anécdotas sobre extintores y chicas ** , y haberlo perdido, como a muchos de mis amigos, hubiese sido algo que no podría haber superado. Pero qué coño! Estaba vivo!!
- Estas vivo! – pensé en voz alta la ultima parte de mi superrápida conversación mental.
- Claro! No sabía nada de ti Dani.
- Yo tampoco! Como iba a saberlo? Nada funciona.
- Oye Dani, los has visto?
- Sí, tengo miles delante.
- Joder, aquí solo hay unos pocos por suerte, que van hacia Sabadell, pero no saben que estamos aquí. Estamos Javi y yo escondidos.
- Pues ellos sí que saben que estamos nosotros aquí… por eso vienen hacia mi casa.
- Tranquilo, voy a sacarte de ahí.

lunes, 31 de enero de 2011

capítulo 4


Capitulo 4

Ese mismo día, después de una comida relativamente pobre a base de patatas fritas y huevos revueltos, decidimos que era hora de ponerse manos a la obra. Fui a mi habitación y desenterré del armario mi bandolera, y metí dentro la palanca y un puñado de bolsas de plástico; no nos hacía falta nada más. Con la chaqueta, la bandolera, las llaves y un trapo para no respirar aquella mierda, salimos los tres de nuevo a la escalera. Esta vez íbamos más seguros y con mas valor, moviéndonos silenciosamente, aunque ese silencio no duró mucho. En el 1º 2ª, tras llamar tres veces al timbre sin respuesta alguna, una sonrisa malévola apareció en nuestras caras. Empezaba el primer saqueo.

Pero, ¿cómo es posible abrir una puerta con una palanca? El sistema es muy sencillo, solo hace falta fuerza.

Noe abrió la mochila y sacó la palanca dejando la funda dentro, e intentó introducirla sin éxito entre la puerta y el marco. El extremo se deslizó por la madera dejando solamente alguna marcas. Necesitamos crear un hueco, pensé, y entonces se encendió la bombilla. Al cúmulo de sonidos que poblaban la escalera se unió unos mas, un golpe, una patada en una puerta; durante el tiempo que la puerta estuvo desplazada unos centímetros, Noe introdujo la palanca en la ranura, y ahí se quedó, clavada por la presión. Entre los tres, agarramos la herramienta y tiramos con todas nuestras fuerzas, viendo como la física de esa barra hacía su trabajo y nos daba centímetros hasta que finalmente los tornillos del cierre saltaron y la puerta se abrió de golpe.



Asomando la cabeza al piso aparentemente vacío, los tres nos paramos a escuchar el mínimo sonido que indicase presencia humana, pero nada. Los únicos sonidos procedían de abajo. Durante el primer saqueo decidí quedarme en la entrada para tener en todo momento el portal controlado, solo por precaución, y me senté en las escaleras limpiando un poco el peldaño antes de dejarme caer allí. Otra vez, desde aquel pequeño agujero podía ver los brazos pálidos y desgarrados. ¿Qué coño eran? ¿Qué les pasaba? Y… ¿por qué aquel hombre me quiso morder? Había tantas preguntas sin respuesta posible. Pero la pregunta que más veces me hacía sentado en aquella escalera gris y polvorienta era ¿Realmente era posible que los muertos se levantasen y siguiesen moviéndose? Claro que no! Cualquier persona normal me llamaría loco, se reiría de mí, pero entonces; ¿que había solo a unos metros de mí?

Un golpe, no, cristales rotos, abajo. Con miedo, alcé la cabeza y mire por el hueco, viendo mas brazos pálidos asomando ahora a través de la ventanilla inferior de la puerta. No había peligro. Volví a mi posición anterior, mirando hacia la puerta reventada del 1º 1ª. Mis piernas, se movían nerviosamente de arriba abajo. Estaba temblando, y no era de frio. Joder, a quien quiero engañar, estaba cagado. La ignorancia era el peor enemigo, y esta vez estábamos hasta el cuello de ella. ¿Qué nos harían si entraban? ¿Cuál era su fin? Bah! Tampoco quería saberlo, creo que así era mejor.

Carlos y Noe salieron del piso con una bolsa cada uno; no había mucha cosa por lo visto. Tras dejar las cosas en casa, nos dirigimos al piso de Mauri, el 2º1ª, esperando encontrarlos. Al llamar, oímos algunos sonidos, débiles, y el corazón se nos aceleró a los tres. Euforia, diría que fue lo que sentimos. Esperamos impacientes en la puerta con una amplia sonrisa durante unos minutos, aguantando la respiración para no vomitar. Desgraciadamente, nuestra euforia se acabó con el maullido de Chispas el gato de Mauri… Otra vez, no había nadie. Por lo tanto, entramos a saquear la casa, pero por suerte teníamos llave y no hizo falta romper la puerta. Me sorprendí al darme cuenta de que me alegraba de entrar, de salir de la escalera. Me daba miedo estar fuera. Dejamos a Carlos esta vez en la puerta y, esquivando al gato, empezamos a buscar.

