Creo que en toda noche no dormí más de un cuarto de hora. Al principio no paraba de pensar en aquellas cosas, en cómo funcionaban, en porqué atacaban... estaba tan asustado que cada golpe abajo mi hacia coger el palo de la escoba pensando que estaban en la puerta de arriba. Tampoco podía dormir; era cerrar los ojos y verme en aquella habitación con el muerto devorando a la mujer…
Después de lo que me parecieron años, la luz entró por la ventana, iniciando un nuevo día, así que me levante, ordené mi cabeza y comencé a buscar. Todo lo que hiciese daño servía. Empecé por la cocina, sin hacer ruido, a rebuscar todos los cajones y armarios. Encontré el rodillo de amasar, el encendedor de la cocina de gas, las tijeras y un montón de cuchillos, de entre los cuales hubo uno que me enamoró: Un cuchillo más grande de lo normal, cuyo fin desconocía, con una brillante y afilada hoja y el mango plateado y negro, de la prestigiosa “Arcos”. Como mi madre me viese coger sus cuchillos sagrados…
Continué la búsqueda en el trastero de la casa, atiborrado como de costumbre de objetos que ya no utilizábamos prácticamente nada. Pero también era el lugar donde guardábamos nuestras herramientas, así que podía encontrar algo. Dos martillos, un cúter y una sierra, que añadí a la pila de objetos que estaban amontonados en la puerta de casa.
Por último, sin esperanzas de encontrar algo, y intentando entretenerme de alguna manera en lo que a la fuerza se había convertido en una cárcel, busqué en la habitación de mi padre. Tenía muy buenos recuerdos de aquel “despacho” entre comillas; era el lugar donde mi padre pasaba las horas, ya fuese haciendo cosas del trabajo en el escritorio o con el ordenador.
Dejé de pensar en ello, me dolía, así que empecé a buscar, y solamente encontré un abrecartas. Ya me iba cuando recordé que había un sitio donde no había mirado; el armario donde mi padre guardaba las cosas de su juventud. Tranquilamente me dirigí al rincón donde estaba el mueble y lo abrí, al mismo tiempo que una chispa se encendía dentro de mí Dentro, tapado por un plástico polvoriento y olvidado allí tras el éxito de internet, descansaba el viejo equipo de radioaficionado de mi padre, un aparato cuyos recuerdos vagaban débilmente en mi memoria. Televisión, internet, teléfono y emisoras de radio habían caído, pero que pasaba con las frecuencias privadas? Aquel viejo amigo podría solucionarnos muchos problemas, si sabíamos hacerlo funcionar. Con cuidado lo saqué, lo dejé fuera y fui a cerrar el mueble, pero la chispa se convirtió en una enorme llama de euforia que invadió mi cuerpo, y que tuvo que llegar a mis ojos, porque ahora ya no veía todo gris.
Desmontada y guardada cuidadosamente, con los cañones grabados y una flamante culata de madera pulida y barnizada, descansaba escondida entre capítulos de Dragón Ball grabados en video la escopeta de dos cañones de mi padre, una escopeta de la que nunca me habían hablado.
Con sumo cuidado, como si se tratase de un antiguo objeto sagrado, la cogí y la saqué, mirándola con devoción. Es extraño el poder de atracción de un arma, te hace sentir seguro, fuerte, imponente, incluso guay. Pero en esta ocasión un arma no atraía, enamoraba a primera vista, te hacía sentir simplemente vivo, y con posibilidades de seguir vivo por más tiempo. Emocionado, la monté con cuidado. Era muy sencillo, solo había que unir la parte del cañón a la culata y ella sola se encajaba. Pero faltaba algo, la munición… Busqué detrás de todas las películas y abrí las cajas, hasta encontrar lo que quería: 30 cartuchos de escopeta rojos y dorados. Los metí en una caja vacía, junto con la escopeta y el equipo de limpieza de esta y los saqué a la entradita.
Allí, de pie, frente a una pila de cuchillos, martillos tijeras, miscelánea y una escopeta, me sentía fuerte y seguro. Tanto que después de escuchar como el cierre de la puerta de abajo saltaba y la puerta cedía, chocando ruidosamente contra las vigas que la atrancaban, no me alteré. Detrás de mi escuche un ruido, y vi a Noé levantada con un palo en las manos.
- Tranquila, solo era abajo.- Estaba alterada, supongo que abría pensado que estaban arriba. De hecho, el sonido había sido muy fuerte.- No pasa nada.
