viernes, 11 de noviembre de 2011

Capítulo 7, parte 2


Aquella mañana estaba bastante cansado, todo y que no habíamos hecho clase. La mitad de mis profesores no eran residentes en Sabadell, y supongo que debido al caos previo a aquellos días habían decidido no presentarse. Todo se había resumido a dejarnos salir dos horas antes.
El camino hacia casa fue más largo de lo normal. Principalmente porque los autobuses no funcionaban, pero también porque las calles estaban vacías y la mayoría de las tiendas cerradas. Era como encontrarse en una de esas películas post-apolíticas en las que el protagonista camina entre restos de una ciudad enorme, y vacía. Es interesante como actúa el miedo en la gente, eh? El miedo mata la mente*. Hacia unos días todo transcurría con normalidad, pese a conocer la noticia del accidente. Pero entonces aparece un tipo trajeado diciendo que la situación es crítica, y que nos encontramos al borde del nacimiento de una nueva pandemia, cuyo control es casi imposible; y la gente desaparece. No se dan detalles, no se explica de donde viene ni cómo funciona ni que hace, pero eso sí, el tipo lleva traje. Crees que si fuese un paleto el que hubiese salido por la tele se le hubiese creído? Bueno, eso ya no importa, porque parece que tenía razón al fin y al cabo.
Como consecuencia de mi precoz salida, mis padres aún no habían llegado a casa, ni la comida estaba hecha. Tampoco estaba mi hermano, pero eso era otro asunto. Oscar estaba fuera, creo que ajeno a la situación local, disfrutando de un viaje escolar, del que se suponía que volvía en dos días.
Como siempre, la urbanización parecía habitada por cuatro gatos a aquellas horas. Solo si prestabas atención a cada casa podías ver indicios de vida. Alguien cocinando, alguien viendo la tele, alguien regando las plantas… Pero en mi casa ni prestando atención hubieses notado vida. Simplemente me adapté a la rutina. Me conecté a internet y estuve aproximadamente una hora en el ordenador hasta que me cansé de esperar y el hambre hico mella. Tras la comida las horas pasaron lenta y eternamente delante del televisor, viendo cualquier mierda que saliese, y no llegaban. Varias veces llamé sin éxito alguno. Y la temprana noche de invierno cayó sobre mí y mi soledad, acompañada de una fina pero creciente lluvia. Recuerdo petardos durante la tarde, había alguna fiesta?
Las siete de la tarde y mi mente empezaban a formular trágicos destinos para mis padres. Donde coño estaban? Porque no cogían el teléfono ninguno de los dos? Tampoco había nadie en la oficina. Como era posible? Realmente me estaba preocupando, y el miedo empezaba a lanzarme sus redes. Acaso quería el mundo volverme loco? No era suficiente con la soledad de las calles, que encima también tenía que soportarla en mi casa.
Me concentre en la tele. El chaval que aparecía en pantalla se presentaba en casa de su amigo para darle una sorpresa por noche vieja. Coño, pensé, Javi vive aquí al lado. Casi como si me fuese la vida en ello, cogí mi abrigo y mi paraguas, dispuesto a ir a su casa, y al abrir la puerta lo encontré ahí, parado, con la mano en el timbre, listo para llamar.
El había sido más rápido que yo. Por lo visto sus padres habían ido a comprar a la ciudad después de comer y no habían vuelto, ni tampoco contestaban, así que la agonía y l soledad le habían hecho buscar compañía. Nos sentamos a ver la tele y comprobamos que había dejado de funcionar, por lo que nos fuimos al ordenador. Por algún motivo desconocido, de repente cualquier modo de comunicación había desaparecido, al mismo tiempo que los petardos, casualmente. Lo notamos, en ese instante notamos que algo iba mal. Nadie nos había dicho nada ni habíamos visto nada, pero lo supimos. No servía de nada llamar a la policía, o a cualquier hospital para preguntar por mis padres, los medios no funcionaban, y sabíamos lo que significaba eso. La cuarentena, la ley marcial o como quieras llamarlo. Años de lectura, de videojuegos y de televisión nos lo habían enseñado.
