sábado, 12 de marzo de 2011

Capítulo 6


El edificio reposaba impasible, resistiendo el constante ataque de los muertos contra lo que un día había sido una escalera normal y corriente de un bloque de pisos normal y corriente. Ahora el cemento caía resquebrajado de las paredes a medio rebozar, las bombillas colgaban de las esquinas, aguantadas por unos cables prácticamente pelados. Los buzones te mostraban si estaban llenos o no desde el suelo, aunque hacía días que estaban llenos sin que nadie los vaciase. En los peldaños te dificultaban la subida numerosos tablones, baldosas, escaleras de mano, tornillos, cables, barandillas, vigas... Eso era antes, ahora todo estaba apiñado contra la puerta, de mala manera desde el momento en que cogieron al chico alto de pelo negro aquellas manos muertas, que acabaron en el suelo como si de felpudos se tratasen, creando lentamente una alfombra de sangre reseca.

El cierre de metal de la puerta estaba en el suelo, arrancado a la fuerza, entre un par de manos fétidas y podridas. Como consecuencia, la puerta golpeaba contra la viga más cercana sistemáticamente cada vez que la marea empujaba al unísono; un nuevo reloj que no consumía ninguna batería. La viga central, aguantada por dos tablones adicionales para que no se moviese, era la piedra angular de aquella improvisada resistencia. Había más cosas, sí, pero nada era tan importante como la viga y sus soportes, y tras el incidente, uno de ellos se había desplazado.

Las manos pálidas intentaban deshacerse de la barrera a través de los barrotes, aunque su cuerpo era demasiado grande para meterse entre las barras. Una niña, una niña del bando muerto, era casi perfecta para la tarea, y ahí estaba, en primera línea de combate. Casi perfecta, porque? Porque lo que hacía cuatro días había sido una adorable niña de 6 años, no entraba completamente entre los barrotes, solo hasta la cintura. Pero no pasaba nada, sus nuevos compañeros estaban allí para ayudarla. La niña muerta se introdujo en la apertura, arrastrándose por el suelo e impulsándose con su pequeña pierna, la que le quedaba después de la explosión de la caldera de la casa donde se había escondido. Y allí se quedó, atrapada a unos centímetros del tablón, atrapada de cintura para abajo. La criatura se retorcía y gemía endiabladamente, sin dejar de mover los brazos, apartando manos y buzones llenos. Entonces, otro muerto ocupó el lugar vacío, y la masa podrida volvió a cargar. La pierna de la niña, junto con la cintura, empezó a torcerse bajo la presión de los hombres y mujeres que intentaban abrir la puerta hasta que la carne no pudo más. La piel dura empezó a desgarrarse, dejando ver sus músculos atrofiados y sangre coagulada, hasta que el hueso se rompió y la cintura se separa del torso, dejando el intestino como único enlace de unión. La niña no sufrió, ya no podía. Es más, para ella era un alivio poder entrar por completo en el portal, sentirse unos centímetros más cerca de la ansiada presa. Arrastrándose, dejando tras de sí una estela de sangre y vísceras, el torso se encaramó al primer escalón, derribando accidentalmente el ultimo tablón de apoyo y dejando la viga aguantada únicamente por la presión de la puerta. No duró más de tres segundos, tres segundos para recibir la siguiente carga y caer, permitiendo por fin que la puerta completase totalmente el recorrido para el que había sido creado, golpeando fuertemente contra la pared.

Los huéspedes llegaban con días de retraso a la comida, y tenían hambre; la horda entró tan rápido como le fue posible e inició el ascenso hacía la sala del banquete, sin ni siquiera dar las gracias a la pequeña portera.



