lunes, 31 de enero de 2011

capítulo 4


Capitulo 4

Ese mismo día, después de una comida relativamente pobre a base de patatas fritas y huevos revueltos, decidimos que era hora de ponerse manos a la obra. Fui a mi habitación y desenterré del armario mi bandolera, y metí dentro la palanca y un puñado de bolsas de plástico; no nos hacía falta nada más. Con la chaqueta, la bandolera, las llaves y un trapo para no respirar aquella mierda, salimos los tres de nuevo a la escalera. Esta vez íbamos más seguros y con mas valor, moviéndonos silenciosamente, aunque ese silencio no duró mucho. En el 1º 2ª, tras llamar tres veces al timbre sin respuesta alguna, una sonrisa malévola apareció en nuestras caras. Empezaba el primer saqueo.

Pero, ¿cómo es posible abrir una puerta con una palanca? El sistema es muy sencillo, solo hace falta fuerza.

Noe abrió la mochila y sacó la palanca dejando la funda dentro, e intentó introducirla sin éxito entre la puerta y el marco. El extremo se deslizó por la madera dejando solamente alguna marcas. Necesitamos crear un hueco, pensé, y entonces se encendió la bombilla. Al cúmulo de sonidos que poblaban la escalera se unió unos mas, un golpe, una patada en una puerta; durante el tiempo que la puerta estuvo desplazada unos centímetros, Noe introdujo la palanca en la ranura, y ahí se quedó, clavada por la presión. Entre los tres, agarramos la herramienta y tiramos con todas nuestras fuerzas, viendo como la física de esa barra hacía su trabajo y nos daba centímetros hasta que finalmente los tornillos del cierre saltaron y la puerta se abrió de golpe.



Asomando la cabeza al piso aparentemente vacío, los tres nos paramos a escuchar el mínimo sonido que indicase presencia humana, pero nada. Los únicos sonidos procedían de abajo. Durante el primer saqueo decidí quedarme en la entrada para tener en todo momento el portal controlado, solo por precaución, y me senté en las escaleras limpiando un poco el peldaño antes de dejarme caer allí. Otra vez, desde aquel pequeño agujero podía ver los brazos pálidos y desgarrados. ¿Qué coño eran? ¿Qué les pasaba? Y… ¿por qué aquel hombre me quiso morder? Había tantas preguntas sin respuesta posible. Pero la pregunta que más veces me hacía sentado en aquella escalera gris y polvorienta era ¿Realmente era posible que los muertos se levantasen y siguiesen moviéndose? Claro que no! Cualquier persona normal me llamaría loco, se reiría de mí, pero entonces; ¿que había solo a unos metros de mí?

Un golpe, no, cristales rotos, abajo. Con miedo, alcé la cabeza y mire por el hueco, viendo mas brazos pálidos asomando ahora a través de la ventanilla inferior de la puerta. No había peligro. Volví a mi posición anterior, mirando hacia la puerta reventada del 1º 1ª. Mis piernas, se movían nerviosamente de arriba abajo. Estaba temblando, y no era de frio. Joder, a quien quiero engañar, estaba cagado. La ignorancia era el peor enemigo, y esta vez estábamos hasta el cuello de ella. ¿Qué nos harían si entraban? ¿Cuál era su fin? Bah! Tampoco quería saberlo, creo que así era mejor.

Carlos y Noe salieron del piso con una bolsa cada uno; no había mucha cosa por lo visto. Tras dejar las cosas en casa, nos dirigimos al piso de Mauri, el 2º1ª, esperando encontrarlos. Al llamar, oímos algunos sonidos, débiles, y el corazón se nos aceleró a los tres. Euforia, diría que fue lo que sentimos. Esperamos impacientes en la puerta con una amplia sonrisa durante unos minutos, aguantando la respiración para no vomitar. Desgraciadamente, nuestra euforia se acabó con el maullido de Chispas el gato de Mauri… Otra vez, no había nadie. Por lo tanto, entramos a saquear la casa, pero por suerte teníamos llave y no hizo falta romper la puerta. Me sorprendí al darme cuenta de que me alegraba de entrar, de salir de la escalera. Me daba miedo estar fuera. Dejamos a Carlos esta vez en la puerta y, esquivando al gato, empezamos a buscar.

El piso se mostraba ordenado y limpio, con las persianas levantadas. Daba la sensación de que mis vecinos solamente habían salido un momento, de que en cualquier momento volverían, como si nada. Pero no sé por qué, creía que nunca los volvería a ver...

No había tiempo para eso, ahora teníamos que aprovisionarnos para aguantar el tiempo que tardasen en largarse los muertos. Buscábamos básicamente alimentos, material para la higiene, y... ¿Por qué no ? Objetos de valor también. De esa manera obtuvimos patatas fritas, sobres de sopa, jabón, pasta de dientes, colonia, un portátil y algo de dinero. Me movía rápidamente, intentando no romper nada, registrando cada cajón y armario y metiendo todo aquello que veía útil en la bolsa, hasta haber mirado todas las habitaciones.