El piso se mostraba ordenado y limpio, con las persianas levantadas. Daba la sensación de que mis vecinos solamente habían salido un momento, de que en cualquier momento volverían, como si nada. Pero no sé por qué, creía que nunca los volvería a ver...

No había tiempo para eso, ahora teníamos que aprovisionarnos para aguantar el tiempo que tardasen en largarse los muertos. Buscábamos básicamente alimentos, material para la higiene, y... ¿Por qué no ? Objetos de valor también. De esa manera obtuvimos patatas fritas, sobres de sopa, jabón, pasta de dientes, colonia, un portátil y algo de dinero. Me movía rápidamente, intentando no romper nada, registrando cada cajón y armario y metiendo todo aquello que veía útil en la bolsa, hasta haber mirado todas las habitaciones.

Finalmente dejamos la casa cerrada y algo de comida y agua para el pobre gato. Al no encontrar a nadie repetimos el proceso: patada / palancazo / saqueo en las otras viviendas hasta llegar al 4º 2ª.

Todo iba como la seda, y nuestra cabeza ya pensaba en que podríamos sacar de aquel piso, pero cuando llamamos a la puerta, más por rutina que por interés, un ruido nos sobresaltó, destrozando nuestros planes en milésimas de segundos.

Había alguien allí dentro? Durante más de dos minutos esperamos delante de aquella puerta, la que a mí de repente me parecía enorme, deseando que alguien nos abriese lo antes posible y mirando por el hueco de la escalera de reojo en todo momento.

Joder... Joder! Abridme! Pensaba una y otra vez. Odiaba estar ahí fuera, lo odiaba con todas mis ganas. Llamé furiosamente al timbre cuatro veces seguidas sin obtener respuesta alguna, así que tiramos de la palanca. Tras solamente tres pisos abiertos mediante aquella vía, me sorprendió lo rápido que abrimos esta vez la puerta; solo tardamos tres segundos en reventar la puerta. Rápidamente, nos quitamos los trapos y entramos los tres en la casa. Nada más abrir la puerta de la entradita, al acceder al comedor, intente tomar una gran bocanada de oxígeno. Pero lo que entró por mi boca no fue aire puro, sino ese abundante y fuerte olor fétido. Y lo que entró por mis pupilas no fue la cálida imagen de comedor agradable al que estaba acostumbrado.

Sangre, en el suelo y las paredes. Sillas volcadas. La cristalera con las copas destrozada, creando un lago de cristal rojizo alrededor. Libros, películas, el mando de la televisión, restos de un jarrón... todos en el suelo, ensangrentados. Manos rojas que te saludan desde un fondo de pared blanco, invitándote a imaginar que ha pasado en aquella jodida sala. Desconchones. Un cuchillo, ensangrentado, sostenido por una mano... unida al cadáver de una mujer, acostada bajo las cortinas teñidas y arrancada por algún motivo de las ventanas.

La imagen entró súbitamente por mis ojos , acompañada del hedor de la muerte, destrozando en segundos mi yo interno. Sin darme cuenta, acostumbrado a la fuerza al sabor amargo del bilis caliente en mi boca, la primera arcada llegó a ella. Tuve que hacer un gran esfuerzo para aguantar el vómito mientras me adentraba en las entrañas de aquel matadero improvisado en busca del baño. Vacié por segunda o tercera vez mi estómago en aquel día y salí al pasillo con la intención de volver donde Carlos y Noe y salir de allí, pero me quedé en el marco. La misma escena se repetía en el corredor hasta desembocar en la habitación de matrimonio, la cual se veía muy parcialmente desde la puerta entre abierta. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero luego descubrí que no, que de allí dentro salían unos extraños sonidos. Y como no, como el capullo que soy; me acerqué por pura curiosidad.

Lentamente me acerque a la habitación, notando a cada paso que daba el incremento en la intensidad del olor a muerte, hasta que abrí la puerta y no pude hacer otra cosa que retroceder, tropezar y caer.



Delante de mi, sobre la cama, un hombre, de piel extremadamente pálida, reposaba arrodillado sobre el cuerpo medio devorado de una mujer. También en la habitación se apreciaban signos de violencia, y la sangre llenaba la colcha del lecho. Con el ruido sordo de mi caída, involuntariamente llamé su atención, y se dio la vuelta. Como en todos los de abajo, su cara pálida resaltaba notablemente unos ojos vacíos y sedientos.



Pero algo tenía aquel diferente de los demás. Su boca, bañada en sangre, dejaba ver entre unos negros dientes pedazos de algo rosado; piel... humana... Joder joder joder! Aquel hijo de puta… se la estaba comiendo? Maldito bastardo! Así que eso es lo que hacen? Por eso habían disparado y huido los mossos? Porque te quieren comer! Vuelven a la vida para comerte?!