- Seguro? Ha sonado muy fuerte.
- Seguro.- dije sonriendo.- Mira Noé, acércate, que tengo dos sorpresas.
Rápidamente, Noé bajó la guardia y dejó el palo a un lado, acercándose hasta donde yo me encontraba. Como en mí, una chispa de esperanza y alegría apareció en ella mientras revisaba cada objeto de la pila, hasta que llegó a la escopeta y sus ojos se abrieron de par en par. Iba a decir algo cuando una voz la interrumpió desde detrás de nosotros.
- Eso… es de verdad?- De repente, entre nosotros dos, Carlos mostraba también su chispa. Asentí, orgulloso, y durante unos minutos permanecimos hechizados por la extraña fuerza del arma.
Un fuerte ruido nos devolvió a la realidad. Y allí estaban otra vez, con sus gemidos, aquellos infernales gemidos que mi cerebro prácticamente ya omitía, que se habían convertido en el sonido que imperaba cuando todos callaban, en el nuevo silencio. Los tres nos miramos, bajo la luz cálida de la entradita, y nos dirigimos con cautela a la ventana del comedor.
La imagen que captaban nuestros ojos fue como un cubo de agua arrojado con precisión a nuestra chispa, a nuestra esperanza. Hasta donde podíamos ver, los muertos ocupaban la calle intentando desesperadamente llegar a nosotros, una capa de gris y burdeos que se movía armónicamente. Estaban todos allí. Como si fuésemos los únicos vivos de la ciudad. En el piso de enfrente, al otro lado del parque, una ventana estalló bajo la presión de tres pares de brazos podridos, intentando de forma totalmente inútil estar lo más cerca de nosotros, como si les fuese la vida en ello. Me reí yo solo por el chiste malo. Nos deseaban, nos deseaban con todas sus fuerzas y no se moverían de allí hasta que nos tuviesen entre sus fauces. Era impresionante el número que había, ni un centímetro cuadrado se libraba de ser ocupado. Y las heridas y rasguños… de todas las formas posibles. Sorprendido incluso yo, esta vez la bilis no completó el recorrido, y regresó a donde le correspondía con una silenciosa arcada, pero nada de vómito.
Otra vez aquel sonido estridente, el sonido de algo metálico chocando enérgicamente.
- Mirad cuantos hay… hasta el bloque de enfrente ha caído.- Mas de ellos se asomaron a las ventanas, como si de una trabajada coreografía macabra se tratase.- Creéis que seremos los únicos vivos en Sabadell, o donde sea?- Dijo Noé, dejando la pregunta en el aire, como si no quisiera una respuesta.
- Ahora que lo dices, podemos intentar comprobarlo. He encontrado una radio.
- Si? Y funciona?- Dijo Carlos interesado, sin apartar la vista de la ventana.
- Habrá que probar.
Estuvimos en el comedor, sentados en el suelo, trasteando la antigua reliquia de mi padre con algunas partes del manual de instrucciones hasta conseguir encenderlo, y cuando finalmente lo conseguimos, no encontramos ninguna frecuencia activa. O quizás ni siquiera funcionase. Por si acaso, dejamos la frecuencia estándar sintonizada y la radio encendida.
Esperamos sin hacer nada delante de la radio, comimos delante de la radio. Quizás fuese la única manera de contactar con alguien, si es que quedaba alguien, pero necesitábamos aferrarnos a la posibilidad. De vez en cuando hacia un ruido raro, una pausa de las interferencias, pero nada más.
Y de la nada, como quien de repente enciende un cronometro, empezó. El mismo ruido que había oído un par de veces por la mañana, pero ahora era seguido, como el tic tac tic tac de un reloj. Los tres nos levantamos, rígidos y pálidos, y corriendo cogimos cada uno un “arma”; yo la escopeta, Carlos la espada y Noe la palanca. Parecíamos unos capullos frikis delante de la puerta, esperando a que algo pasase para actuar, con nuestras armas en las manos, pero no era para menos. Recordé que la escopeta no estaba cargada, y cogí dos cartuchos para el arma y cuatro más para el bolsillo.