Finalmente dejamos la casa cerrada y algo de comida y agua para el pobre gato. Al no encontrar a nadie repetimos el proceso: patada / palancazo / saqueo en las otras viviendas hasta llegar al 4º 2ª.

Todo iba como la seda, y nuestra cabeza ya pensaba en que podríamos sacar de aquel piso, pero cuando llamamos a la puerta, más por rutina que por interés, un ruido nos sobresaltó, destrozando nuestros planes en milésimas de segundos.

Había alguien allí dentro? Durante más de dos minutos esperamos delante de aquella puerta, la que a mí de repente me parecía enorme, deseando que alguien nos abriese lo antes posible y mirando por el hueco de la escalera de reojo en todo momento.

Joder... Joder! Abridme! Pensaba una y otra vez. Odiaba estar ahí fuera, lo odiaba con todas mis ganas. Llamé furiosamente al timbre cuatro veces seguidas sin obtener respuesta alguna, así que tiramos de la palanca. Tras solamente tres pisos abiertos mediante aquella vía, me sorprendió lo rápido que abrimos esta vez la puerta; solo tardamos tres segundos en reventar la puerta. Rápidamente, nos quitamos los trapos y entramos los tres en la casa. Nada más abrir la puerta de la entradita, al acceder al comedor, intente tomar una gran bocanada de oxígeno. Pero lo que entró por mi boca no fue aire puro, sino ese abundante y fuerte olor fétido. Y lo que entró por mis pupilas no fue la cálida imagen de comedor agradable al que estaba acostumbrado.

Sangre, en el suelo y las paredes. Sillas volcadas. La cristalera con las copas destrozada, creando un lago de cristal rojizo alrededor. Libros, películas, el mando de la televisión, restos de un jarrón... todos en el suelo, ensangrentados. Manos rojas que te saludan desde un fondo de pared blanco, invitándote a imaginar que ha pasado en aquella jodida sala. Desconchones. Un cuchillo, ensangrentado, sostenido por una mano... unida al cadáver de una mujer, acostada bajo las cortinas teñidas y arrancada por algún motivo de las ventanas.

La imagen entró súbitamente por mis ojos , acompañada del hedor de la muerte, destrozando en segundos mi yo interno. Sin darme cuenta, acostumbrado a la fuerza al sabor amargo del bilis caliente en mi boca, la primera arcada llegó a ella. Tuve que hacer un gran esfuerzo para aguantar el vómito mientras me adentraba en las entrañas de aquel matadero improvisado en busca del baño. Vacié por segunda o tercera vez mi estómago en aquel día y salí al pasillo con la intención de volver donde Carlos y Noe y salir de allí, pero me quedé en el marco. La misma escena se repetía en el corredor hasta desembocar en la habitación de matrimonio, la cual se veía muy parcialmente desde la puerta entre abierta. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero luego descubrí que no, que de allí dentro salían unos extraños sonidos. Y como no, como el capullo que soy; me acerqué por pura curiosidad.

Lentamente me acerque a la habitación, notando a cada paso que daba el incremento en la intensidad del olor a muerte, hasta que abrí la puerta y no pude hacer otra cosa que retroceder, tropezar y caer.



Delante de mi, sobre la cama, un hombre, de piel extremadamente pálida, reposaba arrodillado sobre el cuerpo medio devorado de una mujer. También en la habitación se apreciaban signos de violencia, y la sangre llenaba la colcha del lecho. Con el ruido sordo de mi caída, involuntariamente llamé su atención, y se dio la vuelta. Como en todos los de abajo, su cara pálida resaltaba notablemente unos ojos vacíos y sedientos.



Pero algo tenía aquel diferente de los demás. Su boca, bañada en sangre, dejaba ver entre unos negros dientes pedazos de algo rosado; piel... humana... Joder joder joder! Aquel hijo de puta… se la estaba comiendo? Maldito bastardo! Así que eso es lo que hacen? Por eso habían disparado y huido los mossos? Porque te quieren comer! Vuelven a la vida para comerte?!

Ahora no podía seguir con esa estúpida y jodida idea, había cosas que requerían extrema atención. El hijo de puta se había levantado y ahora se dirigía a paso lento hacia mí, ignorando a su antigua presa. Maldita sea; la segunda vez que estaba tan cerca de una de esas cosas, y la segunda vez que me quedaba paralizado por el miedo. Sentado en el pasillo, temblando, mi boca quería pedir ayuda, llamar al 091, a los GEOs, solicitar un bombardeo con napalm o dar la orden de reventar la cabeza nuclear de algún país aquí mismo, pero solamente pude pronunciar un débil "ayuda" que gracias a dios llegó a oídos de mis amigos. Como alma que lleva el diablo, Carlos y Noe aparecieron en el pasillo detrás de mí. También ellos quedaron congelados al ver al muerto caminando hacia nosotros, con la boca abierta.