Ahora no podía seguir con esa estúpida y jodida idea, había cosas que requerían extrema atención. El hijo de puta se había levantado y ahora se dirigía a paso lento hacia mí, ignorando a su antigua presa. Maldita sea; la segunda vez que estaba tan cerca de una de esas cosas, y la segunda vez que me quedaba paralizado por el miedo. Sentado en el pasillo, temblando, mi boca quería pedir ayuda, llamar al 091, a los GEOs, solicitar un bombardeo con napalm o dar la orden de reventar la cabeza nuclear de algún país aquí mismo, pero solamente pude pronunciar un débil "ayuda" que gracias a dios llegó a oídos de mis amigos. Como alma que lleva el diablo, Carlos y Noe aparecieron en el pasillo detrás de mí. También ellos quedaron congelados al ver al muerto caminando hacia nosotros, con la boca abierta.

Todavía no sé cómo pude hacer algo así, simplemente sucedió todo demasiado deprisa. Miré desesperado a todos lados, buscando algo. Sangre, muebles, libros, un cuchillo… Un cuchillo! Me estiré todo lo que pude y lo cogí firmemente. Sin pensarlo hundí la hoja en el abdomen del muerto intentando frenarlo, pero no reaccionó, no gritó, no sangró, nada… Centímetros, solo unos cuantos centímetros lo separaban de mí, y algo golpeó fuertemente su sien, mandando a la criatura contra la pared mientras millones de astillas, trozos de sesos y sangre coagulada brotaban del hueco que había en su cabeza. Finalmente impactó contra la pared y, con un sordo ruido, cayó al suelo. Y allí se quedó, inmóvil, formando un nuevo pequeño charco rojo alrededor de la herida que se sumó a la monotonía de la casa.

Encima de mí Carlos aguantaba la palanca manchada con fuerza en sus manos, y su cara lo decía todo. "Como he podido golpear a un hombre en la cabeza"? es lo que pensaba. Pero aquello no era un hombre. Estoy seguro. Y no lo había golpeado, lo había matado.

-Carlos. Salgamos de aquí, por favor.

-Pero… pero como he podido hacer algo… así?- Lo que había hecho para salvarme la vida había sido una brutalidad, si, pero si no lo hubiese hecho el final hubiera sido distinto.

- No pienses en eso ahora Carlos, vámonos de aquí- dijo Noe, con la voz temblando.- No quiero estar ni un minuto más aquí.

Carlos asintió, y me dio la mano para levantarme e irnos. Nos dimos la vuelta, y otra vez, todo sucedió demasiado rápido para razonar nuestros movimientos. Delante de nosotros, justo detrás de Noelía, la mujer que anteriormente se descomponía el comedor, ahora avanzaba hacia nosotros, brazos en alto. Simplemente, hicimos lo que creíamos que teníamos que hacer, y mientras yo apartada a Noe, Carlos estampó la palanca en la sien de aquella mujer, hundiendo el cráneo y creando como sombrero una pulpa rojiza asquerosa. El cuerpo parcialmente mutilado cayó limpiamente al suelo, y durante unos segundos, solo unos segundos, se movió espasmódicamente.



. . .



Sentados en el sofá, de nuevo en casa, los tres pensábamos cabizbajos en los acontecimientos que habían tenido lugar en aquel piso. Dios… había sido una pesadilla eterna, que no abandonaría fácilmente nuestras mentes. Una cosa era ver a los muertos caminar directamente, chocante. Pero otra muy distinta es ver a los muertos, "muertos", levantarse y caminar hacia ti… Y luego estaba lo del cuchillo y la palanca, haber matado no a una, sino a dos personas. Bueno, si se les puede llamar personas... Dios mío, qué coño está pasando aquí, como se ha podido ir tan rápidamente el mundo al carajo? Como coño han podido levantarse los muertos, atrincherarte en tu casa y que el gobierno o quien se encargue de esta mierda te deje incomunicado a tu suerte? Joder, ya empezaba a rallarme. Era demasiado fácil desconectar y empezar a preguntarte todo lo que te pasaba por la cabeza, sin obtener una jodida respuesta. Y encima Carlos estaba raro, no hablaba, y por más que le explicásemos que lo que había hecho estaba bien, no entraba en razón. Yo había clavado un cuchillo, y había notado la facilidad con la que la hoja atraviesa la piel humana, pero no había matado a nadie, claro. Supongo que no es lo mismo.

Empezaba a oscurecer y todavía no habíamos protegido las puertas. Tras el "incidente", y después de saber qué es lo que hacen cuando te cogen los bastardos caminantes (dios, cada vez que recordaba la imagen yo también me volvía pálido…) llegamos a la conclusión de que había que armarse y reforzar las puertas. Sonaba muy peliculero, pero más vale prevenir que curar.