Media hora antes…

Habían pasado 4 horas desde que hablé por última vez con Adri, y ya estaba todo casi terminado. Cada uno se había preparado su propio equipaje, basado en ropa, comida, armas y ciertos efectos personales. Yo llevaba la mitad de mi ropa y bastante comida enlatada en una maleta, la mochila del portátil de mi padre con el portátil, móvil, etc., la escopeta y una maleta de mano con todos los cuchillos de mi cubertería. Además, llevaba como arma adicional el palo de una escoba "Vileda" plegable, de hierro que me llamó mucho la atención. Habíamos planeado que a las cuatro y media de la tarde, de aquí a una hora, Adri y Javi, su vecino mayor, vendrían hasta casa en coche. Adri se bajaría unas manzanas antes, y mientras Javi distraía a los muertos y hacía de cebo, Adri nos ayudaría a cargar todas las maletas hasta la iglesia, donde Javi nos recogería. Todo saldría perfecto, los muertos no nos molestarían porque estarían entretenidos con el coche, y podríamos llevarnos todo lo que necesitábamos. En el fondo era un golpe duro para mí, dejar mi casa quizás para siempre, aunque intentaba no pensar en eso. Pero bueno, después de toda esta mierda volvería aquí, y mis padres volverían, y todos tan contentos. Pero aun así quería despedirme de todo, por si acaso, así que unos minutos antes de la hora me dedicaría a decir adiós durante un tiempo a toda mi vida. Resultaba extraño, estábamos impacientes por que llegase la hora de irnos, no asustados, como el que espera la hora de irse de vacaciones o ir al cine. Solo quedaban tres cuartos de horas… tres cuartos de hora sentados en el sofá esperando. Estaba explicando a mis amigos donde vivía Adri y contándoles anécdotas de nuestra amistad cuando oímos un estridente y fuerte ruido. Noe se acercó con cautela a la puerta y en el momento en el que se asomó, uno de los muertos cargó contra ella, haciéndole golpearse contra la pared.; Gritó y agarró las manos del cadáver andante para evitar que su boca se acercase a ella, y pidió ayuda desesperadamente. El bicho se movía con brutalidad y agilidad, y estiraba el cuello tanto que casi se le desencajaba, sin dejar de abrir y cerrar la apestosa boca. Después del bote que dimos, nos levantamos corriendo para ayudarla, y Carlos, empuñando su espada, cortó la cabeza de la criatura, que pese a haber abandonado el cuerpo seguía abriendo y cerrando la boca sistemáticamente. Comprobamos que Noe estuviese bien y nos asomamos a la escalera…

La puerta estaba abierta, y los muertos entraban en tropel. Era como ver el momento en el que empiezan las rebajas, pero de los cadáveres. Gracias a su torpeza se movían con lentitud, y solo habían llegado al primer replano; les faltaban tres para llegar a nosotros. Pero como había conseguido cabezota llegar tan rápido hasta nosotros? Dios, dios! Joder! Había que pensar algo y rápido! Ya no podíamos salir por la puerta, centenares de muertos la ocupaban, y encerrarse en casa solo nos acorralaría. Saltar por la ventana? Cuatro o cinco metros, nos romperíamos algo si conseguíamos caer y seguir vivos, y sin poder movernos seríamos devorados en segundos. El tejado! No habíamos cerrado la trampilla cuando sonó la radio, y todavía estaba la escalera montada! No podíamos llevarnos todo el equipaje, pero que le jodan a la ropa! Adri tendría de sobras. Sin perder un segundo y con los muertos a mitad de camino entre el primero y el segundo replano, ordené coger solo las armas y la comida que fuera posible y subir al tejado. Las manos pálidas y desgarradas avanzaban lentamente, todas al unísono, unidas a los cuerpos mutilados de sus dueños. Poco a poco, el cabecilla, como le había llamado, subía los peldaños. Era un hombre mayor, cincuenta o sesenta años, calvo y mal afeitado. Sus manos estaban quemadas, igual que su rostro, del que todavía salía humo, y en la pierna, bajo un pantalón desgarrado se dejaba ver un gran corte. Detrás estaba el de la mandíbula arrancada, el del primer día… Me coloqué la mochila con mis aparatos y la escopeta a la espalda, metiendo las cajas de munición en los bolsillos de la chaqueta, y con una mano agarré la maletita de los cuchillos y una bolsa de comida y en la otra cargué el palo extensible de hierro, y me quedé en la puerta, mirando primero a Cabecilla y luego hacía mi casa. No podría hacerlo;