Todavía no sé cómo pude hacer algo así, simplemente sucedió todo demasiado deprisa. Miré desesperado a todos lados, buscando algo. Sangre, muebles, libros, un cuchillo… Un cuchillo! Me estiré todo lo que pude y lo cogí firmemente. Sin pensarlo hundí la hoja en el abdomen del muerto intentando frenarlo, pero no reaccionó, no gritó, no sangró, nada… Centímetros, solo unos cuantos centímetros lo separaban de mí, y algo golpeó fuertemente su sien, mandando a la criatura contra la pared mientras millones de astillas, trozos de sesos y sangre coagulada brotaban del hueco que había en su cabeza. Finalmente impactó contra la pared y, con un sordo ruido, cayó al suelo. Y allí se quedó, inmóvil, formando un nuevo pequeño charco rojo alrededor de la herida que se sumó a la monotonía de la casa.

Encima de mí Carlos aguantaba la palanca manchada con fuerza en sus manos, y su cara lo decía todo. "Como he podido golpear a un hombre en la cabeza"? es lo que pensaba. Pero aquello no era un hombre. Estoy seguro. Y no lo había golpeado, lo había matado.

-Carlos. Salgamos de aquí, por favor.

-Pero… pero como he podido hacer algo… así?- Lo que había hecho para salvarme la vida había sido una brutalidad, si, pero si no lo hubiese hecho el final hubiera sido distinto.

- No pienses en eso ahora Carlos, vámonos de aquí- dijo Noe, con la voz temblando.- No quiero estar ni un minuto más aquí.

Carlos asintió, y me dio la mano para levantarme e irnos. Nos dimos la vuelta, y otra vez, todo sucedió demasiado rápido para razonar nuestros movimientos. Delante de nosotros, justo detrás de Noelía, la mujer que anteriormente se descomponía el comedor, ahora avanzaba hacia nosotros, brazos en alto. Simplemente, hicimos lo que creíamos que teníamos que hacer, y mientras yo apartada a Noe, Carlos estampó la palanca en la sien de aquella mujer, hundiendo el cráneo y creando como sombrero una pulpa rojiza asquerosa. El cuerpo parcialmente mutilado cayó limpiamente al suelo, y durante unos segundos, solo unos segundos, se movió espasmódicamente.



. . .



Sentados en el sofá, de nuevo en casa, los tres pensábamos cabizbajos en los acontecimientos que habían tenido lugar en aquel piso. Dios… había sido una pesadilla eterna, que no abandonaría fácilmente nuestras mentes. Una cosa era ver a los muertos caminar directamente, chocante. Pero otra muy distinta es ver a los muertos, "muertos", levantarse y caminar hacia ti… Y luego estaba lo del cuchillo y la palanca, haber matado no a una, sino a dos personas. Bueno, si se les puede llamar personas... Dios mío, qué coño está pasando aquí, como se ha podido ir tan rápidamente el mundo al carajo? Como coño han podido levantarse los muertos, atrincherarte en tu casa y que el gobierno o quien se encargue de esta mierda te deje incomunicado a tu suerte? Joder, ya empezaba a rallarme. Era demasiado fácil desconectar y empezar a preguntarte todo lo que te pasaba por la cabeza, sin obtener una jodida respuesta. Y encima Carlos estaba raro, no hablaba, y por más que le explicásemos que lo que había hecho estaba bien, no entraba en razón. Yo había clavado un cuchillo, y había notado la facilidad con la que la hoja atraviesa la piel humana, pero no había matado a nadie, claro. Supongo que no es lo mismo.

Empezaba a oscurecer y todavía no habíamos protegido las puertas. Tras el "incidente", y después de saber qué es lo que hacen cuando te cogen los bastardos caminantes (dios, cada vez que recordaba la imagen yo también me volvía pálido…) llegamos a la conclusión de que había que armarse y reforzar las puertas. Sonaba muy peliculero, pero más vale prevenir que curar.

Da igual, lo haríamos mañana. Esta noche tocaba debate, ralladas y pesadillas…

domingo, 30 de enero de 2011

Capítulo 3


Capítulo 3

Apretando con todas mis fuerzas contra aquella puerta llena de polvo, pese a que sabía que solo se abriría con una llave, sentía que en cualquier momento podía ceder. Notaba la vibración producida por una multitud aglomerada al otro extremo golpeando, que se fundía con mi propia vibración, mis temblores. Desde allí, solo con darte la vuelta, podías ver a todos aquellos locos a menos de un metro, a todo ese montón de sangre, a todos esos ojos vacíos… que intentaban hincarte el diente como el desgraciado de la mandíbula.