Los minutos pasaban, y el sonido seguía, pero no pasaba nada, absolutamente nada. Armándonos de valor, abrimos la puerta lentamente y, tras analizar el rellano vacío, bajamos al portal. Como era de esperar, el sonido fuera era más estridente; no solo por ser su origen, sino por el eco que se producía entre las paredes. Allí abajo, como una maquina averiada, la puerta se abría y cerraba sistemáticamente, chocando fuertemente contra una de las vigas que debía sostenerla y que ahora yacía en el suelo, actuando de tope. La masa que afuera se agolpaba contra la puerta, la empujaba y la agitaba, y los brazos se colaban por los barrotes y el orificio que se creaba cuando cedía. Sus caras se aplastaban contra las barras, y los brazos se movían como la cola de un lagarto cuando se separa de su cuerpo. Eso, era el origen del ruido; el cierre había saltado, y si seguía así, poco a poco la viga se apartaría y todos entrarían. Y como eso pasase la habíamos cagado.
Manteniendo siempre la distancia, bajamos del todo al portal y empezamos a mover los tablones y los hierros, colocándolos contra la puerta mientras Carlos apretaba para ganar espacio, pero fue un error. En un intento desesperado, uno de ellos se estiró y lo agarró, haciéndole perder el equilibrio y quedando de espaldas contra la puerta. Miles de brazos asomaron al instante agarrándolo por la cabeza el cuello, las piernas y las manos, apretándole contra la puerta, y impidiéndole usar la espada de su padre.
Que se siente cuando a tu mejor amigo, a una persona que lleva toda la vida contigo, con la que no recuerdas un momento sin él, lo agarran un puñado de muertos que se mueven, para intentar comérselo o mutilarlo. Suena horrible, verdad? Imagina presenciarlo. Yo dejé de ser yo. Era la esperanza de vida de Carlos y tenía una escopeta cargada. Toda la rabia del momento apareció en el dedo índice de mi mano derecha, y me daba igual si eran personas o muertos, o las dos cosas. Me daba igual si me llamarían asesino, pero eso no se hacía
Me acerqué a la puerta, metiendo el cañón del arma entre las rejas, al lado de la cabeza de Carlos. Y disparé, dos veces, a quemarropa. El sonido perforó mis tímpanos, mi nariz se llenó de pólvora, y en la decima de segundo que duraron mis ojos cerrados, la cabeza del que le aguantaba el brazo despareció, literalmente. Solo quedó su cuerpo, inerte, y trozos de piel desgarrada y quemada, mientras sangre coagulada salía y se derramaba lentamente, hasta llegar a la inmensa herida que había aparecido en su pecho, y de la que salía humo.
Carlos se soltó a base de cortes y se separó de un salto de la puerta, , respirando agitadamente y limpiándose algo invisible que al parecer estaba por todos lados, mientras los muertos rugían y golpeaban. Los dos salieron corriendo, y yo me quedé allí, contemplando el cuerpo sin cabeza que se había desplomado contra la puerta, hasta que me desmayé.
. . .
Desperté tumbado en el sofá, boca arriba y con los brazos cruzados, sin recordar cómo había llegado hasta allí. En esos momentos mi cabeza solo me enseñaba una y otra vez la imagen del muerto al que había disparado. Mi vista estaba nublada, pero veía movimiento delante de mí y oía algo, palabras, pero muy débiles. Me incorporé con cuidado y empecé a distinguir a Carlos de Noe. Llevaban bolsas desde la cocina hasta la puerta, que estaba abierta; se oía el gemido con claridad.
- Dani! Estas bien! Carlos, Dani ha despertado.- Gritó Noe alegremente mirando hacia la puerta de la calle.
- Díselo tu Noe!- la voz de Carlos llegaba muy débilmente, debía estar lejos pero… donde?
Me quede mirando a Noe, algo aturdido, y le pregunte que tenía que decirme, que había pasado, y me contestó que estuviese tranquilo, que no pasaba nada y que estábamos bien los tres, pero que habíamos decidido largarnos de aquí, que era demasiado peligroso quedarse. Intenté dialogar con ellos, decirles que lo mejor era quedarse aquí, protegidos y con comida, que a dónde pretendían ir y cómo íbamos a salir.
- Hemos cogido las escaleras del trastero i hemos abierto la trampilla del tejado, podemos bajar por el andamio de atrás.- Dijo Noe con una sonrisa forzada.- Lo único es que no podemos llevar muchas cosas.
Levantándome con cuidado salí a la escalera, algo mareado todavía. Sus gemidos se escuchaban mucho más fuerte que normalmente. Llovía otra vez, lo notaba en la humedad del ambiente, me había olvidado el pañuelo.