Da igual, lo haríamos mañana. Esta noche tocaba debate, ralladas y pesadillas…

domingo, 30 de enero de 2011

Capítulo 3


Capítulo 3

Apretando con todas mis fuerzas contra aquella puerta llena de polvo, pese a que sabía que solo se abriría con una llave, sentía que en cualquier momento podía ceder. Notaba la vibración producida por una multitud aglomerada al otro extremo golpeando, que se fundía con mi propia vibración, mis temblores. Desde allí, solo con darte la vuelta, podías ver a todos aquellos locos a menos de un metro, a todo ese montón de sangre, a todos esos ojos vacíos… que intentaban hincarte el diente como el desgraciado de la mandíbula.

-Eh! Dejadnos en paz! Fuera de aquí! Yo no le he hecho nada, ha sido el! FUERA!

Pero parecía que no me escuchaban…Era increíble estar tan cerca, pero por suerte la puerta nos separaba. De repente, el cristal superior reventó en mil pedazos bajo la presión de tantas manos, inundándonos a los tres, y decenas de brazos nos intentaron agarrar. A donde mirase, veía brazos pálidos manoteando, hasta que noté algo en mi nuca; estaba frio. Podíamos quedarnos ahí y dejar que nos estrangulasen o irnos y que la puerta también cediera, pero Noe añadió otra opción. Cogió dos de las vigas que en el futuro habrían servido para nuestro ascensor y las colocó entre una hilera de peldaños y la puerta, perfectamente encajada, y de un tirón nos sacó a Carlos y a mí de las garras de aquella gente. Por unos segundos nos encogimos al imaginarnos qué pasaría si no hubiese funcionado, pero las vigas hicieron su función.

Me sorprendí de ver como mi amiga había llevado esta vez la situación. En ningún momento el miedo la había bloqueado. Pero era normal, no teníamos tiempo para sentir miedo; ya lo sentiríamos más tarde. Mientras colocábamos todas vigas de diferentes tamaños que encontrábamos en las escaleras contra la puerta, fuera oíamos el goteo constante de la lluvia mezclado con los porrazos y una especie de ruido constante que no sabíamos que era, pero que nos aterraba. Por suerte no tardamos mucho en salir de ahí abajo, asegurándonos antes de que aquellos locos no pudieran entrar, y subimos a casa.

Pese a que estábamos en casa, el sonido se seguía oyendo por todos lados. Por un lado era una buena señal, ya que si oiríamos si entraban, pero a lo largo… Mis pensamientos fueron interrumpidos por Carlos.

-Has visto eso? Qué coño les pasaba? Aquel tío te ha querido morder no?

-Sí, pero no lo ha conseguido…- dije mirándome el hombro y asegurándome de que no había herida- Esa gente, estaba… loca.

-Yo creo que no, creo que eran infectados.- Dijo Noe mirando por la ventana

-Infectados?! Mierda!- dije volviéndome a mirar el hombro.- No me habré infectado!?- Pero por suerte, por más que me lo mirase, mi hombro seguía intacto. Aquel hombre me había intentado morder, y lo hubiese conseguido de no ser porque lo evité. No era normal, incluso permitiéndonos pensar que los infectados pasaban por una fase de "rabia", no era humano el acto de morder al contrario. Pero sin embargo ahí estaban, los podía ver desde la ventana, cientos de personas que deseaban mordernos se aglomeraban delante del portal.- Joder… Habéis visto cuantos hay?



  • Son muchísimos, pero… todos parecen iguales.- Tenía razón. Evidentemente no todos eran iguales, pero si compartían muchos aspectos. Su piel, había obtenido un tono lechoso, pálido, como si se estuviesen muriendo. Todos se movían lentamente, cansados, pero no parecía voluntario, sino que… se les veía… se notaba que querían cogerte, pero no iban más rápido porque no podían. También era muy notable el hecho de que no había uno solo que no estuviese herido, ya fuese por quemaduras, amputaciones o… disparos; una marea roja, pensaba yo. Y por último, sus expresiones de desprecio y odio, y su uniforme sonido, un sonido incesante, que empezaba a taladrarme los oídos. Y me quejaba yo de los disparos…
  • Si, podrían ser perfectamente infectados… qué coño! Son infectados! Tío, todos tienen los mismos… síntomas, por decirlo de alguna manera. Y tienen la rabia, tu mismo lo has visto ahí abajo!
  • Perdonad, pero Dani, tengo frio- Dijo Noe. – Los tres estábamos empapados y tiritando.- Luego podemos seguir hablando, tampoco es importante, ya que son simples conjeturas. Pero estamos mojados y fríos, y como no nos sequemos pillaremos una buena. Venga, tranquilos, está bien cerrada.
Nos apartamos de la ventana y con mucho cuidado de no hacer ruido bajamos la persiana del comedor y todas las demás, y cerramos la puerta de la cocina. Totalmente aislados, encendimos las luces de casa y nos preparamos para darnos una buena ducha caliente. A Carlos y a Noe les di algo de ropa mía y puse la suya en la secadora, y tras varios intentos creo que la conseguí hacer funcionar. Al cabo de media hora, los tres ya estábamos secos y bien vestidos, y nuestra antigua ropa se estaba secando, pero bueno, algo es algo. Entonces nos sentamos los tres en el sofá, sin decir nadie nada, solo con aquel sonido uniforme de fondo. Cada vez que oíamos un golpe más fuerte de lo normal, dábamos un bote y nos acercábamos de puntillas a la mirilla de la puerta con el corazón en el puño. Así fue durante horas, exceptuando alguna pequeña conversación que no duraba más de tres frases. Aquella absurda pero macabra situación nos tenía acojonados y no nos permitía comportarnos de manera natural, y como eso siguiese así nos podíamos volver locos.