Mi casa, las cuatro paredes que me han visto crecer, en la que he celebrado cada cumpleaños y disfrutado cada quedada con mis amigos, la que ha protegido y acomodado a mi familia, la que guardaba tantos recuerdos… Mi habitación… donde he reído y llorado, donde he vivido tantas aventuras y he conocido millones de cosas desde el ordenador. Las fotos de mis amigos, joder, las de mi hermana… cada poster, cada cd de música, cada libro… mi diploma de la escuela de snowboard, mi tabla de Snow… uno de los regalos más importantes que he tenido, por parte de mis amigos… La moto a radiocontrol; el ultimo regalo de mi tío antes de que… bueno. Mi pasión por la nieve, mis amistades, mis recuerdos y aventuras escritas, cada sueño tenido en mi cama, mi vida; toda entre esas paredes, y tenía que dejarla.

Con lágrimas en los ojos, y un nudo en el estómago, levante el palo y con toda mi fuerza lo estampé en Cabecilla, hundiéndole la frente de tal manera que el cuero cabelludo se desgarró bajo el hierro, manchándolo de algo gris. La repercusión hizo temblar mis brazos. Intentó agarrarlo antes de caer, pero le fue imposible; su cerebro se había llenado de astillas. Como alma que lleva el diablo desincrusté el palo, ya que a un metro de mí, detrás de Cabecilla, había 15 muertos en un lugar donde solo cabían cinco personas, y salí corriendo. La imagen me afectó seriamente, de repente todo temblaba. Ver en un espacio tan cerrado, a tantos juntos, y tan cerca de mí, con sus gemidos destrozándome por dentro, me aterraba.

Carlos y Noe me esperaban arriba, listos para sacar la escalera en cuanto entrase por el agujero. Pude ver dos maletas; nos dejábamos más de la mitad de las cosas. A los pies de la escalera, jadeando, empecé a subir, pasándole primero a Carlos la pesada mochila y sin darme la vuelta siquiera para comprobar si podía subir sin peligro.

Los escuché acercarse, y solo tuve tiempo de girar la cabeza y abrir los ojos como platos. Dos muertos llegaron corriendo empujándose entre ellos hasta donde estaba yo, y violentamente me cogieron del pié y me tiraron al suelo. Grité al caer, sinceramente, sin saber si fue por el miedo o por clavarme la escopeta en la espalda. Los dos engendros se echaron encima de mí, intentando morderme. Antes de tenerlos encima intenté sacar el cuchillo "Arcos!" que me había llamado la atención y al dirigirlo contra el cuello del primero, un manotazo del segundo lo lanzó contra la pared, dejándome desprotegido. Aguantándoles por el cuello, grité pidiendo ayuda, y cuando se soltaron y abrieron la boca encima de mí, cerré los ojos, preparándome para lo que iba a llegar.


Pero… no llegó; en vez de eso, unas manos me cogieron y me levantaron, y al abrir los ojos, vi a Noe y Carlos. Los dos muertos estaban realmente muertos a mi lado, uno con un corte en la cabeza que llegaba hasta la boca, separando la cabeza en dos partes, y el otro con la abolladura que ya conocía. Las tripas empezaron a caerse una a una en mí mientras miraba fijamente al primero.