Subí arriba con Noe y encontré a Carlos empapado en el hueco de la trampilla, con unas cuantas bolsas al lado y mi escopeta en su hombro, que me la cedió en cuanto estuve debajo de él. En la puerta de al lado se oían golpes, sistemáticos, acompañados de gemidos. “No preguntes, no tengo ni idea de cómo siguen vivos” me dijo. Y me hizo una señal para que subiese; querían irse ya, cuanto antes mejor. No les importaba si llovía, si no teníamos destino y si íbamos sin comida, no querían seguir allí después del último susto. No iban a cambiar de opinión, así que cedí, y empecé a subir.
Un momento, qué había sido eso… una voz? Alguien arrugando papel? No, no era papel, pero si había oído a alguien.
- Esperad! He oído algo!- dije dándome la vuelta y quedándome inmóvil, para no escuchar nada que no fuese aquello.
Subido en una escalera de hierro, en el último rellano de mi piso, y con la cabeza metida ya en el agujero de las golfas era muy complicado, pero ahí estaba de nuevo, camuflado entre los golpes y los gemidos. Era algo familiar, interferencias… Interferencias! Una voz! La radio funcionaba! De un salto baje de nuevo a la escalera, y seguí saltando de peldaño en peldaño para llegar lo antes posible a mi casa. Ya me había recuperado del inesperado desmayo y estaba totalmente en forma, y por si fuese poco, alguien estaba al otro lado del aparato;
- Hola? Hay alguien ahí fuera? Respondan por favor…
Grgrgrgrgrrgrgr
- Hola?
La voz sonaba joven, muy joven. Cuando la escuché claramente esa sensación de soledad, de desconexión que poco a poco había crecido en mí durante esos días, desapareció. No estábamos solos, no se había ido todo a la mierda
- Hola?.- grité, como si me fuese a oír solo por ello.
- Al fin contesta alguien! Hola.- Mi mano temblaba con el micrófono en ella, solo por el hecho de saber que no estábamos solos. Tenía ganas de llorar, de gritar, de contarle todo lo que había pasado y habíamos visto, pero no había tiempo. Lo primero era lo primero.
- Tío, necesitamos ayuda; estamos rodeados aunque podemos largarnos, pero no tenemos a donde ir. Eres poli o algo?- Durante un buen rato no sonó nada, solo interferencias. Pensé que había sido una casualidad impensable, que el hombre al otro lado estaría muy lejos de mí, y que conseguir hablar con el otra vez era imposible, pero volvió
- No, pero quizás pueda ayudarte. Cuantos sois?- No era poli, y podía ayudarnos?
- Somos tres chicos.
- Bien, donde estáis, en Sabadell? – Aquel tío tenía que ser de Sabadell también, sino no hubiese preguntado por ella primero, pero seguía pensando lo mismo, si no era poli, como nos iba a ayudar…
- Si, en Ca n’ Oriach, sabes dónde está?
- Si, a que altura?
- Justo en la entrada, entre Ca n’ Oriach y La Concordia.- Dije alegremente, sin titubear. Era de Sabadell y podía llegar hasta nosotros. Qué más da que no sea poli, “Todo está solucionado” pensé.
- En la plaza del Calíope?
- Exacto tío! Puedes sacarnos?
- Espera… tú… Dani?
- Como… como sabes quién soy?
- Tío! Soy yo! Adri!-
- Adri… mi Adri?
- Sí! Ese mismo! Joder tío… - Adrià, uno de mis amigos más viejos, al que por desgracia veía muy poco desde que se mudó a Castellarnau… Seguía vivo. La alegría fue inmedible. Hasta entonces no me había acordado de mis amigos, solo de mi familia. Pero… Joder! Adri seguía vivo! Había pasado tantas cosas con él, tantas movidas, tantas risas. Compartíamos infinitos secretos, anécdotas sobre extintores y chicas ** , y haberlo perdido, como a muchos de mis amigos, hubiese sido algo que no podría haber superado. Pero qué coño! Estaba vivo!!
- Estas vivo! – pensé en voz alta la ultima parte de mi superrápida conversación mental.
- Claro! No sabía nada de ti Dani.
- Yo tampoco! Como iba a saberlo? Nada funciona.
- Oye Dani, los has visto?
- Sí, tengo miles delante.
- Joder, aquí solo hay unos pocos por suerte, que van hacia Sabadell, pero no saben que estamos aquí. Estamos Javi y yo escondidos.
- Pues ellos sí que saben que estamos nosotros aquí… por eso vienen hacia mi casa.
- Tranquilo, voy a sacarte de ahí.