-Eh! Dejadnos en paz! Fuera de aquí! Yo no le he hecho nada, ha sido el! FUERA!

Pero parecía que no me escuchaban…Era increíble estar tan cerca, pero por suerte la puerta nos separaba. De repente, el cristal superior reventó en mil pedazos bajo la presión de tantas manos, inundándonos a los tres, y decenas de brazos nos intentaron agarrar. A donde mirase, veía brazos pálidos manoteando, hasta que noté algo en mi nuca; estaba frio. Podíamos quedarnos ahí y dejar que nos estrangulasen o irnos y que la puerta también cediera, pero Noe añadió otra opción. Cogió dos de las vigas que en el futuro habrían servido para nuestro ascensor y las colocó entre una hilera de peldaños y la puerta, perfectamente encajada, y de un tirón nos sacó a Carlos y a mí de las garras de aquella gente. Por unos segundos nos encogimos al imaginarnos qué pasaría si no hubiese funcionado, pero las vigas hicieron su función.

Me sorprendí de ver como mi amiga había llevado esta vez la situación. En ningún momento el miedo la había bloqueado. Pero era normal, no teníamos tiempo para sentir miedo; ya lo sentiríamos más tarde. Mientras colocábamos todas vigas de diferentes tamaños que encontrábamos en las escaleras contra la puerta, fuera oíamos el goteo constante de la lluvia mezclado con los porrazos y una especie de ruido constante que no sabíamos que era, pero que nos aterraba. Por suerte no tardamos mucho en salir de ahí abajo, asegurándonos antes de que aquellos locos no pudieran entrar, y subimos a casa.

Pese a que estábamos en casa, el sonido se seguía oyendo por todos lados. Por un lado era una buena señal, ya que si oiríamos si entraban, pero a lo largo… Mis pensamientos fueron interrumpidos por Carlos.

-Has visto eso? Qué coño les pasaba? Aquel tío te ha querido morder no?

-Sí, pero no lo ha conseguido…- dije mirándome el hombro y asegurándome de que no había herida- Esa gente, estaba… loca.

-Yo creo que no, creo que eran infectados.- Dijo Noe mirando por la ventana

-Infectados?! Mierda!- dije volviéndome a mirar el hombro.- No me habré infectado!?- Pero por suerte, por más que me lo mirase, mi hombro seguía intacto. Aquel hombre me había intentado morder, y lo hubiese conseguido de no ser porque lo evité. No era normal, incluso permitiéndonos pensar que los infectados pasaban por una fase de "rabia", no era humano el acto de morder al contrario. Pero sin embargo ahí estaban, los podía ver desde la ventana, cientos de personas que deseaban mordernos se aglomeraban delante del portal.- Joder… Habéis visto cuantos hay?



  • Son muchísimos, pero… todos parecen iguales.- Tenía razón. Evidentemente no todos eran iguales, pero si compartían muchos aspectos. Su piel, había obtenido un tono lechoso, pálido, como si se estuviesen muriendo. Todos se movían lentamente, cansados, pero no parecía voluntario, sino que… se les veía… se notaba que querían cogerte, pero no iban más rápido porque no podían. También era muy notable el hecho de que no había uno solo que no estuviese herido, ya fuese por quemaduras, amputaciones o… disparos; una marea roja, pensaba yo. Y por último, sus expresiones de desprecio y odio, y su uniforme sonido, un sonido incesante, que empezaba a taladrarme los oídos. Y me quejaba yo de los disparos…
  • Si, podrían ser perfectamente infectados… qué coño! Son infectados! Tío, todos tienen los mismos… síntomas, por decirlo de alguna manera. Y tienen la rabia, tu mismo lo has visto ahí abajo!
  • Perdonad, pero Dani, tengo frio- Dijo Noe. – Los tres estábamos empapados y tiritando.- Luego podemos seguir hablando, tampoco es importante, ya que son simples conjeturas. Pero estamos mojados y fríos, y como no nos sequemos pillaremos una buena. Venga, tranquilos, está bien cerrada.
Nos apartamos de la ventana y con mucho cuidado de no hacer ruido bajamos la persiana del comedor y todas las demás, y cerramos la puerta de la cocina. Totalmente aislados, encendimos las luces de casa y nos preparamos para darnos una buena ducha caliente. A Carlos y a Noe les di algo de ropa mía y puse la suya en la secadora, y tras varios intentos creo que la conseguí hacer funcionar. Al cabo de media hora, los tres ya estábamos secos y bien vestidos, y nuestra antigua ropa se estaba secando, pero bueno, algo es algo. Entonces nos sentamos los tres en el sofá, sin decir nadie nada, solo con aquel sonido uniforme de fondo. Cada vez que oíamos un golpe más fuerte de lo normal, dábamos un bote y nos acercábamos de puntillas a la mirilla de la puerta con el corazón en el puño. Así fue durante horas, exceptuando alguna pequeña conversación que no duraba más de tres frases. Aquella absurda pero macabra situación nos tenía acojonados y no nos permitía comportarnos de manera natural, y como eso siguiese así nos podíamos volver locos.