Noe me llamó, obligándome a subir por las escaleras ya que los muertos estaban completando el último tramo de escalera, así que cogí el cuchillo clavado en la puerta del 4º 1ª y salí de aquel edificio. Debajo de nosotros, aquellos cadáveres aullantes alzaban las manos para cogernos, sin éxito, abriendo y cerrando sus oscuras bocas para que cuando algo cayese pudiesen aprovecharlo, y sin importarles pisar a sus antiguos y rápidos camaradas. El espectáculo era dantesco, todas esas manos sucias, todas esas bocas negras, todas esas venas hinchadas y heridas abiertas… Pero eso no era lo que me preocupaba ahora, estábamos a salvo. Lo que me preocupaba era lo rápidos que habían sido aquellos dos, y el primero. Pensaba que los muertos, joder, odiaba llamarlos así, cada vez que recordaba que eran muertos andando se me ponían los pelos de punta. Pensaba que los muertos eran lentos, y si te paras a pensarlo era normal, el rigor mortis y esas cosas. Pero porqué estos no? Estos corrían como alma que llevaba el diablo, y eso era muy jodido. La única ventaja que teníamos, desaparecía. Por algún extraño motivo sus músculos no se habían endurecido.

Pensando en ello, alcé la cabeza. Sabadell era casi una ciudad fantasma desde allí arriba. Quizás si hubiese subido antes hubiese visto signos de actividad humana, pero ahora solo veía accidentes de coches en las carreteras, columnas de humo que se elevaban aquí y allá, en contraste con la luz del atardecer reflejada en las fachadas y en millones de cristales. La imagen era casi bonita, si no fuese por sus ocupantes cadavéricos. Cientos, miles, caminando en grupos por la calle o asediando algún portal, rebuscando entre los coches o devorando algún cadáver mutilado y tirado en la acera. Un sonido nos hizo girarnos para contemplar como de repente un garaje se abría ruidosamente, en medio del sepulcral silencio, y de él salía un monovolumen azul cargado hasta los topes. El coche se acopló a la carretera principal y empezó a acercase, esquivando los muros de coches siniestrados y atropellando a los pequeños grupos de muertos sin problema, hasta que sin saber de dónde, miles de ellos aparecieron delante y a los lados, cerrando el círculo lentamente. Ante la presión, el coche arranco embistiendo velozmente contra la multitud, pero perdiendo la velocidad a medida que golpeaba cada criatura, hasta quedarse finalmente parada en aquel mar muerto. Los monstruos empezaron a zarandear el vehículo, reventando los cristales y atrapando a sus presas, sin posibilidad de escape, encerradas en aquella trampa mortal. Los gritos de terror y dolor llegaban hasta nosotros, solos en el silencio más imponente, mientras veíamos como sacaban a un hombre agarrándolo por el pelo a través de la ventanilla, desapareciendo después bajo las garras de las hambrientas criaturas.

Aparté la mirada, como cuando la madre de tu amigo lo regañaba delante de ti y no sabías que hacer. Carlos tenía la mirada fijada también en el vehículo, y fue Noe la que nos sacó del trance, advirtiéndonos de que si no nos movíamos deprisa, se arremolinarían alrededor del edificio y no podríamos salir. Haciéndole caso, cogimos las maletas y bolsas como pudimos y empezamos a descender por el andamio de la fachada trasera. El metal estaba frio y mojado, lo que le daba una dificultad extra a la hora de agarrarse mientras las bolsas te empujaban hacia abajo, pero aun así llegamos a tierra con dos sustos solamente.

Desde la esquina en la que nos encontrábamos, formada por nuestro bloque y otro unidos por el extremo, la calle parecía vacía; la plaza estaba vacía. Pero nada más lejos de la realidad. Al otro lado, atraídos por los gemidos constantes de las criaturas, más de mil muertos se arremolinaban. Uno de ellos, un hombre de mediana edad, rubio y bajo, con la piel gravemente quemada y un mordisco en la mano, apareció detrás de nosotros, arrastrando un rollo de papel higiénico pegado con fluidos secos al pie, o lo que quedaba de pie. Olía realmente mal, cosa que nos permitió detectarlo antes de que se nos echase encima. Aun así, justo antes de hundirle el palo en la sien, el cabrón gimió ruidosamente, delatando nuestra posición a los otros. Salimos corriendo sin mirar atrás hacia la iglesia, donde habíamos quedado con adri, pese a que faltaban veinte minutos para la hora acordada. Al salir de la plaza, tras esquivar a dos o tres y golpear a otros cuatro con la culata de la escopeta, que se dirigían hacia nosotros con una expresión de rabia en la cara, giramos la cabeza para echar un último vistazo a nuestro hogar.