Un ruido me dio una excelente idea para suavizar la cosa, un ruido tan simple y común como una barriga pidiendo comida… Nos habíamos olvidado completamente de la hora, de comer, de dormir, joder, eran las dos de la mañana! Sin pensarlo me fui a la cocina y me metí rápidamente dentro para evitar que pasase el máximo de luz.

Habíamos llegado a la conclusión de que si no notaban actividad dentro, aquellos hombres pensarían que nos hemos ido y por lo tanto nos dejarían en paz. Ese era nuestro plan; no hacer ruido, y esperábamos que funcionase.

A oscuras cogí unas cuantas velas y las puse alrededor de la vitrocerámica y con una linterna busque en mi congelador a ver que tenía. Me sentí un poco capullo. Apague las velas, tenía pizzas. Sin dificultad alguna podríamos comer bien y caliente. Las caras de mis amigos mostraron una amplia sonrisa al verme llegar con tres pizzas a la mesa, y sin hacer ruido nos preparamos para comer; las devoramos en unos minutos. Se agradecía una buena comida y una buena compañía en aquel comedor silencioso después de un día tan jodidamente absurdo. Tras la comida, discutimos sobre donde dormiría cada uno y sin mediar palabra alguna nos acostamos.

Lo noche fue una pesadilla, el stress acumulado encerrados en mi casa sin saber que hacer no te permitía pegar ojo, y aquellos putos sonidos producidos por los infectados te taladraban la cabeza, haciéndote saltar con cada golpe contra la puerta. Multiplica esto por cada segundo de cada minuto de las 8 horas que estuve acostado y el resultado es mortal, y por desgracia no fui el único. Aun así, milagrosamente, tras una aspirina por persona, al día siguiente estuvimos bastante frescos.

Como durante el día la luz era natural, no solo teníamos la opción de levantar las persianas, sino que era lo más lógico. Con cuidado de no hacer ruido ni movimientos bruscos, nos llevamos un gran sobresalto al ver que, no solo no se habían ido, sino que atraídos por sus "compañeros", se habían unido más y ahora no podías ver un trozo de suelo en toda la calle. Dios. Carlos fue corriendo al lavabo y no tardamos en oírlo vomitar. No era para menos, yo estuve a punto, y Noe… no sé si quería vomitar, pero estaba pálida. Desde allí arriba, escondidos detrás de la cortina, observábamos casi con miedo aquella multitud.

Sin saber cómo lo hicieron, nos vieron. Todos, absolutamente todos, levantaron la cabeza, abrieron sus bocas negras, y alzaron sus brazos intentando desesperadamente cogernos, como si de fans locos se tratasen. De repente algo llamó mi atención en medio de la marea, por desgracia, ya que en menos que cantaba un gallo estaba echando la pota en pleno comedor, después tuve que limpiarlo. Lo que había visto era, ni más ni menos, que las tripas chorreantes de una pobre mujer colgando de un horrible agujero negro que había en su abdomen. Millones de moscas se arremolinaban en torno a aquel orificio salpicado de sangre coagulada, como si estuviese descomponiéndose por dentro. Aquello… dios, aquello NO era normal, eso no podía seguir vivo joder!

Carlos volvió, igual de pálido que Noe, y que yo. Yo seguía con aquella idea en la cabeza, fácil de pensar, imposible de creer. Los tres pensábamos lo mismo, pero no nos atrevíamos a decirlo por algún motivo… miedo a que fuese verdad, quizás. Simplemente nos mirábamos entre nosotros encogiendo los hombros mientras alternábamos la mirada con la marea de abajo.