Así que las horas pasaron, sumidos en nuestra soledad y nuestra paranoia, en nuestro miedo, hasta que llegadas las once, decidimos irnos a dormir. Ninguno de los dos lo había dicho, pero no queríamos dormir solos, por lo que directamente subimos a la buhardilla, la sala más grande de la casa, y ahí nos instalamos.
En el silencio de la noche algo quebró la paz de la tierra, un aullido de dolor impropio de nuestro mundo, cargado de sufrimiento, miedo, agonía, desesperación… muerte. Los ojos de un hombre terriblemente asustado se cerraban lentamente, en contra de su voluntad, mientras veía impotente como aquella substancia roja y caliente, símbolo de vida, escapaba de su cuerpo a través de esa horrible herida en su cuello, provocada por una mandíbula sucia y podrida, sin poder hacer nada para evitarlo. Su fuerza se empezó a desvanecer, el dolor a desparecer. Mover un dedo era una tarea imposible ya para él; su cuerpo se desplomó en medio del charco carmesí recién creado.
Desde la ventana, sumidos en la oscuridad de la sala, Javi y yo presenciábamos la escena, aterrados, bloqueados, sin saber siquiera que pasaba por nuestra mente en aquellos momentos. Sobre el ruido de golpes sobre metal que se extendía de fondo, más gritos iban inundando nuestras orejas, aullidos desconsolados que despedían cortésmente cada una de las vidas que se escapaban sin que nadie pudiese detenerlas. Lentamente, las puertas de aquellas casas que todavía aguardaban vestigios de luz en su interior fueron cediendo ante los cuerpos de los misteriosos insurgentes que, una vez entraban, ya no había vuelta atrás.
En pocos segundos todo lo que se escuchaba eran gritos de socorro y de dolor, oscuros como la noche que se cernía sobre ellos, banda sonora de una de las más tétricas y macabras funciones de las que el hombre ha sido testigo. Contra las cortinas que ocultaban la verdadera escena, aparecían de repente siluetas convulsionándose, manchas de sangre, furiosos combates a vida o muerte, carreras infernales de las personas que se encontraban ahí dentro para y escapar del caos… y que llegaban hasta la calle y quedaban ahí, acorraladas, y dadas por muertas.
Horrorizados, no dábamos crédito a aquello que veíamos. Nuestra mandíbula colgaba igual que las de los asesinos, pero por motivos diferentes; supongo. Estábamos agachados, mostrando solo nuestros ojos al mundo exterior por miedo a ser detectados y asesinados. Podríamos habernos ocultado simplemente, pero el miedo tenía nuestras piernas cogidas, atenazadas, inmovilizadas hasta tal punto de ni siquiera sentirlas. Todo… parecía una puta pesadilla joder! Veíamos morir a toda aquella gente delante de nuestros ojos, y aunque no los conocía casi, sentía dolor por su muerte como si fuesen familia, carne de mi carne.
Lentamente, temiendo que la imagen que estaba a punto de ver fuese peor que la mostrada justo delante, gire la vista hacia el patio de la casa vecina. Allí, encerrada, mi vecina golpeaba furiosamente la valla que nos conectaba, sin miedo de que la viesen. Quizás habían conseguido llegar hasta ella… y me pedía ayuda… Con lagrimas en las mejillas gire la cara, le di la espalda sabiendo que iba a morir… Pero no podía, no podía ayudarla. Simplemente me aleje de la ventana y me senté el rincón más cercano a Javi, con la cabeza agachada, los ojos cerrados y las orejas tapadas, buscando evadirme de aquella espantosa realidad.