Un ruido me dio una excelente idea para suavizar la cosa, un ruido tan simple y común como una barriga pidiendo comida… Nos habíamos olvidado completamente de la hora, de comer, de dormir, joder, eran las dos de la mañana! Sin pensarlo me fui a la cocina y me metí rápidamente dentro para evitar que pasase el máximo de luz.

Habíamos llegado a la conclusión de que si no notaban actividad dentro, aquellos hombres pensarían que nos hemos ido y por lo tanto nos dejarían en paz. Ese era nuestro plan; no hacer ruido, y esperábamos que funcionase.

A oscuras cogí unas cuantas velas y las puse alrededor de la vitrocerámica y con una linterna busque en mi congelador a ver que tenía. Me sentí un poco capullo. Apague las velas, tenía pizzas. Sin dificultad alguna podríamos comer bien y caliente. Las caras de mis amigos mostraron una amplia sonrisa al verme llegar con tres pizzas a la mesa, y sin hacer ruido nos preparamos para comer; las devoramos en unos minutos. Se agradecía una buena comida y una buena compañía en aquel comedor silencioso después de un día tan jodidamente absurdo. Tras la comida, discutimos sobre donde dormiría cada uno y sin mediar palabra alguna nos acostamos.

Lo noche fue una pesadilla, el stress acumulado encerrados en mi casa sin saber que hacer no te permitía pegar ojo, y aquellos putos sonidos producidos por los infectados te taladraban la cabeza, haciéndote saltar con cada golpe contra la puerta. Multiplica esto por cada segundo de cada minuto de las 8 horas que estuve acostado y el resultado es mortal, y por desgracia no fui el único. Aun así, milagrosamente, tras una aspirina por persona, al día siguiente estuvimos bastante frescos.

Como durante el día la luz era natural, no solo teníamos la opción de levantar las persianas, sino que era lo más lógico. Con cuidado de no hacer ruido ni movimientos bruscos, nos llevamos un gran sobresalto al ver que, no solo no se habían ido, sino que atraídos por sus "compañeros", se habían unido más y ahora no podías ver un trozo de suelo en toda la calle. Dios. Carlos fue corriendo al lavabo y no tardamos en oírlo vomitar. No era para menos, yo estuve a punto, y Noe… no sé si quería vomitar, pero estaba pálida. Desde allí arriba, escondidos detrás de la cortina, observábamos casi con miedo aquella multitud.

Sin saber cómo lo hicieron, nos vieron. Todos, absolutamente todos, levantaron la cabeza, abrieron sus bocas negras, y alzaron sus brazos intentando desesperadamente cogernos, como si de fans locos se tratasen. De repente algo llamó mi atención en medio de la marea, por desgracia, ya que en menos que cantaba un gallo estaba echando la pota en pleno comedor, después tuve que limpiarlo. Lo que había visto era, ni más ni menos, que las tripas chorreantes de una pobre mujer colgando de un horrible agujero negro que había en su abdomen. Millones de moscas se arremolinaban en torno a aquel orificio salpicado de sangre coagulada, como si estuviese descomponiéndose por dentro. Aquello… dios, aquello NO era normal, eso no podía seguir vivo joder!

Carlos volvió, igual de pálido que Noe, y que yo. Yo seguía con aquella idea en la cabeza, fácil de pensar, imposible de creer. Los tres pensábamos lo mismo, pero no nos atrevíamos a decirlo por algún motivo… miedo a que fuese verdad, quizás. Simplemente nos mirábamos entre nosotros encogiendo los hombros mientras alternábamos la mirada con la marea de abajo.