En mis venas, la sangre se heló en 0.5 segundos. A través del túnel que se formaba al conectar mi edificio con otro, y desde la calle que conectaba con la plaza España, miles y miles de muertos avanzaban hacia nosotros, con sus gemidos como cantico bélico y el sonido de los pies al arrastrase como himno de fondo. La imagen, realmente inquietante, hizo temblar mi cuerpo y el de mis compañeros de viaje. De donde coño habían salido tantos, en tres días?! Algo golpeó el suelo, y al darme la vuelta vi a Noe con la palanca en la mano manchada, encima de una mujer extremadamente joven; Mierda, salían de todos lados. No podíamos pararnos a mirar, había que llegar a la iglesia y esperar a Adri y a su amigo.

Corrimos, corrimos y corrimos. La mochila daba botes a mi espalda, la escopeta golpeaba contra mi omoplato y de la bolsa de cuchillos golpeaba contra la maleta rodante, que se "deslizaba" ruidosamente en mitad de la nada acústica. El camino por suerte sería corto; La iglesia se encontraba solo a dos calles de mi casa, detrás del parque y el colegio. El primero, vacío y con los columpios ondeando al viento, como en las películas, mezclado con la muchedumbre podrida que nos perseguía por todos los flancos, provocaba una incómoda sensación indescriptible. Pero el parque no era nada… al pasar delante del colegio, un lugar que siempre había estado lleno de música, risas y vida, encontramos algo muy diferente. Muerte, silencio y hedor. Los pequeños niños muertos gemían agolpados contra la malla metálica, golpeándola para romperla y alcanzarnos. La visión evocaba el tan cercano pasado y rompía el alma. Agachamos la cabeza y seguimos corriendo, con incomprensibles lágrimas en los ojos, intentando no pensar en aquella situación, centrándonos en nuestro objetivo, en llegar a la iglesia y esperar encerrados hasta que Adri llegase; y largarnos a un lugar donde por fin pudiésemos dormir sin miedo a despertar con cientos de muertos encima. Mierda, salían de todos lados joder! De los coches, de las tiendas, de los cubos de basura… Esquivando a estos últimos de un salto, giramos la esquina y subimos la calle, llegando finalmente a la plaza de la iglesia. Recubierta de arena y rodeada de un medio muro de ladrillo, con algunos pinos que aportaban sombra a los 4 bancos de los extremos, la plaza de la iglesia en la que había presenciado bodas y bautizos, incluido el mío, recibía los últimos rayos de luz sobre ella y sobre la fachada frontal del edificio. La imagen trajo a mi cabeza la nostalgia de los paseos con mis abuelos de vuelta casa…

Sin pensar en lo que nos esperaría dentro, movidos por los numerosos gemidos que poblaban el silencio de la ciudad aparentemente muerta, entramos en la casa de dios. El interior, más oscuro de lo normal debido a la hora de nuestra visita, ponía los pelos de punta junto con el sonido de nuestros pasos. Sin perder mucho tiempo, cerramos la puerta y seguimos a Carlos, el único que sabía por dónde se accedía al campanario. "Maldita sea, estábamos tan cerca de conseguirlo… porque esto ahora? Suerte tendremos si salimos vivos…" pensé.