  • Tío, mira eso…- dije señalando a aquella mujer.
  • JODER! Qué coño…! Dani, por decimoquinta vez, qué coño está pasando aquí?
  • No lo sé tío… pero simplemente… "eso" no puede estar vivo. Sé que vosotros también lo pensáis, no me digáis, que no.
  • Pero eso es imposible Dani, lo sabes.- Noe me miraba con una cara… como si pensase que estaba loco. Pero a mí me daba igual, ellos también lo pensaban, y lo sabía.- Simplemente no pueden estar muertos, vale que lo parecen, pero entonces no estarían de pie.
  • Vale, pero también es imposible tener una herida como la de ese hombre.- Durante todo este tiempo no había dicho nada sobre aquel hombre para evitar a mis amigos un mal trago, pero ahora me daba igual. Sabía que tenía razón, yo mismo estado delante de uno de ellos, lo había visto, y lo había olido. Siguiendo mi dedo podías ver un chico, de nuestra edad, a quien de alguna manera de la cual no quería saber nada, le habían arrancado parte de la cara y, si te fijabas bien, podías ver parte de su ojo sobresaliendo del montón de musculo, piel y sangre coagulada que había en el lado izquierdo de la cara. Pero aun así, aquel chico seguía en pie, moviéndose y abriendo constantemente su boca, como si no le doliese, como si no fuese humano.- Lo veis?
  • Dios!.- Esta vez fue Noe quien salió corriendo al baño.
  • Joder… que.. qué coño le pasa a esta gente.
Un fuerte golpe en la puerta nos hizo dar otro bote

  • Esta gente está muerta Carlos. He estado delante de uno de ellos y olía a muerto. Sus heridas no les afectan. A aquel le falta una parte de la cabeza, a aquel el pie derecho y la mano derecha, y a aquel otro lo han cosido a balazos… y siguen de pie… bueno, el sin pie no, pero porque se cae; aun así se mueven como si pasasen de todo, como si no tuvieran sentimientos tío. No solo están infectados, sino que también muertos, y aun estando muertos te atacan.
Noe volvió. Había perdido por completo el tono de la piel y tenía mala cara. Parecía algo mareada, así que abrimos la ventana para que entrase algo de aire. Fue entonces cuando aquel horrible hedor entro en cuestión de segundos en el comedor. Aquel olor fuerte y penetrante se metía en tus fosas nasales aunque no respirases y poco a poco se iba adentrando más y más, hasta que finalmente te quedabas sin aire y la bocanada de oxígeno era mortal. No tardamos ni dos segundos en sufrir arcadas, demasiado tarde para cerrar la ventana de nuevo. Era el olor de la muerte, de la descomposición, de "su" descomposición.

  • Puaj!! A que huele?! Qué asco!
  • Noe, huele a muerto y a podrido. Dani tiene razón. "Eso" no puede estar vivo, fíjate en el montón de sangre que pierden, o en las amputaciones de algunos…
  • Pero, a ver… eso es imposible! Los muertos no te atacan una vez muertos!
  • También es imposible que herido de tal manera y perdiendo litros de sangre, estés de pie y con fuerzas para estar toda una noche aporreando una puerta Noe, y sin embargo, ahí están.
  • Sí, pero… pero… joder, si, vale, es cierto, pero no puede ser! Es imposible!
  • Es imposible, si, pero ahí está. No me preguntes porqué ni como, porque no lo sé. Solo sé que están muertos, o en un punto intermedio.
Con aquellas palabras acabamos la discusión. Estábamos los tres de acuerdo, y si alguien tenía alguna duda, solo hacía falta mirar a fuera y abrir la ventana para que se le quitase. Simplemente, estaban muertos y se mantenían en pie, como los vivos. Pero tal y como decía Noe, y ahora qué?

Nada, no podíamos hacer nada. Escapar? Para qué? Aquí estábamos a salvo y cómodos, con alimentos y electricidad; a dónde íbamos a ir? Lo mejor era quedarse aquí, esperar a ver qué pasaba.



. . .
Eran las once de la mañana, y por algún extraño motivo aquel olor volvió a aparecer en mi nariz. Repulsivo, odioso, y lo peor, es que era tremendamente difícil sacarlo de ahí. No sé de dónde vino, pero un escalofrió recorrió mi cuerpo; por un momento pensé que habían entrado. Tras un par de arcadas pude sacármelo de encima. En su lugar, apareció un dolor de cabeza, leve, pero constante. Siempre me pasaba lo mismo; al principio solo molestaba, sabía que con tomarme un ibuprofeno en media hora se me pasaría, pero siempre decía "luego, mas tarde, ahora no me apetece ir al botiquín". Hasta que finalmente el leve dolor pasaba a ser insoportable e iba corriendo a la despensa, para tomar la pastilla sin agua para no perder tiempo y aguantarme durante media hora con aquel infernal dolor. Pero esta vez no podía dejar que eso pasase, entre aullidos, peste, aburrimiento, miedo y portazos, lo último que me faltaba ahora era un jodido dolor de cabeza. Me dirigí a la despensa, y al llegar al botiquín, tras mirarlo dos veces sin resultados, comencé a buscar furiosamente por todos lados a ver si estaban guardados en algún otro lugar, pero no vi un solo paquete de ibuprofenos.