  • Tío, mira eso…- dije señalando a aquella mujer.
  • JODER! Qué coño…! Dani, por decimoquinta vez, qué coño está pasando aquí?
  • No lo sé tío… pero simplemente… "eso" no puede estar vivo. Sé que vosotros también lo pensáis, no me digáis, que no.
  • Pero eso es imposible Dani, lo sabes.- Noe me miraba con una cara… como si pensase que estaba loco. Pero a mí me daba igual, ellos también lo pensaban, y lo sabía.- Simplemente no pueden estar muertos, vale que lo parecen, pero entonces no estarían de pie.
  • Vale, pero también es imposible tener una herida como la de ese hombre.- Durante todo este tiempo no había dicho nada sobre aquel hombre para evitar a mis amigos un mal trago, pero ahora me daba igual. Sabía que tenía razón, yo mismo estado delante de uno de ellos, lo había visto, y lo había olido. Siguiendo mi dedo podías ver un chico, de nuestra edad, a quien de alguna manera de la cual no quería saber nada, le habían arrancado parte de la cara y, si te fijabas bien, podías ver parte de su ojo sobresaliendo del montón de musculo, piel y sangre coagulada que había en el lado izquierdo de la cara. Pero aun así, aquel chico seguía en pie, moviéndose y abriendo constantemente su boca, como si no le doliese, como si no fuese humano.- Lo veis?
  • Dios!.- Esta vez fue Noe quien salió corriendo al baño.
  • Joder… que.. qué coño le pasa a esta gente.
Un fuerte golpe en la puerta nos hizo dar otro bote

  • Esta gente está muerta Carlos. He estado delante de uno de ellos y olía a muerto. Sus heridas no les afectan. A aquel le falta una parte de la cabeza, a aquel el pie derecho y la mano derecha, y a aquel otro lo han cosido a balazos… y siguen de pie… bueno, el sin pie no, pero porque se cae; aun así se mueven como si pasasen de todo, como si no tuvieran sentimientos tío. No solo están infectados, sino que también muertos, y aun estando muertos te atacan.
Noe volvió. Había perdido por completo el tono de la piel y tenía mala cara. Parecía algo mareada, así que abrimos la ventana para que entrase algo de aire. Fue entonces cuando aquel horrible hedor entro en cuestión de segundos en el comedor. Aquel olor fuerte y penetrante se metía en tus fosas nasales aunque no respirases y poco a poco se iba adentrando más y más, hasta que finalmente te quedabas sin aire y la bocanada de oxígeno era mortal. No tardamos ni dos segundos en sufrir arcadas, demasiado tarde para cerrar la ventana de nuevo. Era el olor de la muerte, de la descomposición, de "su" descomposición.

  • Puaj!! A que huele?! Qué asco!
  • Noe, huele a muerto y a podrido. Dani tiene razón. "Eso" no puede estar vivo, fíjate en el montón de sangre que pierden, o en las amputaciones de algunos…
  • Pero, a ver… eso es imposible! Los muertos no te atacan una vez muertos!
  • También es imposible que herido de tal manera y perdiendo litros de sangre, estés de pie y con fuerzas para estar toda una noche aporreando una puerta Noe, y sin embargo, ahí están.
  • Sí, pero… pero… joder, si, vale, es cierto, pero no puede ser! Es imposible!
  • Es imposible, si, pero ahí está. No me preguntes porqué ni como, porque no lo sé. Solo sé que están muertos, o en un punto intermedio.
Con aquellas palabras acabamos la discusión. Estábamos los tres de acuerdo, y si alguien tenía alguna duda, solo hacía falta mirar a fuera y abrir la ventana para que se le quitase. Simplemente, estaban muertos y se mantenían en pie, como los vivos. Pero tal y como decía Noe, y ahora qué?

Nada, no podíamos hacer nada. Escapar? Para qué? Aquí estábamos a salvo y cómodos, con alimentos y electricidad; a dónde íbamos a ir? Lo mejor era quedarse aquí, esperar a ver qué pasaba.



. . .
Eran las once de la mañana, y por algún extraño motivo aquel olor volvió a aparecer en mi nariz. Repulsivo, odioso, y lo peor, es que era tremendamente difícil sacarlo de ahí. No sé de dónde vino, pero un escalofrió recorrió mi cuerpo; por un momento pensé que habían entrado. Tras un par de arcadas pude sacármelo de encima. En su lugar, apareció un dolor de cabeza, leve, pero constante. Siempre me pasaba lo mismo; al principio solo molestaba, sabía que con tomarme un ibuprofeno en media hora se me pasaría, pero siempre decía "luego, mas tarde, ahora no me apetece ir al botiquín". Hasta que finalmente el leve dolor pasaba a ser insoportable e iba corriendo a la despensa, para tomar la pastilla sin agua para no perder tiempo y aguantarme durante media hora con aquel infernal dolor. Pero esta vez no podía dejar que eso pasase, entre aullidos, peste, aburrimiento, miedo y portazos, lo último que me faltaba ahora era un jodido dolor de cabeza. Me dirigí a la despensa, y al llegar al botiquín, tras mirarlo dos veces sin resultados, comencé a buscar furiosamente por todos lados a ver si estaban guardados en algún otro lugar, pero no vi un solo paquete de ibuprofenos.