Se suponía que todo debía ir como la seda. Un viaje casi tranquilo con el equipaje hasta la iglesia, junto con adri, en el cual al llegar un coche nos llevaría hasta casa de Adri donde podríamos aguantar hasta que alguien nos rescatara. Pero no, entraron antes de tiempo, forzándonos a salir por patas, y sin ningún lugar donde ser recogidos.

Sorteamos bancos y recorrimos pasillos hasta llegar a una puerta de hierro, cerrada. Con desesperación, golpeamos la puerta con todo lo que teníamos a mano pero no sirvió para nada, ni unos milímetros cedió. La angustia aumentó con el sonido de algo metálico chocando contra el suelo, indicador de que había alguien más en la iglesia. Sin perder un momento pero intentando no hacer demasiado ruido, nos dirigimos de vuelta a la nave principal, preparados para enfrentarnos a lo que fuese, pero con el miedo y la adrenalina en la sangre. Durante la búsqueda de la puerta al campanario, cegado por la obsesión, no me había fijado en los restos de sangre que había por las paredes, pequeños charcos y gotas que salieron disparadas de algún cuerpo. La atmosfera se oscurecía a cada paso, a cada gemido y cada golpe, hasta que llegamos al origen de todo.

-No os dejare entrar en mi iglesia, demonios! Por encima de mi cadáver!

La situación dio un giro de noventa grados en un segundo. Un hombre, anciano, vestido de blanco y agarrando una pala, manchado por numerosas manchas rojas, bloqueaba la puerta con un crucifijo con una mano mientras que con la otra se deshacía de un grupo de cadáveres que le atacaban desde la sala de la virgen. Su cara, mal afeitada y llena de arrugas, con algo de pelo gris a los lados, dejaba entrever una sonrisa con cada golpe. Con destreza y la fuerza de un joven, el viejo cura aplasto los cráneos de los muertos que se le acercaban, mientras murmuraba algo, probablemente relacionado con su religión. Tras rodar la última cabeza, el viejo se dio la vuelta para mirarnos, y nos invitó a enfrentarnos a él con provocaciones, jurando que jamás caería la iglesia.

- Eh! Tranquilo jefe! Estamos vivos- grité.

- Gracias a dios… Venís a rescatarme? Sois del ejercito?-pregunto el viejo con voz temblorosa.


Por razonas de la vida el cura no tenía buena vista, así que lentamente y con las manos en alto, nos acercamos a él, explicándole nuestra situación. Unos metros nos separaban cuando su actitud se volvió amigable de nuevo, bajando la pala y dejando de hacer fuerza con las manos. Pese a ello, manteníamos la distancia. Su aspecto era más parecido al de un psicópata que al de un cura. Sus facciones mostraban una especie de éxtasis macabro producido por la última pelea, manchado totalmente de sangre, delante de la puerta principal, que en cualquier momento parecía que iba a caer debido a los golpes del exterior.

-Esta… está usted solo?

-Sí, yo solo he purgado este edificio, y así lo mantendré.- dijo mientras movía bancos hasta la puerta.- Y vosotros? Porque habéis venido aquí?! Este es mi escondite, y por vuestra culpa mirad donde están todos! Ahí fuera!- La bisagra de la puerta se salió.- Vosotros, sois como ellos… no… el demonio es listo, pero yo lo soy más… Jamás permitiré que ensuciéis este suelo! – Gritando y riéndose a carcajadas, el hombre alzó la pala y nos encaró. Carlos y Noe me miraron, y yo los miré a ellos; estaba loco, la soledad el miedo o quizás algo peor lo había vuelto un loco maníaco. Lentamente retrocedimos, con las "armas preparadas.- JAMAS!

El hombre blandió la pala en señal de ataque. Entonces, la gruesa puerta de madera cayó sobre él, apartando los bancos y dejando entrar a los muertos en masa, como cuando una presa se rompe. El Sonido de huesos rompiéndose resonó por toda la iglesia, y el eco de la pala nos volvió locos pensando que venían por más lados.