¡!

Las horas pasaron lentamente, mirando hacia la oscuridad absoluta mientras peleaba con mi mente intentando que no hiciese caso de cualquier sonido que escuchase, y así hasta al amanecer, cuando todo aullido fue mortalmente silenciado, el sonido de un motor rugió desgarrando el vacio. Javi me llamó, y a toda prisa acudí a la ventana. El todo terreno negro apareció de la nada, cruzando a toda prisa la calle, y tal y como apareció; desapareció, con el sonido del motor alejándose en la distancia. Segundos más tarde, la calle se llenó de aquellas personas que habían asesinado al vecindario entero la noche anterior, surgiendo de cualquier lugar, desde detrás de un árbol hasta de dentro de la casa de mi vecino, siguiendo el rastro del Land Rover y desapareciendo de nuestra vista totalmente tras varios minutos.

-Se van, se van adri, podemos salir!
-Si… pero a qué? Para que queremos salir? – dije, dejando notar mi miedo a través de las palabras. No era solo miedo, sino también incertidumbre, duda.

- Como? Pues… No sé, algo habrá que hacer, no?

- No, enserio, que haremos si salimos? A donde vamos? Los teléfonos no funcionan, y no podemos ir a por nuestros padres a pié. Y en caso de que fuésemos, que haríamos? Volveríamos a casa…

- La base de los mossos está aquí al lado, podemos ir a avisarlos, de hecho debemos avisarlos de esta carnicería joder- Contestó Javi, con furia en los ojos.- o pretendes dejar todo esto así?

-Escucha Javi, todo esto es demasiado raro para ser normal… Los mataron anoche a todos. Porqué? ! Y… Quien? Quienes eran esos tío, vistes sus pintas? Nada parece funcionar y todo parece muerto, y para colmo el tema de la puta enfermedad esa que tiene a la gente acojonada.- Todo eran preguntas sin respuesta, que lo complicaban todo de una manera incomprensible. En estos casos, que se hacía? Que caso era este?

-Ya, pero… Y qué hacemos? Nos quedamos aquí escondidos a esperar?- preguntó Javi, como si fuese una estupidez.
-Pues… porque no? Eh, no es mala idea, tarde o temprano quien tenga que actuar actuará. Quedarnos aquí es una idea inteligente, cobarde pero inteligente. Qué te parece?- Tras un rato pensando, con la mirada fija en las casas de nuestro alrededor, Javi aceptó mi propuesta, sin apartar la cara de la ventana. Mire en la misma dirección, pensando que había visto algo interesante, pero solo había casas… casas.- Tío, piensas lo mismo que yo?

- No, vamos, no sé; que piensas?

- Estaba pensando, aunque no sé si es una buena idea, por eso, pero bueno. Quien sabe cuánto tiempo podemos estar aquí escondidos hasta que algo bueno pase. Tengo suficiente comida y mierdas de esas para pasar aquí unos días? Joder, ayer mis padres tenían que hacer la puta compra mensual, estamos secos. Y esas casas… la comida que hay ahí se pudrirá si nadie la consume. No es que me haga especial ilusión salir, pero creo que deberíamos ir de compras.

Lentamente, con el miedo en el cuerpo, nos encaminamos hacia las escaleras a través de la sala. La casa entera reposaba vacía, algo que creo que nunca había llegado a pasar. Daba la sensación de que incluso mi hogar podía ser peligroso; quien sabe, quizás alguno había entrado y estaba escondido tras una esquina, esperando agazapado al momento oportuno para degollarnos. Con esa sensación de “ser la presa”, una agonía constante que crea un nudo en tu cuello y activa todos tus sentidos para ponerte en el máximo nivel de alerta, descendimos lentamente hasta el garaje. Puesto que la entrada a tal se encuentra bajo la casa, el salir desde un nivel inferior al de la calle nos daba ventaja en caso de que hubiese problemas, así que nos preparamos para salir. En cuanto Javi puso la mano en la puerta el pánico volvió a inundar mi cuerpo como la noche anterior, haciéndome temer de nuevo por mi vida. Un temor aparentemente irracional, pero totalmente infundado. Eché una mirada rápida a la sala, buscando algo que llevar conmigo para sentirme más seguro, para ser capaz de salir a la jungla en la que aparentemente se había convertido nuestra calle. Encontré en el fondo los restos de la escoba que mi hermano partió unas semanas atrás jugando y haciendo el gilipollas. Era una de esas viejas de madera, generalmente bastante resistentes, que aún no entendía como había conseguido partir. Pero eso no importaba ahora, si teníamos problemas seria un objeto contundente con el que golpear, por lo que cogí una de las mitades para mí y la otra para Javi. Nos colocamos uno a cada lado de la puerta y la abrimos manualmente.


Tras los leves y casi imperceptibles chirridos, el sol tocó nuestras caras, calentándolas por encima del frio aire invernal. La brisa rozaba nuestras manos expuestas. Hoy hubiese podido ser un bonito sábado, de hecho.
Tras la puerta de entrada al garaje, el tramo se curvaba y una rampa te permitía acceder a la calle general, a la que se accedía desde otro portón. Seguía estando en el recinto de mi casa, pero cada paso que me sacaba del edificio era un difícil combate con mi mente, que luchaba por el sentido común enviándome escalofríos para abortar mi plan de salir. Con cuidado y sosteniendo los palos en posición de combate, empezamos a subir la cuesta, mirando de derecha a izquierda. Nada a la derecha, era mi patio. Un bonito y cuidado césped, una casita de madera al fondo, unos bancos y plantas en el porche… todo seguía igual. A la derecha… MIERDA!!