No podía ser, quizás fuese por la tensión acumulada entre ayer y hoy, pero sentía que necesitaba una aspirina, y ya. Tuve la suerte de tener a Carlos conmigo. Carlos era mi amigo desde pequeño, uno de mis mejores amigos, y el haberlo conocido se debe a que es mi vecino; su casa está encima de la mía. Si tenía suerte, en su casa quedaría alguna pastilla para mí. Carlos me dijo que no sabía si tenía algo en su casa, de la cual ya ni se acordaba, pero que no pensaba salir de aquí.

Solamente el hecho de tener muertos "vivos" violentos amontonados debajo nos aterraba a los tres. Era normal, y más si en cualquier momento podía ceder la puerta, pero yo necesitaba aquella pastilla. Tardé un cuarto de hora en convencerlo, alegando que habíamos reforzado la puerta, por lo cual no podrían entrar, y que además podríamos encontrar cosas interesantes en su casa para posteriormente bajarlas a la mía. Incluso discutimos de en qué casa era mejor estar, pero finalmente dejamos esa discusión, mejor seguir como hasta ahora. Como si a la guerra fuésemos, nos preparamos para salir simplemente a las escaleras, y nada más abrir la nos echamos los tres hacia atrás, volviéndola a cerrar, ya que el jodido olor fuera era insoportable. Por suerte aquello tenía solución, y en dos minutos volvimos a salir con la cara tapada para poder respirar "casi" tranquilamente; por lo menos no se notaba del todo.

El cielo estaba oscuro, parecía que en cualquier momento pudiese volver a llover, y el aire era frio. La escalera estaba patas arriba, como siempre desde que empezaron las obras. Pero ahora había una pequeña diferencia, y es que fuera, apiñados contra la puerta estaban ellos, golpeando y arañando por meterse dentro. Nosotros simplemente estábamos a unos metros de distancia, y aunque sabíamos que estábamos a salvo, que no nos podrían hacer nada, nos movíamos exageradamente lento, evitando hacer cualquier ruido, con la cara tapada y respirando solamente cuando no podíamos más. Al pasar por el lado de la barandilla hice un gesto de asco al mirar por el hueco de las escaleras. Desde aquella privilegiada posición podía ver once manos agitándose lentamente, pálidas y desgarradas, intentando agarrar desesperadamente la porción de aire a la que no podían llegar.

El tramo de 16 escaleras que en circunstancias normales, subiéndolas de dos en dos, hacía en 3 segundos, esta vez lo hicimos en un minuto y algo, aproximadamente. La simple idea de hacer un minúsculo sonido y permitir a los muertos saber que estábamos allí, nos aterrorizaba.

En casa de Carlos quedaban tres cajas enteras de ibuprofenos, guardadas al final de un armario de las cuales cogimos todas. Mi cara al ver las cajitas tuvo que ser para fotografiarla; al instante ya me había tomado uno. Aparte de las medicinas, buscando por todos lados encontramos bien guardada una "pata de cabra", la típica palanca de películas para abrir puertas, cajas, coches… no nos servía de nada, pero la vimos importante, así que nos la quedamos. También cogimos tres bolsas enteras de comida, ya fuesen patatas, galletas, pasta de sopa o todo lo que vimos. Por qué? Porque No sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar aquí, ya fuese por voluntad propia o ajena, pero por si acaso, vimos bien el bajarla a mi casa.

Justo cuando salíamos, mire a Carlos para indicarle que no hiciese ruido, y fue entonces cuando vi iluminársele la cara. Como alma que lleva el diablo, salió corriendo a su habitación sin decirnos nada, y tras escucharlo mover mil y una cosas en algún lugar, volvió sonriendo. En sus manos Carlos llevaba un objeto largo, de menos de un metro, muy delgado y largo, que al principio no supe identificar. Solo cuando lo tuve a un metro de mi pudimos darnos cuenta de lo que llevaba en las manos; ni más ni menos que una espada, reluciente, cuya hoja estaba grabada con alguna palabra o frase que no veía, y con un mango bellamente decorado. Noe y yo nos quedamos boquiabiertos ante la presencia de aquel objeto; qué hacía Carlos con una espada?

Al ver nuestras caras, Carlos contestó a la pregunta sin que nosotros le dijésemos nada:

  • Es de la boda de mis padres, un regalo. Y es de verdad, o sea que corta. Quizás nos pueda hacer falta para defendernos, así que he creído que sería útil cogerla


Flipante, ahora pensábamos en defendernos, y encima teníamos una espada; esto empezaba a tomar forma. Pero qué forma?

Un sonido amortiguado, un golpe en otro lugar que llegaba hasta nosotros atravesando varios muros de hormigón, interrumpió mis pensamientos y los de los demás. Un golpe, donde? Y quien lo había producido? No era como el de la puerta de abajo y estábamos so… De repente, mi realidad cambió. Todo lo que tenía en mente y había imaginado se esfumó.