No podía ser, quizás fuese por la tensión acumulada entre ayer y hoy, pero sentía que necesitaba una aspirina, y ya. Tuve la suerte de tener a Carlos conmigo. Carlos era mi amigo desde pequeño, uno de mis mejores amigos, y el haberlo conocido se debe a que es mi vecino; su casa está encima de la mía. Si tenía suerte, en su casa quedaría alguna pastilla para mí. Carlos me dijo que no sabía si tenía algo en su casa, de la cual ya ni se acordaba, pero que no pensaba salir de aquí.

Solamente el hecho de tener muertos "vivos" violentos amontonados debajo nos aterraba a los tres. Era normal, y más si en cualquier momento podía ceder la puerta, pero yo necesitaba aquella pastilla. Tardé un cuarto de hora en convencerlo, alegando que habíamos reforzado la puerta, por lo cual no podrían entrar, y que además podríamos encontrar cosas interesantes en su casa para posteriormente bajarlas a la mía. Incluso discutimos de en qué casa era mejor estar, pero finalmente dejamos esa discusión, mejor seguir como hasta ahora. Como si a la guerra fuésemos, nos preparamos para salir simplemente a las escaleras, y nada más abrir la nos echamos los tres hacia atrás, volviéndola a cerrar, ya que el jodido olor fuera era insoportable. Por suerte aquello tenía solución, y en dos minutos volvimos a salir con la cara tapada para poder respirar "casi" tranquilamente; por lo menos no se notaba del todo.

El cielo estaba oscuro, parecía que en cualquier momento pudiese volver a llover, y el aire era frio. La escalera estaba patas arriba, como siempre desde que empezaron las obras. Pero ahora había una pequeña diferencia, y es que fuera, apiñados contra la puerta estaban ellos, golpeando y arañando por meterse dentro. Nosotros simplemente estábamos a unos metros de distancia, y aunque sabíamos que estábamos a salvo, que no nos podrían hacer nada, nos movíamos exageradamente lento, evitando hacer cualquier ruido, con la cara tapada y respirando solamente cuando no podíamos más. Al pasar por el lado de la barandilla hice un gesto de asco al mirar por el hueco de las escaleras. Desde aquella privilegiada posición podía ver once manos agitándose lentamente, pálidas y desgarradas, intentando agarrar desesperadamente la porción de aire a la que no podían llegar.

El tramo de 16 escaleras que en circunstancias normales, subiéndolas de dos en dos, hacía en 3 segundos, esta vez lo hicimos en un minuto y algo, aproximadamente. La simple idea de hacer un minúsculo sonido y permitir a los muertos saber que estábamos allí, nos aterrorizaba.

En casa de Carlos quedaban tres cajas enteras de ibuprofenos, guardadas al final de un armario de las cuales cogimos todas. Mi cara al ver las cajitas tuvo que ser para fotografiarla; al instante ya me había tomado uno. Aparte de las medicinas, buscando por todos lados encontramos bien guardada una "pata de cabra", la típica palanca de películas para abrir puertas, cajas, coches… no nos servía de nada, pero la vimos importante, así que nos la quedamos. También cogimos tres bolsas enteras de comida, ya fuesen patatas, galletas, pasta de sopa o todo lo que vimos. Por qué? Porque No sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar aquí, ya fuese por voluntad propia o ajena, pero por si acaso, vimos bien el bajarla a mi casa.

Justo cuando salíamos, mire a Carlos para indicarle que no hiciese ruido, y fue entonces cuando vi iluminársele la cara. Como alma que lleva el diablo, salió corriendo a su habitación sin decirnos nada, y tras escucharlo mover mil y una cosas en algún lugar, volvió sonriendo. En sus manos Carlos llevaba un objeto largo, de menos de un metro, muy delgado y largo, que al principio no supe identificar. Solo cuando lo tuve a un metro de mi pudimos darnos cuenta de lo que llevaba en las manos; ni más ni menos que una espada, reluciente, cuya hoja estaba grabada con alguna palabra o frase que no veía, y con un mango bellamente decorado. Noe y yo nos quedamos boquiabiertos ante la presencia de aquel objeto; qué hacía Carlos con una espada?

Al ver nuestras caras, Carlos contestó a la pregunta sin que nosotros le dijésemos nada:

  • Es de la boda de mis padres, un regalo. Y es de verdad, o sea que corta. Quizás nos pueda hacer falta para defendernos, así que he creído que sería útil cogerla


Flipante, ahora pensábamos en defendernos, y encima teníamos una espada; esto empezaba a tomar forma. Pero qué forma?

Un sonido amortiguado, un golpe en otro lugar que llegaba hasta nosotros atravesando varios muros de hormigón, interrumpió mis pensamientos y los de los demás. Un golpe, donde? Y quien lo había producido? No era como el de la puerta de abajo y estábamos so… De repente, mi realidad cambió. Todo lo que tenía en mente y había imaginado se esfumó.