La mujer se abalanzó contra mí, siendo parada por la reja que separaba nuestras casas, la cual cedió peligrosamente unos centímetros bajo su peso
De un salto me aparté de la reja de metal que separaba mi recinto con el de la casa de mis vecinos, empujando a Javi y cogiéndolo por sorpresa. El sudor frio empezó a emanar de mis glándulas sudoríparas, mientras mis manos temblaban y mi corazón se aceleraba asustado, bombeando sangre a un ritmo frenético. Dejé de respirar sin darme cuenta… mientras me acercaba de nuevo con una morbosa curiosidad.
Su piel había cogido una tonalidad extraña, mezcla entre blanco y verde pálido, y se tensaba sobre ciertas zonas de su cara, aportándole un espantoso aspecto. Su cabeza colgaba del cuello movida de vez en cuando, fruto de espasmos, mientras abría y cerraba la boca constantemente. Era como… como si su cuerpo estuviese… muerto, como los cadáveres en la morgue. Percatada de mi proximidad, mi vecina, una mujer a la que apenas conocía, empezó a agitar la verja y a hacer un ruido estridente que se alzó por encima del silencio que se mantenía en el aire. Quería… quería hablarme, pero de su garganta solo salían unos guturales aullidos que agitaban los cuerpos de aquellos que los oían, estremeciéndose. La habrían atacado? Quizás estaba en shock, o algo peor… qué coño le había pasado?! Da igual, sabes qué? No me importaba, por mi podía morirse.

No podemos ayudarte, estamos igual que tu.- dije entre susurros, con voz triste para sonar lo más convincente posible- Pero por favor, deja de hacer ruido, o nos encontraran!
Lo sé, era muy egoísta, y todavía veo a esa pobre mujer cuando cierro los ojos, rasgando mis parpados, pero en aquellos momentos solo nos preocupábamos por nosotros mismos, sobrevivir. Y cualquier ser vivo que siguiese en pie estaba muerto ante nuestros ojos.


Pero siguió, le hice saber que no haríamos nada por ella y siguió ahí, agitando la verja violentamente, llenando el aire de un sonido estridente, un sonido metálico que atraería hasta a todo que anduviese cerca, y por los pasos sabíamos que no estábamos solos…

La intenté apartar, empujándola suavemente desde los hombros, pero sus manos me agarraron al instante, apretándome con rabia y obstruyendo mis venas. El simple contacto con el calor de mi cuerpo le fue eufórico, un terrorífico frenesí en ella, que la convulsionaba sin control.
El frio de su piel me llevo a un invierno lejano, en el que apoyaba mis manos contra el cristal y me sobresaltaba por su temperatura. Muertas, pero con la ira presente en sus músculos agarrotados. Note… la presión, como la sangre dejaba de regar los tejidos de mis manos  y estas empezaban a dormirse.Alcé la vista; unos pozos oscuros como la noche me miraban fijamente, si es que "mirar" era la palabra correcta. Yo hubiese escogido "devorar" mas bien... Era algo morbosamente fascinante, como si....


Joder, cuanto tiempo llevaba ahí? A la mierda! Embestí directamente el inestable cuerpo de aquella mujer y aproveché la situación para recuperar mi improvisada arma. El débil cuerpo cayo como un objeto muerto, produciendo un ruido sordo. Daba pena ver aquella escena, un sentimiento indescriptible, cerca de la misericordia y la piedad... La mujer pataleo sin fuerza durante unos segundos y decidió incorporarse de nuevo, lentamente, gimiendo De una manera horrible, casi como si le doliese y le causase un tremendo esfuerzo realizar esa acción. Y ahi estábamos, contemplando-la sin saber que hacer. La dejábamos ahí? Atrayendo a todo lo que se acercase? No era buena idea, pues podría suponernos graves problemas. Curarla? Impensable, era algo que escapaba totalmente a nuestros conocimientos. Ma... Matarla? Acabaría con su sufrimiento pero... Ni pensarlo, no íbamos a matar a nadie, nada podría justificarlo.
- tío, larguémonos de aquí, déjala. No hará daño a nadie, y estoy harto de esos ruidos que hace joder, me ponen la piel de gallina.- Javi tenía razón, pasaríamos de ella hasta que supiésemos que hacer. Ahora teníamos trabajo, demasiado y muy poco tiempo para realizarlo