A toda prisa, Carlos movió los bancos que teníamos a los lados delante de nosotros para dificultar el paso. Mientras, Noe y yo buscábamos una salida, sin éxito alguno. Los muertos no paraban de entrar, arroyándolo todo a su paso, haciendo crujir aún más los huesos del loco e inundando la construcción con sus infernales sonidos, que rebotaban con su eco por todos lados. Mis manos temblaban, mi cuerpo sudaba, pero no me paralicé. Finalmente, hubo contacto. Uno de los rápidos surgió de la masa que nos hacía ir retrocediendo, corriendo hacia nosotros y saltando por encima del banco. En ese momento, algo dentro de mí cambió. Adrenalina es la forma más fácil de entenderlo, aunque me quedaría corto. Con toda mi fuerza y mis ganas de vivir en mis brazos, y aquel engendro en el aire, moví el bastón, golpeándole fuertemente en la cabeza y haciéndolo girar en el aire. El cuerpo, todavía "vivo" cayo con la nuca contra otro banco, rompiéndole el cuello y dejándolo tirado en el suelo. El chico quedó inmóvil en el suelo, abriendo la boca lo máximo posible y mirándome con odió.

Miré de nuevo hacia delante; Carlos y Noe habían entrado en el mismo estado que yo, y se defendían unos metros más adelante propinando fuertes golpes y profundos cortes con sus armas. Uniéndome a ellos lo vi. Cientos, cientos de ellos entraban cada minuto, empujándose para pasar, y caminando por los laterales para llegar lo antes posible. La puerta de la nave trasera se abrió; mas… Las vidrieras reventaron bajo cientos de brazos; más, muchos más…

Cientos, miles, millones de caras podridas inundaban la pequeña iglesia y sus gemidos la hacían temblar. Los cristales rotos crujían bajo miles de pies y en medio de toda esa putrefacción estábamos nosotros… Noe empezó a mover más bancos, pidiendo ayuda a Carlos y empezando a formar un cuadrado de dos capas alrededor nuestro.

Esto nos dará algo más de tiempo, espero! – Dijo Noe- Solamente mantengámoslos fuera del cuadrado y esperemos que tu amigo llegue, y nos saque de aquí de alguna manera.- Sus ojos brillaban, aunque no pude entender el motivo. Tampoco me interesaba en aquel momento.

Recogiendo mi bastón, me di la vuelta, encarando a la muerte literalmente, y empecé. No sabría decir cuánto tiempo estuvimos allí… Movía el palo en todas direcciones, pero con criterio, golpeando lo suficientemente fuerte como para provocar una grave fisura en la cabeza que les jodiese el cerebro. A veces solamente intentaba ganar tiempo tirándolos al suelo con un golpe lateral en la cara, provocando una especie de tercera capa. Pero siempre había demasiados, siempre había alguno que conseguía meter el pie dentro y nos metía en un apuro, entonces, Carlos se daba la vuelta y sabíamos que teníamos que agacharnos, porque si no nuestra cabeza se uniría al festival.

La sangre me salpicaba constantemente, y hoy en todo momento el crujido que producían las cabezas de los que se encargaba Noe. De alguna manera habíamos conseguido mantenernos firmes, bajo la luz que entraba por los agujeros donde antes había cristales de colores, rodeados de miles de cuerpos. Fue algo inexplicable… el espíritu de supervivencia, el trabajo en equipo, la rabia, el miedo? Algo nos hizo mantenernos vivos aquel día. Cada vez que una mano te agarraba soltabas un grito de ira y le golpeabas con el codo en la frente, evitando la mortal boca, cada vez que se pasaban de la raya sacaba con un movimiento ágil la escopeta y provocaba un vacío que me daba tiempo para recargar y volver a mantener el orden, y lo mismo pasaba con mis amigos; oleada tras oleada.