Durante estos dos días había tenido en mi cabeza la falsa idea de que estábamos solos en el bloque, totalmente solos. No sé porqué, quizás estaba demasiado centrado en lo que pasaba fuera y no me había fijado en lo que pasaba dentro. Carlos y yo vivíamos en un bloque de cuatro plantas, con dos casas por piso; en total ocho casas. Como no lo había pensado antes? En el bloque no solo podíamos estar nosotros, como mínimo alguien más se habría encerrado aquí como nosotros, o le habrían pillado los disparos en casa. Mil cosas podían haber pasado ayer.

Otra vez, el mismo sonido. No habían sido imaginaciones, ya que Carlos y Noe me miraban con una sonrisa. Encontrar a alguien que nos pudiese ayudar a llevar la situación, preferiblemente mayor, era algo bueno, y además todos nos conocíamos en el bloque. Que había de malo? Absolutamente nada, todo lo que imaginaba era buenas alternativas.



Bien tío, a ver si tenemos suerte y es algún mayor.- dije a mis compañeros sonriendo.- Os parece si bajamos todo esto a mi casa primero y luego miramos?

Y así lo hicimos. Con el mismo cuidado con el que subimos anteriormente a casa de Carlos, bajamos esta vez, levantando las bolsas para evitar que rozasen con los sucios peldaños. La única diferencia era lo cargados que íbamos de bolsas llenas de alimentos y objetos. Era inevitable hacer algún ruido con las bolsas de plástico, o al rozar por algún lado. El gran problema era que no teníamos manos suficientes para taparnos la cara y evitar oler aquel repugnante hedor. Por desgracia, tuvimos que hacer dos viajes para bajarlo todo, así que nos hartamos de aquel olor. Carlos vomitó ruidosamente por el hueco de la escalera, alertando a los incansables sitiadores de que estábamos allí, y animándoles a golpear con más fuerza. En ese momento, en mitad de aquella escalera gris y llena de mierda, nos quedamos congelados, paralizados, esperando la mínima señal de peligro para soltar todo y salir escopetados hacia casa. Que casa? No lo sé, la que fuese. Entre el miedo y la peste la espera se hizo eterna, y me empezaba a doler gravemente la cabeza. Por suerte no pasó nada, estuvimos dos minutos mirándonos de reojo sin hacer un solo movimiento, hasta que Noe hizo un gesto con la cabeza y siguió bajando, con nosotros siguiéndola.

Tras unos minutos de descanso y discusión tumbados en el sofá del comedor, decidimos lo que íbamos a hacer. Habíamos decidido que iríamos piso por piso llamando a ver si quedaba alguien, ya que era lo único que podíamos hacer. Pero no solo eso. El ser humano es avaricioso y oportunista, así que si todo esto se ha ido a pique, los dueños no volverán, por lo que no había ningún problema en entrar en sus casas a coger lo que necesitáramos. Bueno si, había uno; cómo entrar. Como podíamos acceder a las casas en caso de que estuvieran vacías? En mi casa estaban las llaves de emergencia de Ángeles, la mujer del 3ero 1era, y en casa de Carlos las de Mauri y Dafne, la pareja del 2ndo 1era. No se me ocurría nada, me acariciaba el mentón constantemente y mi mirada buscaba algo en la sala, algo que me diese una idea para entrar. El reloj, las 12:47.

Joder, no se me ocurría nada y en mi cabeza ya empezaban las primeras punzadas de dolor. Me levante y empecé a buscar una de las cajas de ibuprofenos. La saqué de entre un montón de cosas, la abrí y cogí una pequeña pastilla blanca, que me llevé a la boca y la tragué sin agua. Su aspereza rasgó mi garganta y dejo un sabor conocido en mi boca. En media hora como mucho, habría pasado el dolor. Mientras colocaba la caja cerrada otra vez en la bolsa, Noe se levantó del sofá y a paso rápido se acercó a mí, con la vista clavada en mis manos. Había visto algo interesante. Justamente en la misma bolsa de los ibuprofenos, debajo de todo, estaba ella. La "pata de cabra", la típica palanca para forzar cosas que siempre había en las películas. Siempre lo abría todo, pero, abriría esta vez las puertas de mi bloque? Porque no probarlo?

Noe levantó la oxidada palanca y le quitó el recubrimiento que impedía que lo manchase todo, y con una sonrisa disimulada, dijo "si no hay nadie, entramos con esto". Por un momento olvidamos la situación en la que nos encontrábamos y nos sentimos extasiados. La idea era perfecta. Plantea el panorama; tres jóvenes en apuros, con dos opciones. Encontrar a un mayor para que nos ayude, o saquear la casa. Dios, éramos como niños pequeños en una tienda de golosinas, que solo en pensar con un saqueo sin consecuencias se nos hacía la boca agua.