Durante estos dos días había tenido en mi cabeza la falsa idea de que estábamos solos en el bloque, totalmente solos. No sé porqué, quizás estaba demasiado centrado en lo que pasaba fuera y no me había fijado en lo que pasaba dentro. Carlos y yo vivíamos en un bloque de cuatro plantas, con dos casas por piso; en total ocho casas. Como no lo había pensado antes? En el bloque no solo podíamos estar nosotros, como mínimo alguien más se habría encerrado aquí como nosotros, o le habrían pillado los disparos en casa. Mil cosas podían haber pasado ayer.

Otra vez, el mismo sonido. No habían sido imaginaciones, ya que Carlos y Noe me miraban con una sonrisa. Encontrar a alguien que nos pudiese ayudar a llevar la situación, preferiblemente mayor, era algo bueno, y además todos nos conocíamos en el bloque. Que había de malo? Absolutamente nada, todo lo que imaginaba era buenas alternativas.



Bien tío, a ver si tenemos suerte y es algún mayor.- dije a mis compañeros sonriendo.- Os parece si bajamos todo esto a mi casa primero y luego miramos?

Y así lo hicimos. Con el mismo cuidado con el que subimos anteriormente a casa de Carlos, bajamos esta vez, levantando las bolsas para evitar que rozasen con los sucios peldaños. La única diferencia era lo cargados que íbamos de bolsas llenas de alimentos y objetos. Era inevitable hacer algún ruido con las bolsas de plástico, o al rozar por algún lado. El gran problema era que no teníamos manos suficientes para taparnos la cara y evitar oler aquel repugnante hedor. Por desgracia, tuvimos que hacer dos viajes para bajarlo todo, así que nos hartamos de aquel olor. Carlos vomitó ruidosamente por el hueco de la escalera, alertando a los incansables sitiadores de que estábamos allí, y animándoles a golpear con más fuerza. En ese momento, en mitad de aquella escalera gris y llena de mierda, nos quedamos congelados, paralizados, esperando la mínima señal de peligro para soltar todo y salir escopetados hacia casa. Que casa? No lo sé, la que fuese. Entre el miedo y la peste la espera se hizo eterna, y me empezaba a doler gravemente la cabeza. Por suerte no pasó nada, estuvimos dos minutos mirándonos de reojo sin hacer un solo movimiento, hasta que Noe hizo un gesto con la cabeza y siguió bajando, con nosotros siguiéndola.

Tras unos minutos de descanso y discusión tumbados en el sofá del comedor, decidimos lo que íbamos a hacer. Habíamos decidido que iríamos piso por piso llamando a ver si quedaba alguien, ya que era lo único que podíamos hacer. Pero no solo eso. El ser humano es avaricioso y oportunista, así que si todo esto se ha ido a pique, los dueños no volverán, por lo que no había ningún problema en entrar en sus casas a coger lo que necesitáramos. Bueno si, había uno; cómo entrar. Como podíamos acceder a las casas en caso de que estuvieran vacías? En mi casa estaban las llaves de emergencia de Ángeles, la mujer del 3ero 1era, y en casa de Carlos las de Mauri y Dafne, la pareja del 2ndo 1era. No se me ocurría nada, me acariciaba el mentón constantemente y mi mirada buscaba algo en la sala, algo que me diese una idea para entrar. El reloj, las 12:47.

Joder, no se me ocurría nada y en mi cabeza ya empezaban las primeras punzadas de dolor. Me levante y empecé a buscar una de las cajas de ibuprofenos. La saqué de entre un montón de cosas, la abrí y cogí una pequeña pastilla blanca, que me llevé a la boca y la tragué sin agua. Su aspereza rasgó mi garganta y dejo un sabor conocido en mi boca. En media hora como mucho, habría pasado el dolor. Mientras colocaba la caja cerrada otra vez en la bolsa, Noe se levantó del sofá y a paso rápido se acercó a mí, con la vista clavada en mis manos. Había visto algo interesante. Justamente en la misma bolsa de los ibuprofenos, debajo de todo, estaba ella. La "pata de cabra", la típica palanca para forzar cosas que siempre había en las películas. Siempre lo abría todo, pero, abriría esta vez las puertas de mi bloque? Porque no probarlo?

Noe levantó la oxidada palanca y le quitó el recubrimiento que impedía que lo manchase todo, y con una sonrisa disimulada, dijo "si no hay nadie, entramos con esto". Por un momento olvidamos la situación en la que nos encontrábamos y nos sentimos extasiados. La idea era perfecta. Plantea el panorama; tres jóvenes en apuros, con dos opciones. Encontrar a un mayor para que nos ayude, o saquear la casa. Dios, éramos como niños pequeños en una tienda de golosinas, que solo en pensar con un saqueo sin consecuencias se nos hacía la boca agua.