Poco a poco, cambiamos drásticamente aquel día… Una parte humana salió huyendo, perdiéndose entre la multitud. Jamás, jamás habíamos matado a nadie… Y de repente cortábamos cabezas, las rompíamos o las reventábamos a escopetazos…

Uno de ellos, enorme, salió de la multitud. Jamás había visto algo tan grande. La sangre le salía de la boca y los ojos, y la camiseta desgarrada dejaba ver decenas de agujeros infectados y llenos de pus. Su cuello estaba lleno de mordiscos horribles, de los cuales brotaba sangre coagulada. Mi bastón le golpeó en la cara, concretamente en el ojo derecho, que se fisura y empezó a segregar algo transparente. Pero él no se inmutó. Mierda, aquel cabron me hacía perder tiempo. Tumbé a tres más a su lado para conseguir ventaja y saqué la escopeta. Cuando la encontré tenía 23 cartuchos. Había gastado dos en casa y ocho allí, así que sin este me quedarían doce… Su cabeza no reventó drásticamente como las de los demás, pero grandes trozos de piel salieron disparados en todas direcciones, junto con su cuerpo, arrollando a unos cuantos más que había detrás de él.

El sonido de un motor nos avisó de que probablemente aquello se acababa, incrementando nuestra fuerza y nuestra efectividad como grupo. Pero entonces paró, y los cristales de una de las vidrieras superiores salieron disparados, bañando a esos hijos de puta con una lluvia de millones de cortes. Y allí estaba, Adri.


Porque coño os habéis ido? Vamos venid aquí!.- Adri llevaba en sus manos algo que no supe identificar


Acaso crees que es tan fácil, capullo?! Enfadado, cargue la escopeta a toda pastilla y agarrándola con firmeza realice el primer disparo en su dirección. Como si de Moisés me tratase, abrí una brecha en aquel mar de putrefacción y salimos pitando, sorteando los brazos que intentaban agarrarnos y las bocas que intentaban mordernos. El ruido del chapoteo de nuestros pies en los charcos de sangre era repugnante. Efectué un segundo disparo, volviendo a crear el mismo efecto que el primero y permitiéndome ver un confesionario debajo de la vidriera. Un brazo me agarró del pelo, con fuerza, pero milésimas de segundo después, esta me soltó. La razón; Noe había reventado el cerebro que la manipulaba. Llegamos allí, y la primera en subir fue ella. Carlos se las arreglaba con dificultad para defenderme mientras recargaba la escopeta aparatosamente. Un tercer disparo nos dio el tiempo suficiente. Adri ayudó a subir primero a Carlos, y, cuando me tendió la mano a mí, enseguida la apartó y volvió a coger aquel objeto, mirando detrás de mí. Me di la vuelta y vi como un grupo de rápidos corría desesperadamente a por mí, intentando evitar que su presa huyera.


Click… y después; una enorme llamarada. Una bola de fuego pasó por encima de mí furiosamente, prendiendo los cadáveres andantes y echándolos al suelo. La piel putrefacta empezó a deshacerse, desprendiendo unos fluidos que avivaron el fuego
La lengua de fuego mortal continuó consumiendo a sus objetivos durante unos segundos abrasadores, que me permitieron subir sin problemas por el lateral y salir al tejado. Una vez estuve arriba, Adri soltó el botón i giró una rueda, apagando el aparato. Miré de nuevo a dentro. La iglesia, un edificio de 200 metros cuadrados, totalmente llena de esas cosas. A reventar. Y allí en medio; nuestro cuadrado y una pila de cadáveres rodeándolo. Lo habíamos conseguido. Era consciente de que todavía quedaba mucho que hacer, pero joder; superados en número, muy superados en número, con un palo, una espada, una palanca y una escopeta, agotados y sin posibilidad aparente de escapatoria. Y allí estábamos. Después de abrazar a mi amigo, nos asomamos al borde del tejado hacia la calle; voilà, el coche. Sin perder el tiempo entramos, como pudimos, sin nuestras maletas, pero vivos, y nos pusimos en marcha.

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